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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 22 junio, 2016

    Un papá que mira solo con el corazón

    Textos y fotos: Rafael Caro Suárez

    Faltan cinco minutos para las seis de la mañana, y Bogotá amanece gélida y opaca. Alexander Garzón Jiménez agarra su bastón y desciende rápidamente por las escaleras, llevando de la mano a su hija Mariana (6 años) hacia la ruta escolar que la espera en la portería para transportarla al colegio.

    Esta rutina, que parece tan cotidiana e intrascendente para la mayoría de personas, es una evidencia de cómo con constancia y amor por su familia Alexander encontró la fórmula para sobreponerse a la ceguera. Porque desde hace un lustro, cuando perdió la vista como consecuencia de una desafortunada intervención quirúrgica, aprendió a moverse con habilidad en ese mundo de penumbras en que debe vivir.

    Admite que no fue fácil convencerse de que ser vidente no es sinónimo de incapacidad: “No lo niego: al comienzo fue muy difícil quedar así, en este estado, pero yo no me podía morir en vida porque al tener tres hijas estaba obligado a seguir en pie de lucha”. En estos momentos, pese a estar desempleado, Alexander adopta con orgullo su rol de amo de casa, y argumenta que ser papá es un trabajo de tiempo completo. “Viéndolo desde otra perspectiva, la falta de empleo ha sido una bendición para mí porque así he podido dedicarle tiempo de calidad a mis hijas para cuidarlas cuando llegan del colegio, prepararles sus comidas y ayudarles con las tareas”, dice.

    Todas las mañanas, les cucharea amorosamente el desayuno a Mariana y Lucía (5 años), sus hijas menores. Eso sí, cuando advierte que alguna se demora en comer o está inapetente, les replica con tono enérgico pero cariñoso: “Qué pasa, que no las veo comer”. La reacción de ellas, en un derroche de inocencia y puerilidad, es contestar: “Papi, no digas mentiras, recuerda que tú no puedes ver”. Entonces Alexander suelta una carcajada, y les estampa un beso sonoro en los cachetes: ellas se toman su ceguera como una anécdota más.

    “Lo mejor de ser papá es gozarse esos pequeños detalles del día a día”, piensa cada vez que alguna de sus chicas le lee un cuento, o lo invitan a ver películas que le describen conforme avanzan las escenas. Para él, ellas se convirtieron en sus ojos, tal como lo escribió Pablo Neruda en ‘Oda al buen ciego’: “La luz del ciego era su compañera. Tal vez sus manos de artesano ciego elaboraron con piedra perdida aquel rostro de torre, aquellos ojos que por él miraban”.

    Otras veces, las niñas juegan a las escondidas con su papá, en instantes fugaces que se convierten para Alexander en un reto a su percepción. Sigilosamente se camuflan en cualquier rincón del apartamento, mientras él deambula por todas las habitaciones preguntando: “¿Qué están haciendo? ¿Pero dónde están?”. Con su agudeza olfativa y sus desarrollados oídos, descubre siempre el escondrijo de las niñas.

    Según cifras del más reciente Censo Dane (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), en Colombia se registra un total de 1.134.085 personas con algún tipo de limitación visual, cuya situación laboral es complicada: la encuesta ‘Pertinencia de la formación y perspectivas laborales de la población con discapacidad visual’, elaborada por el Instituto Nacional para Ciegos (INCI), publicó un informe en el que revela que sólo el 35 por ciento accede al mercado laboral. Carlos Parra, en calidad de director de esta entidad y en su condición de invidente, opina que “los empresarios deben reconocer las capacidades y talentos de las personas ciegas”.

    Antes de perder la visión, Alexander tuvo buenos empleos: primero en una empresa aduanera con presencia en catorce ciudades del país, luego en una compañía de telecomunicaciones con sede en Medellín. Allí conoció a su esposa, Mónica Aristizábal, que hoy lo acompaña en las buenas y las malas: “Cuando mi esposo quedó ciego, mi suegra me preguntó qué íbamos a hacer. Le dije que como esposa de él, siempre lo iba a acompañar. Si alguien espera o piensa que lo voy a abandonar, jamás va a suceder”, exclama ella.

    No obstante, esta mujer antioqueña que ya tenía una hija de cinco años (Melanie, hoy con dieciocho) cuando conoció a Alexander, reconoce que afrontar esta situación abrupta no fue fácil al principio. Recuerda que algunas mañanas él amanecía de mal genio, y se irritaba fácilmente; sin embargo, ella le tuvo paciencia: “La forma en que lo ayudé fue acompañándolo en sus momentos más difíciles, especialmente cuando se llenaba de pesimismo y decía que no podía hacer nada. Entonces yo lo motivaba a seguirlo intentando”, expresa.

    Oficios de un padre

    Mónica, que se vio obligada a tomar las riendas económicas del hogar, consiguió un trabajo en la división de recursos humanos y contabilidad de una empresa avícola. Entonces Alexander adoptó el rol de amo de casa, algo que en Colombia no es muy común.

    Cuando toda la familia se va de casa a desempeñar sus actividades cotidianas, Garzón comienza su rutina de trabajo doméstico: barre, arregla las camas y prepara el almuerzo y la cena. ¿Cómo puede una persona ciega hacer todo eso? Contrario a lo que hacen muchos otros invidentes, él cambia constantemente la posición de los muebles: “No quiero que mi mente se vuelva perezosa. Al cambiar el orden de las cosas, mi cerebro se pone en alerta y me envía nuevos mensajes”, comenta. Al principio, como es natural, termina golpeándose con algún asiento, pero entonces organiza un nuevo mapa mental para realizar su recorrido casero sin tropiezos.

