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ARQUITECTURA

Publicado 7 abril, 2026

La Luna del Río
Una declaración de amor a Barranquilla

Por: Rosa María Herrera Bossio


Foto: Alcaldía de Barranquilla.


Les bajaron la luna a los barranquilleros para que se subieran en ella: la noria de la ciudad, inaugurada en diciembre pasado, es la tercera rueda fija –no desmontable— más grande de América Latina. Un verdadero ícono que posiciona a Barranquilla en las grandes ligas del turismo mundial.


Ya casi es el atardecer, pero el sol está reacio a ocultarse. Tiene ese brío de vendedor de aguacate o peto callejero que parece no agotarse nunca. En esta ciudad el sol trabaja horas extras. 

En todo caso, la tarde está espléndida, son las 5 p. m. y parece un horario excelente para subirse a la nueva atracción de Barranquilla: la Luna del Río, una de las cinco norias más grandes de Latinoamérica, que tiene además el plus de ubicarse a las orillas del río más importante de Colombia, el Magdalena, así como el London Eye (la rueda de Londres) está situada a un costado del río Támesis.

El boleto lo compré en la taquilla a un costado de la rueda, por solo $15.000 (si no es la más económica, debe ser una de las entradas más accesibles de todas las norias del mundo). También se puede adquirir por internet, a través del portal TuBoleta.com. Mientras hago la fila, pienso que en realidad cualquier horario es bueno, desde su apertura a las 10 a. m. hasta su cierre a las 10 p. m. Subir de noche tiene el encanto especial de apreciar las luces led que decoran toda la Luna del Río, con sus 44 cabinas climatizadas, cada una con capacidad para seis personas. 

Pude haber compartido cabina con la pareja y los dos niños que me antecedían en la fila, pero en el momento pensé que no deseaba una banda sonora ruidosa para mi vista de 360 grados que abarcaría ese inmenso caudal chocolatoso y el verdor del Parque Isla de Salamanca y del ecoparque ciénaga de Mallorquín, o lo que mis ojos fueran capaces de ver hacia el mar Caribe, o por los confines de la avenida del Río y los edificios a contraluz que ofrece la panorámica de una ciudad que estamos aprendiendo a amar de nuevo.


Foto: Alcaldía de Barranquilla.


«Subir de noche tiene el encanto especial de apreciar las luces led que decoran toda la Luna del Río, con sus 44 cabinas climatizadas, cada una con capacidad para seis personas».


Tampoco me atreví a proponerles que me acompañaran en la cabina al par de chicos sudorosos que estaban detrás de mí, quienes seguramente venían de jugar en algunas de las canchas del Gran Malecón, porque sinceramente no confiaba mucho en sus desodorantes. Así que subí sola, absolutamente sola, como una garza real sobre un pilote de madera. 

Ya una vez adentro, cuando se puso en marcha la Luna y la cabina empezó a elevarse, sentí la falta de contrapeso por estar sola, en el sutil balanceo provocado por la leve brisa vespertina. Me aferré a las barandas naranjas por encima de la silla en el compartimento. Solo a una mujer necia como yo se le ocurría subir a 65 metros de altura –equiparables a un edificio de 22 pisos— con un síndrome de vértigo diagnosticado, así que supuse que esos 15 o 20 minutos en el aire iban a parecer eternos. Sin embargo, no fue así. Todo por obra y gracia de don teléfono móvil y su respectiva cámara. 

Las fotos y los videos que hacía me ayudaban a paliar la sensación, junto con un silencioso diálogo conmigo misma en el que me hablaba de la estimulante experiencia que esto representaba y de cómo venía creciendo el orgullo del barranquillero proporcionalmente a la expansión de la ciudad. Por un momento olvidé mi vértigo y al llegar abajo sentí nostalgia, por lo agradables que resultaban las cabinas y su aire acondicionado (podría haberme quedado allí meditando por horas), y además me recriminé a mí misma, al mejor estilo del conejo malo: ¡debí tirar más fotos!


Foto: Alcaldía de Barranquilla.


En ese recorrido que disfruté no estaban todas las cabinas llenas, pero la Luna del Río tiene capacidad para llevar a 264 personas de manera cómoda y segura. Las cabinas están monitoreadas en todo momento, entre otras cosas para evitar actos de vandalismo. Aunque en verdad no puedo imaginar siquiera que éstos puedan presentarse, viendo lo bien que se comportan los barranquilleros en esta nueva atracción y la gran acogida que ha tenido entre los visitantes. 

Realmente vale la pena subirse en la noria, no es una simple atracción de feria, es un verdadero ícono que posiciona a Barranquilla en las grandes ligas del turismo mundial, un símbolo de transformación urbana que dinamiza la economía local, genera empleo e ingresos a la ciudad, no solo por taquilla, sino por todo lo que impulsa y moviliza, desde el transporte, la gastronomía, la hotelería y todo el comercio en general. La mitad de los usuarios de la Luna del Río vienen de fuera de la capital de Atlántico.


Foto: Alcaldía de Barranquilla.


Por razones de seguridad, a la Luna del Río no es permitido el ingreso de: 


  • Menores de 5 años.
  • Mujeres en estado de embarazo.
  • Personas con enfermedades cardiacas o marcapasos.
  • Personas bajo los efectos del alcohol o sustancias psicoactivas.
  • Mascotas.
  • Alimentos y bebidas alcohólicas.
  • Menores de 14 años deben ingresar acompañados por un adulto.

