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    Publicado 17 mayo, 2020

    !Súper mamás! Tres historias de amor, fortaleza y ejemplo

    Por Jocelyn González

    Tener un hijo es uno de los momentos cúspides de la vida. Un milagro, un misterio que encierra lo que muchas veces las palabras no pueden expresar. Significa el amor más grande y puro que se pueda sentir. Lo es todo. Quien crea ese ser se siente fuerte y vulnerable a la vez, por todo y por nada. ¡Tanto que cuidar, tanto que amar y proteger!

    Aunque como mujeres traigamos un conocimiento innato para ser madres, hay una y mil posibilidades que no dependen de nosotras y que marcan la diferencia entre una experiencia materna y otra. Resulta que muchas veces, esa experiencia significa afrontar la vida con un hijo que ha nacido con una condición particular, algo para lo que no se estaba preparada y que llega a cambiar la vida con la potencia de un huracán. 

    De acuerdo a como se encare la situación -esta vivencia que se sale de la normalidad acostumbrada-, así de positiva o negativa será la experiencia tanto para la madre, como para el hijo. 

    El espectro de la vida es vasto en sus millones de posibilidades y cada una tiene su valor. La vida no es color de rosas y eso es lo que la hace bella, por eso traemos los testimonios de tres madres que han sacado adelante a sus hijos a pesar de las dificultades. Tres madres que no le han tenido miedo a la vida y su particularidad, y que con orgullo cuentan su historia.

    Adriana Botero, mamá de Daniela

    Al principio, cuando supe de la condición de Daniela, fue un choque fuerte porque se trataba de supervivencia. A ella le faltó oxígeno al momento de nacer, estuvo en coma varios días y no sabíamos si iba a sobrevivir. Los médicos dijeron que sí sobrevivía quizás no desarrollaría sus sentidos y muy posiblemente no se levantaría de una cama. El sufrimiento y los esfuerzos por mantenerla con vida fueron tan grandes que cuando superó ese peligro, las secuelas de las que nos hablaron no nos derrumbaron, al contrario, nos llenamos de fortaleza para luchar y desafiar todos los pronósticos médicos. Nos sentimos tan agradecidos con que pudiera vivir que lo que se nos viniera por delante sabíamos que lo íbamos a superar. Siempre he sido una persona muy positiva y alguien alguna vez dijo: “ la vida es un 10% lo que nos sucede y un 90 %  como lidiamos con ello” y eso fue lo que hicimos; potencializamos ese  90%.

    Siempre he sentido a Dios no solo a mi lado, sino de mi lado; él ha sido mi fortaleza. Dios me mandó esta situación particular acompañada de todos los vehículos para afrontarla y vivirla. También lo ha sido el apoyo de mi familia, especialmente el de mi esposo, quién ha sido incondicional y vital en este proceso. Estoy convencida que todo en la vida tiene una razón de ser y al final todo es para nuestro crecimiento. Daniela nos ha hecho crecer a todos, ella ha sido un tesoro en esta familia. El sufrimiento ha sido recompensado con creces. Hay ocasiones, incluso, en las que siento que ella nos ha puesto una alfombra roja a nuestro paso.

    Adriana y su hija Daniela

    Su niñez fue bastante difícil, pero feliz. Siempre nos hemos propuesto hacer de su vida una vida feliz. ¿Cómo? Con la energía del amor. Estoy convencida que el amor es la clave de todo. Nos propusimos a trabajar muy duro para lograr su recuperación. Desde que salió de la clínica empezamos su tratamiento de rehabilitación. No es fácil cuando hay un daño cerebral; el cerebro lo controla todo y cuando sufre un daño la vida se vuelve impredecible. Empezamos por enseñarle a moverse para que pudiera arrastrarse; para esto tuvimos que fabricarle un deslizadero y ponerla boca abajo en él para que con el más mínimo movimiento ella se deslizara un poco y así le mandaba al cerebro la señal que había una correlación entre movimiento y desplazamiento. Cada día tenía que superar al anterior. Después vino el programa de gateo y así sucesivamente siguieron los programas de caminar, correr, etc. Cada logro lo celebrábamos como el más grande y no sé quién lo disfrutaba más, si ella o nosotros. Siempre la involucramos en nuestra vida diaria, social, deportiva, en nuestros viajes. Siempre tratamos de hacer su vida lo más normal posible y de no negarle nunca ninguna de las oportunidades que por derecho le pertenecen.                 

