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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 6 enero, 2017

    La parábola de El Toto

    Por: Juan Carlos Guardela
    Ilustración: Heiner Meriño

    Me contó un amigo médico que en el barrio de invasión Benkos Biohó, en el corregimiento de Pasacaballos en Cartagena, la gente le teme a Buziraco, diablo perseguidor de los esclavos desde los años 1600, demonio de la torpeza, las plagas y la sequía, y, para alejarle, cuelgan del cuello de los infantes una verga diminuta esculpida en madera.

    Los pocos que hablan abiertamente del raro amuleto me aseguran que se rompe en dos si Buziraco se asoma husmeando los recintos. “¡Ábrete, diablo!”, gritan las madres a las sombras, por si acaso. La verga resguarda también del mal ojo de envidiosos y desgarra maldiciones. Cuando el niño se convierte en hombre, el diminuto emblema es conservado por sus padrinos.

    Esta representación del falo es sólo uno de los tantos elementos que integran el modo de ser de esta comunidad, un modo de ser que ratifica la dominación masculina a través de las creencias y de los sentimientos. Por eso es natural que en los dominios de Benkos Biohó el líder natural sea Adalberto Paut, alias El Toto: hombre de cincuenta y ocho años, chofer de bus, con cuatro mujeres, veintiséis hijos y veintiséis nietos.

    Adalberto paut, más conocido como El Toto, está sentado en una mecedora con una gorra de béisbol. Lo rodean varios de sus hijos y su yerno, Emiro Morelos. Al fondo en la cocina, Luz Marina Serna, una de sus mujeres, cuece cola de babilla. Digo “una de sus mujeres” porque su yerno señala que a tres casas de allí El Toto tiene viviendo a otra, de nombre Rosa Arias. Me asomo, y una mujer robusta hace señas desde su terraza y detalla los movimientos de su marido. “Ambas casas fueron construidas por El Toto —dice el yerno— y nunca ha habido problemas. Se turna los días y las noches y las mujeres no se tienen aborrecimiento, se reparten alimentos y se ayudan. Han hecho fiestas juntas. Un cumpleaños de El Toto es todo un evento”.

    Si Rosa Arias y Luz Marina Serna viven en Benkos Biohó, Lucía Catalán y Esilda Sabala lo hacen en Cartagena. Con ellas también hace lo mismo: “se turna”. Es difícil pero trata de mantener el mismo vigor desde hace décadas y más ahora que los hijos tienen familia y se obliga a mantener la costumbre de llevarle a cada mujer su mercado mensual.

    Como Rosa no se acercó, quien aprovechó para hablar conmigo de las virtudes de su marido es Luz Marina. “No se las tira, no es engreído —dice—. Su fama no es porque sea chofer de bus, pues hay muchos conductores groseros y antisociales. Es por la parla que tiene mi marido. Pero es mejor así porque no es bueno que un negro llame tanto la atención”. El Toto más bien es regordete, bajito, pero su reputación es que ha llevado al catre a unas dos mil mujeres.

    Todo el que pasa por el frente lo saluda. Algunos le traen razones de los confines del barrio donde hay gente que necesita medicamentos. Preguntan cuándo es que se va a ir la luz y cuándo vendrá el carrotanque que surtirá agua al barrio. El Toto no lo sabe todo pero habla de unos ladrillos que alguien donará. “Labor social”, matiza Emiro quien, más que yerno, para El Toto es su compañero de andanzas y colaborador. Por esos días habían emprendido un proyecto que busca la rehabilitación de cincuenta pandilleros.

    Luz Marina sale de la cocina vaporosa con platos llenos de guiso y los reparte. “Aquí se come babilla tres veces por semana. Es mejor afrodisíaco que los mariscos”, enfatiza Emiro.

    `Su fama no es porque sea chofer de bus, pues hay muchos conductores groseros y antisociales. Es por la parla que tiene mi marido. Pero es mejor así porque no es bueno que un negro llame tanto la atención´

    Empezamos a comer la exquisitez hecha en leche de coco. Sabe mejor que el pollo. Entonces El Toto habla:

    “Ninguna se puede quejar. Yo ya he sentado cabeza. Estoy en paz con todo el mundo”.

    De pronto hay una algarabía de pelea en la esquina. Dos hombres descamisados se enfrentan a machetazos. La gente formó un círculo en torno a los adversarios para ver de cerca cómo se tasajean. Nadie bromea pero los azuzan. Dejamos de comer y fuimos a ver. Se mandan el primer tajo y los machetes hacen un estropicio aterrador. Los contendientes hacen gestos extravagantes, se amagan. El segundo totazo de los machetes es tan fuerte que los hace retroceder. El Toto grita: ¿Se van a matar?

    Una mujer gorda responde: “Es que uno empujó al papá del otro”.

    Cuando se van a dar el tercer totazo El Toto mete su cuerpo entre los dos y los energúmenos se detienen: “Háganme el favor y respetan el barrio. Aquí nadie se va a matar y menos en fiesta”.

    La voz de El Toto es suave pero tiene apretujada una descomunal autoridad. Los hombres arrojaron los machetes. Los energúmenos se separan, están pálidos.

    “Demoraron una semana afilando esos machetes, oye”, se quejó la gorda.

    Enseguida la gente los tranquilizan, les secan el sudor de las frentes, les echan frescos y El Toto los obliga a que se den la mano en señal de paz.

    Según Luz Marina, en 1986 a Adalberto le endilgaron el apodo de Siete Mujeres. Tenía treinta y tres años y se debió a una telenovela que fue el furor en la nación. Su trama se basó en un relato de Manuel Zapata Olivella y el personaje, un costeño poco amigo del trabajo y dado a muchas mujeres y a la bebida, lo encarnó Jaime Saldarriaga. Adalberto en ese momento se parecía mucho al protagonista, pero era mucho más oscuro que Saldarriaga, tenía más de siete mujeres, le tocaba matarse trabajando pero abstemio.

    “De haber accedido a las pretensiones de los politiqueros El Toto hubiera sido concejal varias veces”, dice Luz Marina. Mucho antes de la telenovela, El Toto ya era famoso en todo el Caribe colombiano. La fama le llegó hace veinte años cuando su vida fue contada los canales internacionales Univisión y TV Azteca. Al principio se mostró incómodo que su intimidad se conociera, pero un hombre con tantas mujeres, hijos, nietos y amantes, a la larga ya no posee vida íntima. Lo que más sorpresa le dio fue que sus mujeres se mostraron orgullosas.

    Empezó a conducir buses a los quince años, cuando la ciudad era pequeña, y, para poder tener licencia de conducción, su padre pagó una fianza de diez mil pesos. Sin pena, confiesa que convirtió su bus en una especie de residencia ambulante.

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