El eslogan de la noria no pudo ser mejor: “Bajamos la luna para que te subas”. Debe ser cierto que la luna de Barranquilla tiene una cosa de maravilla, como escribió Esthercita Forero en su canción. En esta ciudad, este astro resplandece de una forma singular y pone a soñar a más de uno. Así fue como este sueño de la Luna del Río se alojó en la cabeza del alcalde Alejandro Char desde hace varios años y el proyecto que lo hizo realidad se finalizó en tiempo récord –alrededor de 60 días—, porque al mandatario de los barranquilleros se le ha vuelto costumbre sorprender a su gente con ese tipo de regalos. 

El número de usuarios de la Luna del Río –que, según los datos de la empresa administradora, Puerta de Oro, va por los 300 mil desde su inauguración el 13 de diciembre de 2025— garantiza sus costos de mantenimiento y operación. Detrás de este funcionamiento impecable hay puro talento local, entrenado por los técnicos de la empresa fabricante, Fabbri Park, compañía italiana reconocida como líder mundial en atracciones mecánicas, que garantiza altos estándares en seguridad, calidad, diseño e innovación. Esta firma es responsable, entre otras muchas norias, de la Rueda de Aztlán 360, actualmente la más alta de México, con 85 metros de altura.

La gran estructura de 240 toneladas construida en el Gran Malecón, en inmediaciones del Pabellón de Cristal, fue fabricada en acero de alta resistencia y durabilidad, con una inversión de 55 mil millones de pesos. Podría considerarse en estos momentos como la tercera rueda fija –no desmontable— más grande de América Latina.

Pero más allá de la competencia entre ciudades por tener la noria más alta o la más espectacular, estas ruedas son siempre un imán para el turismo por las impresionantes vistas que pueden ofrecer desde las alturas, irresistibles para influenciadores, amantes de la fotografía, aficionados a la adrenalina, o simplemente para quien desee sentirse vivo o reconciliado con su terruño.


Foto: Alcaldía de Barranquilla.


«Realmente vale la pena subirse en la noria, no es una simple atracción de feria, es un símbolo de transformación urbana que dinamiza la economía local».


Por algo las grandes capitales del mundo apostaron por estas ruedas panorámicas, desde que George Washington Gale Ferris, Jr., un ingeniero estadounidense, creó la primera noria de feria, concebida para la Exposición Colombina Mundial o Feria Mundial de Chicago, Estados Unidos, en 1893, la cual fue demolida en 1906. Medía 80 metros de altura y estaba destinada a disputarle protagonismo a la Torre Eiffel. La actual rueda de Chicago en el Navy Pear (Muelle de la Marina) está inspirada en la noria de Ferris. 

La más antigua de todas, que sigue vigente, es la Wiener Riesenrad, en Viena, Austria. Construida en 1897, fue la noria más alta del mundo hasta 1985. Hoy, ese honor lo ostenta la Ain Dubái, en Emiratos Árabes Unidos. Bendita evolución de las milenarias ruedas hidráulicas, desde la agricultura al ocio, ¡que viva la diversión! Actualmente existen alrededor de 60 a 100 grandes ruedas de observación fijas en el mundo.

Barranquilla tiene ahora una Ventana de Campeones, una Ventana al Mundo, un Caimán que mira al Magdalena desde el Gran Malecón –el lugar más visitado de Colombia—, donde también se alzan imponentes las figuras de dos barranquilleras internacionales: Shakira y Sofía Vergara. No podía faltar la Luna del Río, pues ella llegó para completar un abanico de atracciones o para coronar un proceso de transformación de entornos, ahora que el alcalde Alex Char anunció la recuperación de Bocas de Ceniza, que se uniría al circuito turístico de Puerto Mocho y de la ciénaga de Mallorquín, para hacerle justicia al verso del himno de la ciudad: “… ceñida de agua y madurada al sol”.

Barranquilla ha hecho un ejercicio de visualización hacia el futuro desde hace varios años y lo viene realizando con la ayuda de expertos. Al bajarme de la Luna, me acerco a un grupo de jóvenes que acaban de salir de allí también y les pregunto cómo les pareció la experiencia. Andrés Pacheco y José Bojanini fueron muy efusivos en expresar la felicidad que sintieron. Un poco de miedo mezclado con emoción, para Andrés, y algo muy gratificante, según José. Ambos con el deseo de que la obra dure por muchísimo tiempo.

Barranquilla está de moda, tanto que el Grupo Niche le compuso una canción con ese título. La capital de Atlántico, distrito especial industrial y portuario, parece inclinar su vocación ahora hacia el turismo. Algo impensable veinte años atrás. 

Ese renovado sentido de pertenencia convierte a cada ciudadano común en un natural promotor turístico y hace que pronuncie el nombre de su ciudad con mucho más orgullo que antes, “en medio de la sonrisa, / enamorados los ojos / y el corazón: ¡Barranquilla!”, tal como lo enuncia el poema de Meira Delmar.


«La gran estructura de 240 toneladas construida en el Gran Malecón, en inmediaciones del Pabellón de Cristal, fue fabricada en acero de alta resistencia y durabilidad, con una inversión de 55 mil millones de pesos».


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