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    Publicado 9 abril, 2020

    RODAS

    La confluencia de los fulgores

    Por John Archbold

    Después de una semana recorriendo Turquía, mi grupo y yo hicimos una parada en la ciudad portuaria de Fetiyé. Nuevamente el país nos sorprendía, una vez más parecía ser una comunión de paisajes que también podían encontrarse dispersos en muchos lugares del mundo. El puerto de la ciudad está rodeado de riscos, bastante altos, en los que se levantan casas coloridas que se aglomeran desde la base y hasta la cima, como en cualquiera de las ciudades italianas que están erguidas en la costa del Adriático. A pesar de la belleza que nos rodeaba, habíamos llegado a esa ciudad y a ese puerto, por una razón que nada tenía que ver con ella: allí tomaríamos un barco que nos llevaría a la mítica isla de Rodas en Grecia, a solo dos horas de distancia.

    Rodas es la isla más grande del archipiélago del Dodecaneso. Como su nombre lo indica, es un conjunto de doce islas, muy conocidas por los distintos personajes que las habitaron y sucesos que allí ocurrieron. Una de ellas es Kos, el lugar de origen de Hipócrates, y donde aún se levantan las  ruinas del Asclepeion; allí sentó las bases de la medicina moderna. También está Patmos, el lugar donde san Juan escribió desde su destierro el que habría de ser el último libro de la Biblia: Apocalipsis.

    Rodas, por supuesto, no se queda atrás; su cercanía con la península de Anatolia la convirtió en un enclave estratégico para militares, comerciantes, viajeros e inmigrantes. A pesar del cambio en los tiempos, lo sigue siendo, como pudimos comprobar mientras viajábamos en el barco. Tras hacer una pequeña parada en otro puerto cercano, en la embarcación hubo un pequeño revuelo cuando entraron cuatro hombres custodiando a una veintena de jóvenes que traían sus muñecas amarradas con fibras de plástico. Bastó observarlos un poco mejor para reconocer sus facciones inconfundiblemente árabes. No hubo necesidad de preguntar, la simple observación nos permitía entender que se trataba de inmigrantes sirios, unos cuantos de los cientos, o quizás miles, que día a día tratan de llegar a Turquía para buscar asilo, amparados en el acuerdo que este país estableció con la Unión Europea para recibir parte del flujo de refugiados. Por la cercanía con Turquía, las islas del Dodecaneso se convierten en un punto favorable para llegar a suelo turco, pero como podíamos evidenciar, muchos de ellos no tenían éxito en su empresa. Fue imposible no sentir cierta culpabilidad por estar realizando un recorrido con el mismo destino que ellos, sólo que, en lugar de disfrute, ellos solo buscaban salvar sus vidas.

    La huella imborrable de los caballeros
    Para quienes vivimos en esta contemporaneidad digital, viajar es Mezquita del sultán Ahmet una experiencia distinta. En nuestro tiempo no viajamos a conocer otro lugar, simplemente nos trasladamos para verificar todo lo que ya sabemos que está ahí. En el caso de Rodas, un lugar cuya historia me había causado una especial expectativa, ya sabía que la ciudad estaba rodeada por una extensa muralla de más de cinco kilómetros que rodeaba todo el casco medieval. Sin embargo, no estaba preparado para verla de frente, con un sol brillante y un cielo azul como el mejor marco posible para aquella imagen. Al ver las piedras gruesas que componían la fortaleza, las numerosas almenas y los impresionantes bastiones, se hizo difícil creer que todo aquello llevaba allí cerca de ocho siglos, resistiendo el embate de asaltos, el sol, la sal, y especialmente de tanto tiempo. Fue construida por los Caballeros de San Juan, una orden religiosa fundada a finales del siglo XI con fines puramente benéficos, pero que cuatrocientos años después se había convertido en una de las caballerías más temidas y poderosas de toda Europa. Ellos adoptaron la isla de Rodas como su enclave desde el año 1310. Los principales palacios y castillos que se levantan en la capitalfueron construidos y pertenecieron a esta orden durante siglos, por lo que sus miembros siguen siendo objeto de respeto el día de hoy.

    El casco antiguo de la ciudad de Rodas es un testimonio visible de la historia de la ciudad. Las calles empedradas van transformando sus colores y formas para contar la historia de la isla. Desde la influencia bizantina que sucedió su período clásico hasta la corta ocupación árabe que desembocó en una larga dominación italiana, la huella imborrable de los caballeros, solamente opacada por el influjo de los otomanos, que durante los siglos más recientes vivirían una disputa constante por el control de la isla.