    Adriana Botero y sus hijas Daniela y Valentina.
    Familia Gerlein Botero.

    Mi relación con Daniela es de mucho amor. Es una relación muy estrecha, no sólo por todo lo que hemos vivido juntas, sino también por todas sus limitaciones que la hacen muy dependiente, pero definitivamente su tenacidad -es una guerrera y creo que lo lleva en la sangre por el lado de su padre-. Todo su esfuerzo en sus trabajos de rehabilitación, es mínimo en comparación con lo que siguen siendo sus luchas y desafíos. A ella le ha tocado más difícil que a miles de persona para llegar a lo que es hoy y eso ha sido sólo a punta de esfuerzo y tenacidad.

    A las mamás que están afrontando una situación así con un hijo, les aconsejaría que busquen siempre el significado de las cosas. Hay que tratar de encontrar la razón por la cual se vive una situación extraordinaria para poder aceptarla. Pues creo que ahí está la clave, en la aceptación. Cuando no podemos cambiar las circunstancias tenemos que adaptarnos a ellas; se puede pensar positivamente, en grande. Yo siento que siempre he actuado desde esa abundancia y eso ha hecho la diferencia.

    Yolanda Varela de Lustgarten, mamá de Geraldine

    En el momento en el que supe la realidad que iba a afrontar con mi hija, primero, se me derrumbó mi vida, todos los proyectos y sueños que tenía en mente se vinieron abajo -entre esos como salir adelante con el resto de mis hijos y esposo-. Soy una mujer fuerte, eso lo heredé de mi madre, a quien siempre admiré. Siempre dije ‘para atrás ¡jamás!’. Entonces empecé mi reto de sacar adelante -por encima de todo- a mi hija, también a mi familia. Siendo una mujer joven, aferrada a Dios y con los pies en la tierra, me dije a mi misma que detrás de mi había muchas mujeres en el mundo que tenían problemas peores que los míos y que no tenían las herramientas para afrontarlos. Me dije: ‘tú eres la que tienes que asumir esta responsabilidad’, por supuesto con la ayuda de mi esposo, porque los dos logramos juntos esta meta. Hoy gracias a Dios vemos nuestro triunfo convertido en realidad.

    Yolanda y su hija Geraldine.

    Geraldine tuvo una niñez normal. Siempre le dábamos la atención, el amor, el apoyo día a día hacerla sentir bella en todo sentido. Siempre estuvo rodeada de gente que la ama, fueron su gran apoyo. También su colegio Hebreo Unión, donde me ayudaron a rodearla de cariño. Juntas como madre e hija hemos asumido este reto y seguido adelante, diciendo ¡sí se puede!

    Siempre hemos tenido una relación excelente. Siempre fui honesta con ella, la crie como a cualquiera niña de su edad, dándole protección, seguridad, la complacía muchas cosas, empezando por la ropa. Siempre marco su gusto por la moda, le gustaba vestir con lo último en tendencia. Todos los años le festejaba su cumpleaños, que eran todo un espectáculo.

    De Geraldine admiro tantas cosas: Su belleza -por fuera y por dentro-, su fortaleza, las metas que se ha trazado para salir adelante. Estudio en la Universidad de Parsons y ahora toda una diseñadora de modas. Es perfecta en sus trazos, disciplinada, ambiciosa, no le tiene miedo a triunfar… ¡Esa es mi hija! Cada vez que llega el Día de la Madre espero algo de su colección para mostrarlo con orgullo. Soy la mamá más feliz del mundo desde que nació, es mi luz, mi fortaleza. ¡¿Qué más le puedo pedir a la vida?!

    Yolanda y sus dos hijas: Geraldine y Orianna.

    Mi aporte para aquellas madres que viven una situación similar con sus hijos, es que luchen. Siempre hay una luz, ese es Dios que nos manda una bendición. El mejor regalo que nos da la vida es un hijo. Ámenlo y sáquenlo adelante orgullosas, compartan con el todo el tiempo y siempre apóyenlo, pues sin su ayuda difícilmente podrán triunfar. Sí, es una tarea dura, pero llénense de amor, paciencia y tolerancia. En la vida a algunas mujeres nos toca esto, ¿saben por qué? ¡Porque somos especiales!

    Siento que ha llegado el momento de contar la historia de mi hija, así prontamente empezaré a escribir un libro sobre su vida.

