La cultura en alquiler:
cómo volver a ser dueños de la música

La revolución digital nos dio acceso a casi toda la cultura, pero también redefinió la idea de propiedad. ¿Qué ocurre cuando dejamos de ser coleccionistas para convertirnos en suscriptores?
Por Jorge Cantillo Barrios
@mono.onvinyl
El 1.º de julio de 2026, Sony anunció que dejará de producir videojuegos en formato físico a partir de 2028. La noticia sacudió a una comunidad que durante décadas construyó bibliotecas de títulos, intercambió discos, heredó consolas y entendió que un videojuego no era solo un ‘software’, sino un objeto con peso, portada e historia. Las reacciones fueron inmediatas. Para algunos era la confirmación de un futuro inevitable; para otros, una señal de que algo mucho más profundo estaba cambiando. Porque el debate nunca fue realmente sobre los videojuegos. Era sobre la propiedad.
Durante los últimos veinte años hemos transformado silenciosamente nuestra relación con la cultura. Dejamos de comprar discos para pagar Spotify. Dejamos de coleccionar películas para suscribirnos a Netflix. Dejamos de llenar bibliotecas para leer en Kindle. Ahora también comenzaremos a despedirnos del juego físico. En nombre de la comodidad, aceptamos un nuevo contrato cultural: ya no somos propietarios, somos suscriptores. Y esa diferencia importa mucho más de lo que parece.
El costo invisible del acceso ilimitado
Nunca habíamos podido escuchar tanta música, ver tantas películas, leer tantos libros o jugar tantos videojuegos. Pero quizá tampoco habíamos poseído tan poco de aquello que consumimos. Confundimos acceso con propiedad. No son lo mismo. Un disco comprado podía acompañarnos durante toda la vida. Un libro terminaba lleno de subrayados y anotaciones. Una colección ocupaba una pared completa y, con el tiempo, comenzaba a contar una historia sobre quien la había reunido. Las plataformas funcionan bajo otra lógica. No compramos obras; alquilamos acceso a catálogos. No adquirimos objetos; pagamos licencias. Y toda licencia depende de alguien más.
Hasta aquí podríamos pensar que se trata únicamente de un cambio de hábitos de consumo. Pero el economista griego Yanis Varoufakis sostiene que detrás de esta transformación opera un fenómeno mucho más profundo: el tecnofeudalismo, un sistema donde la riqueza ya no se concentra únicamente en quien produce, sino en quien controla la plataforma desde la cual todo circula.
La idea resulta inquietante cuando se traslada a la cultura. Los medios físicos desaparecen, pero la propiedad no. Simplemente cambia de manos. Nosotros dejamos de comprar; las plataformas concentran el control. Ellas deciden qué permanece disponible, qué desaparece, cuánto cuesta acceder y bajo qué condiciones. Nos convertimos en usuarios permanentes de bibliotecas que nunca serán nuestras. Y quizá esa sea la gran paradoja de nuestro tiempo: nunca habíamos tenido tanta oferta cultural y, al mismo tiempo, tan poca capacidad de conservarla por nuestra cuenta.
Cuando un artista decide desaparecer

Hace un tiempo busqué una canción de Edson Velandia en Spotify. Velandia es uno de los músicos colombianos más originales de las últimas décadas. De Piedecuesta, Santander, creador de un lenguaje propio al que bautizó como rasqa, ha construido una obra que cruza el rock, la trova, la música campesina y la experimentación sonora con una libertad poco común. Pero no encontré su música.
Mi primera reacción fue pensar en un problema de licencias. Después descubrí que había sido una decisión completamente voluntaria. Velandia retiró todo su catálogo porque considera que el modelo económico del ‘streaming’ perjudica a los músicos independientes. Más recientemente también manifestó su desacuerdo con la posición de Spotify frente a la guerra en Gaza y con algunas decisiones empresariales de la plataforma.
Más allá de compartir o no sus argumentos, lo verdaderamente interesante fue lo que ocurrió conmigo. Para seguir escuchándolo, tuve que volver a hacer cosas que llevaba años sin hacer: buscar dónde permanecía publicada su música, comprar algunos de sus discos, seguir su agenda de conciertos, hablar con otros oyentes y reconstruir el camino hasta su obra. Paradójicamente, dejar de depender de Spotify me acercó mucho más a Velandia. Entonces entendí que el problema no era que un artista desapareciera de una plataforma. El problema era haber empezado a creer que la plataforma era la música.
Volver a construir una colección
No creo que la respuesta sea abandonar Spotify o cancelar todas las suscripciones. Sería tan ingenuo como pensar que el futuro consiste en regresar exclusivamente al vinilo. La discusión es otra: ¿cómo evitar que las plataformas se conviertan en nuestra única manera de relacionarnos con la cultura? Quizá la respuesta esté en recuperar la idea de la colección.
No importa el formato. Puede ser un vinilo, un CD, un casete, un libro, un videojuego, una edición especial o incluso una descarga digital adquirida directamente al artista. Lo importante es que exista algo que podamos conservar sin depender de una licencia. También implica volver a los conciertos pequeños, comprar directamente a los músicos, apoyar sellos independientes y permitirnos descubrir obras fuera del algoritmo. En otras palabras: reconstruir una relación más directa con quienes crean la cultura y menos dependiente de quienes simplemente la distribuyen.
«Nunca habíamos podido escuchar tanta música, ver tantas películas, leer tantos libros o jugar tantos videojuegos. Pero quizá tampoco habíamos poseído tan poco de aquello que consumimos».
Hay otro detalle que suele pasar inadvertido. Mientras las ciudades se expanden, nuestro espacio para habitarlas es cada vez menor. Vivimos en viviendas donde cada metro cuadrado vale una fortuna y donde los objetos empiezan a percibirse como un lujo. La economía de las suscripciones encontró allí un aliado perfecto: si no hay espacio para guardar, tampoco hay incentivos para poseer.
Y, sin embargo, precisamente por eso los pocos objetos que decidimos conservar adquieren un valor mayor. Dejan de ser simples pertenencias para convertirse en un manifiesto de aquello que nos negamos a perder. Porque coleccionar nunca fue acumular cosas. Fue construir memoria. Durante años nos convencieron de que el futuro consistía en no poseer nada y tener acceso a todo. Y, en muchos sentidos, ese futuro llegó.
La cuestión, entonces, no es elegir entre el ‘streaming’ y los formatos físicos. Se trata de preguntarnos qué estamos entregando a cambio de esa comodidad y si todavía estamos a tiempo de decidir que algunas cosas pueden ser verdaderamente nuestras. Tal vez la próxima revolución cultural no consista en abandonar las plataformas.
Tal vez consista en volver a distinguir entre acceder y poseer. Porque los objetos culturales nunca fueron solo objetos: son pequeñas cápsulas de memoria donde seguirán viviendo las canciones que nos cambiaron, los libros que nos formaron, las películas que nos conmovieron y los juegos con los que crecimos. Quizá nuestro papel no sea resistir al futuro, sino preservar aquello que merece sobrevivirnos.
«Hay que reconstruir una relación más directa con quienes crean la cultura y menos dependiente de quienes simplemente la distribuyen».