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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 17 septiembre, 2016

    Manuela y Pedro: la evidencia de que nunca es tarde para enamorarse

    Por Yesid Torres

    Manuela y Pedro acordaron encontrarse al final de la tarde cerca del estanque. Que ellos supieran, las relaciones amorosas entre residentes no están prohibidas en el asilo, pero era mejor mantener todo en secreto para no darles de qué hablar a los chismosos. Pedro llegó primero. Camina con dificultad, tiene la espalda curvada como un signo de interrogación. Avanzó hasta el lugar pactado, cerciorándose de que nadie los había visto. Manuela se acercó por el otro extremo. Cabello blanco, brazos rugosos, manos grandes. Entonces se abrazaron y se dieron un beso. No han sido tan precavidos como para notar la presencia de uno de los empleados del asilo que observó la escena desde detrás de una columna. Al día siguiente, la noticia llegó a la oficina de la monja que administra el lugar, y esta se reunió con los implicados.

    —¡Ajá! —les dice—. Con que llevan tres meses de relación y no se lo han dicho a nadie.

    —Hermana —dijo Manuela—, por favor, no me gustaría que nadie se enterara.

    Pero la noticia ya se había extendido por todo el lugar. Desde ese momento, Manuela y Pedro fueron el tema de conversación de los ancianos del asilo. Fíjese usted. Quien ve a Pedro, uno de esos tipos que vuelan con los motores apagados. Uno sí notaba que miraba como raro a Manuela, pero de ahí a imaginar que tenían algo era otra cosa. La hermana no estaba muy contenta con el asunto. “Ellos están en todo el derecho de quererse”, les dijo unos días después a la pareja de tórtolos, pero lo correcto es que lo hicieran como Dios manda.

    —Sea más concreta, hermana —dijo Pedro.

    —Ustedes deben pensar en casarse. Hablen con el padre como cosa de ustedes. Hagan de cuenta de que no les he dicho nada, pero háganlo si es que en realidad se quieren.

    Manuela y Pedro acordaron entonces buscar al padre Cirilo.

    —Para qué soy bueno —dijo el padre.

    —Es que queremos que usted nos case —dijo Pedro

    El padre lanzo una sonrisa pícara, suspiró y dijo:

    —Claro que sí. Búsquenme los papeles y los caso mañana mismo sí quieren.

    Comenzó el correcorre. Manuela tenía sus papeles en orden, pero Pedro necesitaba el acta de defunción de su esposa. Fue difícil, pero al final la boda se celebró el 25 de marzo de 2012 en las instalaciones del ancianato. Los empleados y algunos benefactores de la comunidad recogieron dinero y Manuela pudo cumplir el sueño de casarse vestida de blanco.

    Dos tórtolos de plumas envejecidas

    El hogar San Camilo está ubicado en el barrio La Paz y alberga un número de sesenta y cinco ancianos, todos de bajos recursos. Su director, el cura holandés Cirilo Swinne, es muy querido en el suroccidente de la ciudad por las obras sociales que ha venido llevando a cabo desde hace treinta y nueve años.

    En Colombia hay 5.2 millones de personas que superan los sesenta años. De ellos, el veintidós por ciento vive en condiciones de pobreza. Según el estudio “Misión Colombia envejece”, la tasa de adultos mayores que se encuentran en condiciones de pobreza en nuestros país es la más alta en América Latina. Por cada veinte abuelos que hay en Colombia, solo cuatro tienen algún tipo de pensión que les permita cubrir su subsistencia. La situación es alarmante haciéndose necesario incentivar políticas de inclusión a grupos etarios como estos.

    A Manuela pareciera escondérsele la voz entre los labios, y Pedro camina cargando la bolsa de una sonda vesical sobre la trabilla del pantalón. Ambos acostumbran a sentarse a la puerta de su habitación durante largas horas, a veces recordando episodios de su juventud o refugiándose cada quien en sus propios pensamientos. Entonces pienso en una frase que leí un día en la sala de espera de un centro odontológico: “Dos personas que se amen tanto como para hacerlo en silencio”.

    La vida de Manuela no ha sido fácil. Perdió parte de su familia por la guerra bipartidista librada entre conservadores y liberales en Antioquia, su departamento natal. Vio morir a sus dos hijos, cuando eran apenas unos niños, y luego a su último marido, como consecuencia de una úlcera. Se quedó sin familiares que velaran por ella cuando alcanzó la edad senil. Entonces se ganaba la vida rezando muertes ajenas en el cementerio universal, pero después le prohibieron la entrada al camposanto por culpa de un rifirrafe que tuvo con otros rezanderos del lugar. Allí empezaron los problemas. Ya no tenía dinero para pagar la pieza en que vivía y mucho menos para comer. Pero gracias a la ayuda del sacerdote de la parroquia a la que asistía, pudo ingresar al Hogar San Camilo.

        

    Pedro, oriundo de Sitio Nuevo, Magdalena, vivió sus propias tragedias, pues vio fallecer a sus dos hijas por un mal desconocido. Con el dinero de la venta de una casa que heredó de su anterior cónyuge, fallecida hace veintiún años, se dedicó a ahogar la pena con mujeres. Gastó todo lo que tenía, hasta quedar al borde de la indigencia. De modo que a Pedro y a Manuela no solo los une el amor sino también sus pérdidas.

    Yo tenía un compañero que me jalaba de la camisa cuando pasaba Manuela diciéndome: “Mira a la viejita esa. Está como simpática, ¿no?”. Pero él nunca se atrevió a decirle nada. En cambio yo sí. Cuando veía que se iba a ver televisión por las noches, me le sentaba al lado y le metía conversación, y cada vez que la veía sola hacía lo mismo. Así fue como empezó todo.

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