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    Publicado 21 diciembre, 2018

    Una casa llamada hotel

    Una casa de familia en San Andrés se ha convertido en hostal. Padre e hijo lo atienden en vísperas de Navidad. ¿Cómo se transforma diciembre cuando tu casa está invadida de extraños y eres ahora un empleado de ella?.

    Debajo de la puerta se escabulle un hilo de luz. El hilo parpadea con las sombras que atraviesan el pasillo. Esto es un hotel, me ha dicho papá, no podemos apagar las luces, hay personas que caminan por el corredor.  El gringo y la prostituta hicieron “check-out” y mi padre y yo aprovechamos para dormir una noche en una habitación cómoda. Pero no puedo conciliar el sueño, así que salgo y atravieso la galería de cuartos tratando de no hacer ruido, aunque estas baldosas tienen la extraña propiedad de cambiar la calidad del silencio con solo estar sobre ellas.

    Antes, cuando era niño, podía notar cuando alguien se detenía frente a mi puerta, por cómo el silencio se desplazaba alrededor del intruso, cambiando su intensidad y su forma de la misma manera que el agua circunnavega un cuerpo que la atraviesa. En aquellos tiempos abría mi puerta para encontrar a mi hermana, por ejemplo, tratando de espiarme.
    Es confusa la casa cuando desconocidos pagan por usar tus cuartos, y transitan tus pasillos a la hora de dormir. No puedo expulsarlos, es mi obligación dejar que pueblen mis recintos, que copen el silencio con sus ruiditos íntimos, sus ronquidos amortiguados por las paredes gruesas. Me siento como un fisgón en mi propia casa. El hotel, papi, el hotel, dice la voz de mi padre en mi cabeza, empeñada en corregirme.

    Hace un mes que empezamos a recibir huéspedes en la casa y, para darle un mayor estatus de hotel, mi padre se refiere a sí mismo en tercera persona y con nombre de institución, a la manera de ciertos dictadores latinoamericanos: “la Gerencia”. Si alguien tiene una solicitud debe comunicársela a la Gerencia. En ocasiones, cuando las circunstancias lo reclaman, pasa de ese maravilloso título a llamarse simplemente Roberto –su segundo nombre, que solo conocemos los más cercanos–, una especie de conmutador sin rostro, sobre todo cuando a su celular llaman acreedores desde números desconocidos preguntando por la Gerencia.

    Por la mañana, luego de que la mayoría de huéspedes han salido con sus bolsos de playa, llegan Pedro y Rafael en un carro nuevo y costoso, de esos que apenas tienen espacio para dos personas, como para hacer alarde de la poca necesidad de compartir. Escucho la voz estentórea de mi padre que los saluda con un “¡Jóvenes!” y luego me llama. Cuando salgo a recibirlos, mi padre ya se ha alejado por el sendero del jardín; cubre su rostro con la máscara de jardinero, que hace juego con un overol amarillo, y prende la guadaña rompiendo el aire con su estrépito. Las briznas de grama vuelan en todas direcciones, caen en la piscina que limpié hace apenas una hora, y el viento me trae el delicioso olor del pasto que grita, pidiendo auxilio a las otras plantas alrededor. Un ejemplo de la belleza que la naturaleza le imprime a los actos violentos.

    –¿Cómo les está yendo con la posada? –me pregunta Pedro, alzando la voz para sobreponerse al ruido. Encajo el golpe de mi amigo, que ha escogido cuidadosamente la forma en que llama esta casa de huéspedes para separarla de los megahoteles de su familia. Pero por esta época de fin de año la isla está llena de turistas y no hay necesidad de competir.
    Les explico que con todos los huéspedes que hay, no puedo salir ahora, que tengo que ayudar con esto y aquello. Es mentira, pero me siento culpable de dejar a mi padre solo. Entonces Pedro me invita a la fiesta que organizará mañana, en vísperas de Navidad.  –Hay lista –dice Rafael.

     

    Para leer el articulo completo adquiera la última edición de La Revista Actual

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