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  • MÚSICA

    Publicado 16 agosto, 2017

    Madonna: sublime y profana

    Por: Alfredo Baldovino Barrios

    La historia de una mujer que ha roto esquemas desde musicales hasta femeninos y sociales.

    Cuando Madonna llegó a Nueva York, a la edad de diecinueve años, con el deseo de convertirse en una gran bailarina, a nadie le pasaba por la cabeza que pudiera figurar como una de las mujeres más influyentes del siglo. No había nada en su aspecto que hiciera creer a quienes se toparon con ella que se encontraban ante alguien especial.Tenía unos hermosos ojos azules y unos bucles negros que se deslizaban por su nuca (el cabello rubio, que le daría cierto aire a Marilyn Monroe, sólo llegaría más tarde). Pero no era un portento de bailarina ni había explorado aún su faceta como cantante. Los primeros pasos en el medio artístico de la ciudad los dio como bailarina sustituta, al tiempo que se ganaba la vida trabajando como mesera en Dunkin’ Donuts. No eran tiempos fáciles. Tras finalizar sus jornadas de trabajo, Madonna debía atravesar calles solitarias, plagadas de vagabundos, para llegar hasta su pequeño apartamento, y una de esas noches dos hombres le pusieron un cuchillo en la garganta y la obligaron a practicarles una felación. Pero no era de las que se quedan en el lamento y se dan por derrotadas. No había dejado todo lo que tenía en su Estado natal para regresarse al primer tropiezo.

    Madonna Louise Ciccone había nacido en Bay City, Michigan, el 16 de agosto de 1958. Por parte de su madre, de nombre homónimo, tenía ascendencia francocanadiense, mientras su padre, Silvio Anthony Ciccone, era italoamericano. La muerte de aquella en 1963, como consecuencia de un cáncer de seno, fue un duro golpe para la niña, quien se negó a aceptar de buenas a primeras que su padre se empeñara en sustituirla con el ama de llaves. Muchas son las anécdotas de su talante provocativo durante la adolescencia, como, por ejemplo, aquella que cuenta cómo se levantaba la falda para que sus compañeros vieran lo que llevaba debajo. Era, al fin de cuentas, una chica indómita, cuyas notas en la preparatoria le merecieron una beca para estudiar danza en la Universidad de Michigan.

    Una violación, por muy traumática que fuera, no iba a dar al traste con sus sueños. Y decidió continuar.

    Sin embargo, en vez de terminar la carrera, como esperaban todos en su familia, tomó el poco dinero que tenía consigo y se fue a Nueva York a probar al cara o sello. Así que una violación, por muy traumática que fuera, no iba a dar al traste con sus sueños. Y decidió continuar. Consiguió un trabajo como corista del cantante francés Patrick Hernández, y a los 21 años hizo parte de la banda The Breakfast Club, liderada por su novio de entonces, Dan Gilroy.

    La oportunidad para mostrase como solista le llegó un año más tarde, cuando el productor Mark Kamins cuadró un encuentro entre ella y Seymor Stein, fundador de Sire Records, después de escucharla cantar con la banda Emy. El ascenso de Madonna hacia el Everest del éxito fue meteórico. Su primer sencillo, “Everybody”, fue lanzado a finales de 1982, con una buena recepción por parte del público, y dos años más tarde la grabación de “Like a Virgin” vendió en un solo un año la nada despreciable cifra de 25 millones de copias. Era apenas el primer golpe de cincel sobre el mármol de su figura, pues Madonna, como la Pandora del mito griego, se iría construyendo poco a poco, a pulso musical, a golpe de innovaciones, pero también de la mano de una serie de escándalos que catapultaron su nombre hasta la estratosfera.

    Fue excomulgada por Juan Pablo II y vetada y perseguida por amplios sectores del catolicismo.

    El primero de los incidentes polémicos (una picada de mosquito frente a lo que vendría más adelante) sería su presentación en los Billboard Away Music de 1984, cuando salió vestida de novia sobre un enorme pastel para interpretar “Like a Virgin” y rodó por el suelo efectuando movimientos lúbricos. La prensa conservadora tildó su salida de osada, mientras los padres de familia cubrían los oídos de sus hijos adolescentes para protegerlos de la procacidad de la letra, la cual, según ellos, los exhortaba a tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Así salía Madonna de una enorme concha marina, como la Venus de Boticcelli, completamente desnuda, pero sin manos cubriendo la intimidad del pubis y los senos.

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