    Tata Navarro, mamá de Gabriela

    Cuando supe que iba a afrontar una vida particular con Gaby, en ese momento lo que realmente uno siente -hoy no es un misterio- es que se le viene el mundo encima. Sin uno saber realmente a lo que se está enfrentando, el solo hecho de saber que es algo diferente, que quizás no había contemplado y que no es lo cotidiano cuando uno tiene un hijo recibir esa noticia, genera ansiedad y miedo. Por más que pude haber recibido bien la noticia (porque creo que en eso fui afortunada -me dijeron las cosas de buena manera y positivas-), tiene uno esos sentimientos y cae en el error de pensar ¿por qué a mí? ¿qué hice yo para que me tocara esto?, cuando en realidad lo que debería uno pensar -y hoy lo sé- es: ¿por qué no a mí? El miedo se apodera de uno, pero hay que seguir adelante.

    Mi fortaleza vino, primero, de Dios, quien es el que al final del día nos ayuda a mantener la paz y la calma, poniendo todo en sus manos. Lo segundo, fue la familia; sin ella creo que no hubiese llegado a donde estoy hoy, pues todos han jugado un papel tan importante y para mi han sido un apoyo incondicional desde el día uno, siempre unidos y dispuestos a manejar el tema de Gaby con completa normalidad. Y sin duda, una personita que me ha llenado de fortaleza en todo esto es mi hija mayor Vale, porque era la persona que más me preocupaba desde un principio, pero hoy por hoy ella maneja el tema con total normalidad, madurez y aceptación.

    Tata y sus dos hijas: Gaby y Vale.

    La niñez de Gaby, en general, ha sido igual a la de cualquier niño. Algo que he aprendido desde que estaba recién nacida, es a darle lo mismo que le di a Vale, eso lo tenía en mi plan de vida para con ella. Ella desde los dos años trabaja fuertemente en su fortalecimiento físico e intelectual. Va al parque, a cumpleaños, participa en actividades familiares y del colegio, como cualquier otro niño. El cuido por su sistema inmunológico y las horas dedicadas a terapia tal vez sean lo único distinto de su niñez, pues de resto es una niña completamente feliz, independiente y sociable.

    Una persona muy importante me dio un consejo: ‘exígele a Gaby más de lo que le puedas exigirle a cualquier otro hijo’, entonces soy bastante exigente con ella, porque sé que ella puede. Soy seria con ella y no me gusta ser permisiva, pero le alcahueteo una que otra cosa como bailar y desfilar. Tenemos una relación muy bonita y ella es muy cariñosa conmigo, me dice ‘te amo’, me besa y me abraza. Le gusta estar conmigo, pero su debilidad es su papá. Tengo con ella una relación como la tengo con Vale, cada una diferente, pero muy bonita.

    Tata y sus dos hijas: Gaby y Vale.

    Admiro mucho a mi hija. A su corta edad es una niña muy comprometida con sus cosas, exigente con ella misma, sabe y entiende que tiene que trabajar un poquito más duro para lograr las cosas, y lo hace. No se queja y da todo de ella, es persistente y logra lo que se propone y eso es de admirar. También admiro su sensibilidad hacia el mundo -si ve a alguien llorar va y lo abrazo sin reparo- y creo que hoy debemos aprender más de eso y hacerlo sin pena.

    Mis consejos para las mamás que están empezando a afrontar una noticia de un nacimiento de un hijo con alguna condición diferente, son: uno, no dejarse vencer del miedo. Dos, no sentirse menos, ni sentir que fue culpa de uno ni que es un castigo. Entre más rápido aceptemos lo que estamos viviendo y nos empoderemos de lo que estamos viviendo como madres, más rápido y mayores resultados vamos a lograr. Mamás que enfrentamos estas situaciones con la cabeza en alto, sabiendo que son oportunidades para nosotras, nuestros hijos, la familia y la sociedad. También es importante buscar ayuda y saber que no lo vamos a lograr solas; yo agradezco a Fundown, quienes han sido una guía enorme y un apoyo incondicional. Creer en nuestros hijos, que son capaces y que sí se puede; creer que, aunque no vayamos a cambiar un diagnostico ni una condición, no hay límites. Darles la confianza y hacerles sentir que son capaces de hacer todas las cosas. Perdamos el miedo, no hay que salir a pelear con el mundo, al contrario, hay que salir a dar mensajes positivos de nuestros hijos. Mientras estemos orgullosas de nuestros hijos, así el mundo los va a ver.

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