    En el caso de la comida, puede manipularla y transformarla en deliciosos platillos porque acuerda con su esposa ubicar los alimentos en los mismos lugares de siempre dentro del refrigerador y en gavetas y estantes; así, verduras, hortalizas, granos, cucharones, cuchillos, ollas, sartenes y todo tipo de elementos de la cocina están siempre a la mano de Alexander. De todos modos, todavía hay acciones que lo apabullan, como pelar una ahuyama; pero en lo que sí es todo un experto es en la preparación de la bandeja paisa, que es la comida favorita de su mujer: “Los fríjoles le quedan más ricos que los de mi mamá. Es un excelente amo de casa porque, además de cocinar delicioso, mantiene el apartamento ordenado, y está pendiente de las niñas”, indica Mónica.

    Los fines de semana, mientras lleva a las niñas a clases de patinaje al parque de su conjunto residencial, aprovecha para practicar el kung fu, que se ha convertido en su fórmula infalible para mejorar su equilibrio y adquirir más dominio de su cuerpo. En un principio, cuando el profesor José Agustín Rodríguez llegó al barrio a promocionar su escuela de artes marciales, Alexander pensó en inscribir a las niñas para que aprendieran a defenderse. Pero sin proponérselo, terminó involucrado en este mundo que más allá de puños y patadas, le brinda un balance emocional.

    Con el kung fu ha podido desfogar distintos sentimiento negativos como la rabia y la desidia, ejecutando la danza sagrada del Tai Yu Chin. La rutina, algo teatral y llamativa, arranca con un movimiento rígido de sus brazos que sacude como aspas de un molino; luego, cruza las piernas y ejecuta un paso deslizante precedido de ágiles brincos que culmina con una elegante pose de fiera amenazante: el tigre. Luego entona su canto de batalla: “¡El tigre muestra su garra! ¡El tigre se lanza sobre su presa! ¡El tigre muestra su poder!”.

    El kung fu le ha proporcionado las maneras para manejar el cuerpo como una extensión más del espíritu. Ahora puede controlarse, y ha aprendido a manejarse en diversas situaciones de la convulsionada vida urbana capitalina; así mismo, sostener una misma postura corporal durante un determinado tiempo le ayudó a desarrollar su tremenda fuerza de voluntad. “Como persona invidente —sostiene— las artes marciales me han beneficiado porque antes ni siquiera podía caminar por miedo a estrellarme con un poste o una pared; o perder el equilibrio y caerme. El kung fu me inyectó una buena dosis de motivación y confianza, habilidad en mis movimientos, y fortaleza física y mental”.

    Memorias de una visión

    Durante treinta y cinco años, Alexander disfrutó de la plenitud de sus ojos. Jorge Luis Borges solía decir que “somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos” y, ahora que Garzón ve su mundo en tonos blanquecinos y amarillosos que son más bien una luz resplandeciente que le sega los ojos, le preocupa perder su cada vez menos numerosa colección de recuerdos: su memoria naufraga en pasajes nebulosos al punto que teme olvidar, un día cualquiera, todas aquellas hermosas imágenes que escaneó con sus pupilas para archivar en su cabeza. “Para mí sería durísimo no volver a recordar nada”, confiesa.

    Aun así, todavía prevalecen en su cabeza vívidas estampas de nostálgicos acontecimientos. Nunca olvidará, por ejemplo, las vacaciones en el Parque Nacional Tayrona, donde acampó durante tres días y caminó por las playas vírgenes y los senderos mágicos de ese paraíso natural. Mirando el cielo, sucumbió al encanto de las constelaciones que custodian a la región Caribe colombiana, y lloró emocionado cuando fue sorprendido al amanecer por la grandeza infinita de ese mar verdeazulado y bravío. Pero es enfático al puntualizar que la imagen más hermosa que atesora es el recuerdo del nacimiento de sus hijas y los primeros meses que las vio crecer. “Algo que le agradezco a la vida es haberme permitido alcanzar a ver a mis hijitas antes de quedar ciego”, aduce mientras su voz se estremece con la nostalgia.

    Según datos de la Encuesta Nacional de Salud del 2010, realizada por Profamilia, un 32 por ciento de niños y niñas en Colombia viven en hogares conformados únicamente por la mamá, mientras el 3 por ciento con el papá. Estas cifras evidencian que hace falta mucho para fortalecer la figura paterna, y conferirle todas las responsabilidades que van más allá de trabajar y llevar el sustento. “Conozco a hombres irresponsables que, a pesar de contar con plenitud de sus sentidos, no son capaces de mover un dedo para colaborar en el hogar. Son personas machistas que piensan que la mujer es para hacer los oficios domésticos y encargarse de la crianza de los hijos”, añade Alexander antes de reunir a sus tres hijas en la sala del apartamento durante una de sus charlas cotidianas.

    A Melanie le dice que, el día en que decida irse a vivir su vida con alguien, tiene que haber adquirido primero “carro, casa, beca y hasta viajes”, y tener el carácter para no dejarse poner “la mano encima de ningún hombre”. Ella, que “lo ve como a un padre, porque papá no es el que engendra sino el que cría”, reflexiona. Por su parte, la esposa concluye: “Cuando nos conocimos, me llamó la atención su ternura, y que vivía pendiente de mí; además, era muy especial con mi hija Melanie. Todos esos detalles me enamoraron de él”.

    La familia Garzón Aristizábal camina por el parque con el apresuramiento de quienes planean visitar a los abuelos esa tarde: don José Ciro Garzón y doña María Alcira Jiménez los esperan para almorzar y disfrutar de un buen momento en familia. Alexander mueve su bastón como una serpiente ondulante que se aferra al suelo por el que camina, mientras sus brazos rodean a las niñas para protegerlas de todo mal y peligro.

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