    Cuando salimos del casco antiguo e ingresamos al autobús, nuestra guía, una bella ateniense con acento gallego, nos hace ver que la magia de Rodas no está solamente en su arquitectura, sino en la misma naturaleza que la rodea. Rodas está situada entre las costas del mar Egeo y el Mediterráneo, la guía nos explica que mientras el primero tiene un color más claro y suele mantenerse más calmado, el Mediterráneo es más oscuro y se mantiene turbulento. El autobús se detiene exactamente en el punto donde se aprecia la confluencia entre ambos. Definitivamente la división no es arbitraria, cada uno se distingue con facilidad, pero cada cual en su lado sabe cómo convivir al lado del otro, respetando su respectivo lugar en la Historia.

    Antes de llegar a la cima
    Al final del recorrido, el autobús se detiene en el Puerto de Mandraki, lugar donde sobresalen dos columnas separadas por varios metros de distancia, sobre las cuales están dos estatuas de un ciervo macho y una hembra. La guía explica que este animal es símbolo de la isla y que por tanto su caza está prohibida. Después del recorrido de la ciudad, nos preparamos para pasar la tarde en la ciudad de Lindos, al sur de la isla. Lindos es una ciudad mucho más antigua que Rodas, su fundación data del año 408 a.C., no en vano es mencionada incluso en la ‘Ilíada’ de Homero. Al acercarnos, empezamos a ver el paisaje típico de las islas griegas, con un cúmulo de casas blancas que se difuminan a lo lejos, y en la cima de una montaña, una robusta fortificación, muy similar a la del castillo de los caballeros de la orden en Rodas. Esa es la acrópolis, una de las mejor conservadas. Lindos tiene el ambiente típico de los pueblos del Mediterráneo, pero con mucha menos afluencia, lo que permite que, en algunos instantes, exista una ilusión de tranquilidad.

    Antes de bajar a la playa, queremos conocer la acrópolis, por lo que nos disponemos a subir. Por cuestiones de tiempo, accedemos a hacerlo en unos burros, que se nos alquilan por 18 euros, ida y regreso. El transporte en ellos nos permite apreciar con detenimiento los detalles de las calles estrechas y las casas, que a pesar de la uniformidad obligatoria parecen esforzarse por encontrar su lado original a través de los detalles en sus puertas, techos y ventanas. Antes de llegar a la cima, la isla empieza a regalarnos las más espectaculares vistas del mar, desde donde incluso se alcanzan a divisar islas cercanas. Adentro, la acrópolis, aunque pequeña, sorprende por la complejidad y diversidad de construcciones que llegó a albergar, así como por el estado de conservación de las ruinas que están resguardadas tras esta muralla.

    Al día siguiente, visitamos Lalyssos, un pueblo situado a solo ocho kilómetros de la ciudad. Sus playas son especialmente apetecidas por los practicantes de ‘windsurf’ y deportes náuticos, pero nosotros llegamos para asistir al monasterio de Filerimos, ubicado en lo alto de un monte que lleva ese mismo nombre. Fue construido en el siglo XIV y es el templo cristiano más antiguo de toda Grecia. Su estilo sencillo, pero lleno de solemnidad, está cruzado por los antiquísimos frescos que decoran sus paredes, rodeados de unos jardines poblados de pinos, que conforman grutas que finalmente llevan a un excepcional mirador que permite una vista de toda la isla.

    Al interior, tuvimos la suerte de que se estuviera a cabo una misa de la iglesia católica ortodoxa griega, un ritual verdaderamente sorprendente, oficiado por cinco ministros religiosos. Todo el ritual es llevado a cabo a través de cantos proferidos por estos hombres, quienes sorprenden por contar con unas voces increíblemente melodiosas. Ejecutando sus actos se mantienen en constante movimiento, por lo que no es fácil aburrirse, a pesar de las más de tres horas que dura la ceremonia. Al final, me acerco a un estante con velas, donde los asistentes, por una pequeña donación, pueden tomar una vela como símbolo de una plegaria. Yo, a pesar de no ser cristiano, me sentí tentado por la magia que envolvía todo el acto, así que tras dejar una moneda de dos euros tomé una vela y la encendí mientras hacía una pequeña oración.

    Aunque la petición que elevé aún no ha recibido la respuesta que espero, fue una de las experiencias espirituales más curiosas que he experimentado. No es casualidad, Rodas ha sido el hogar de tantas nacionalidades, insignias y creencias, que no me sorprende que permita que todas las contradicciones confluyan en aquello que tenemos en común como seres humanos.

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