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    Publicado 21 diciembre, 2018

    La Navidad es el llamado de la tribu

    ¿Cómo era diciembre antes y cómo es ahora? ¿Por qué cada vez son más pequeñas y menos eufóricas las reuniones familiares? El autor se lo pregunta en un viaje al corazón de la Navidad.

    Las primeras amanecidas fueron con mis tíos. Mi abuelo poseía el equipo más poderoso de la cuadra, toda la calle ancha de la Ciudadela 20 de Julio. Y un armamento de elepés que haría temblar cualquier discoteca. Ellos bailaban abrazados, empapados sobre una piscina inflable que le habían regalado a una prima, recién llenada debajo del laurel en la jardinera. Yo no tenía ‘smartphone’ como para apartar la mirada.

    “Hombre parrandero no debe morirse, debe divertirse con sus compañeros”, clamaba un himno dionisiaco que hacía vibrar las telas del parlante al ritmo de la guacharaca. Sonaba tan duro que apenas se distinguía detrás el canto de los pajaritos.
    Pongo las canciones a medida que traen recuerdos.

    Me pidieron escribir sobre la Navidad, sobre el fin de año, sobre cómo se ha transformado. Que antes eran familias grandes y nos reuníamos todos alrededor de los papás, a escuchar las historias.
    — Claro, todos en torno al fuego en la cueva.
    — Ajá. Y en cambio ahora se ha vuelto una vaina más monofamiliar. Más sola.
    — También es un tema que tiene que ver con la memoria.

    La imagen de mis cuatro calvos y fornidos tíos recibiendo el sol en pantaloneta y camiseta mojada, embriagados de una felicidad sin costuras, se vuelve potente y recurrente cuando me pongo a pensar en las temporadas decembrinas de mi vida. Llegan otros recuerdos sin fecha, la mayoría teñidos de alegría.

    Mi padre dando un discurso en la sala, en medio de un ruedo de gente. Toca un acordeón repentino. Brindis, whisky, champagne. Mis hermanos abriendo pilas de regalos a pies del árbol. Mi abuela echando cuentos del pueblo en la mecedora. Alza los pies, para que no se le afecten las varices.

    Suena “tabaquera, tabaquera, tabaquera, ¿dónde está tu tabaco?” y se levanta a bailar por encima del dolor. Menea las caderas como megabuques agitados con una tormenta de sabrosura. La aplaudimos y reímos.El que no baile con eso es que está muerto, Iván, ¿di tú?

    Mi madre bailando sola en la sala, bañada de luz, entre unas cortinas blancas que aletean a su alrededor con la brisa y la frescura azul de la mañana. Canta con los ojos profundos cada verso de Tania de Venezuela, a quien le dicen que se parece. La sensación de abrir un juguete nuevo. Luego otros recuerdos traen sabor a melancolía. En Bogotá, al lado de mi otra abuela, Isabel, comiendo uvas, hablando con ella hasta que me dormía en su chal de tejido negro. Dedicaba seis de mis doce uvas a aplacar su dolor. Era el dolor de tres hijos muertos. Otras cinco uvas iban por mis dos hermanos, mi mamá y mi papá. Dejaba la última para pedir una novia. Es que hay navidades tristes y navidades alegres.

    Para leer el articulo completo adquiera la última edición de La Revista Actual

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