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    Publicado 21 septiembre, 2016

    La Ciudad Vieja de Jerusalén: lugar en donde conviven tres grandes religiones en paz

    Por Felipe Villa de la Torre

    El visitante llega a Jerusalén sabiendo que no hay sobre la faz de la tierra una ciudad más disputada que esta. Edificada, asediada, semidestruida y vuelta a edificar a lo largo de su historia, el visitante sabe que encontrará lugares y templos sagrados para las tres religiones monoteístas más importantes: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. De hecho, Jerusalén es Ciudad Santa para las tres religiones, un detalle que la hace única en el mundo.

    Quizá lo que más sorprende al visitante es que buena parte de toda esta riqueza histórica se encuentra condensada en la Ciudad Vieja, una zona de apenas un km2 que se encuentra dividida en cuatro zonas claramente demarcadas, Barrio Armenio, Barrio Musulmán, Barrio Judío y Barrio Cristiano, identificados de acuerdo a la filiación religiosa de la mayoría de sus habitantes.

    Lo primero que sorprende al visitante al acceder a la Ciudad Vieja es la amplia muralla que la rodea, construida por orden del sultán Suleimán el Magnífico entre 1537 y 1541, y cuya longitud sobrepasa los cuatro kilómetros, a lo largo de los cuales se distribuyen sus 34 torres de vigilancia y ocho puertas.

    Se entera el visitante de que la Ciudad Vieja, en la que residen poco más de 35 mil personas –en la época de Cristo vivían entre 20 y 30 mil–, fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1981, y un año más tarde fue incluida en la Lista del Patrimonio de la Humanidad en peligro. Si el visitante se interesa por la historia, aprenderá que la Ciudad Vieja fue construida originalmente por el Rey David en el año 1004 a.C. y desde entonces no han sido pocos quienes han considerado a Jerusalén como el ‘centro del mundo’. No olvida el visitante que en los mapas de la Antigüedad la señalaban como el Ombligo del mundo, el Centro de Todo.

    Barrio Cristiano

    El visitante decide internarse en la Ciudad Vieja a través del Barrio Cristiano, donde encontrará la iglesia del Santo Sepulcro, aceptada por muchos historiadores como la tumba de Jesús, el sitio donde fue crucificado, enterrado y resucitado, lo que la convierte en el lugar más santo del cristianismo, adonde millones de peregrinos acuden cada año para visitar la tumba vacía del ‘Mesías’.

    Sus pasos lo encaminan hacia la Vía de la Dolorosa, la ruta que supuestamente recorrió Jesús portando la cruz. Si es viernes, el visitante podrá ver la procesión que centenares de creyentes realizan sobre esta calle, y que se detiene ante cada una de las 14 estaciones que recuerdan el Vía Crucis del ‘Mesías’.

    Barrio Musulmán

    A unos pocos metros, el visitante podrá acceder al Barrio Musulmán, el más grande de los cuatro, donde hallará el Monte del Templo, el lugar más sagrado para el judaísmo, pues la Biblia sitúa en este punto el sacrificio de Isaac. Para los creyentes del Islam, por su parte, lo llaman la ‘Explanada de las Mezquitas’, y viene a ser el tercer lugar en importancia de su religión. Aquí se elevan dos de sus templos más importantes, la Cúpula de la Roca, el sitio exacto donde, según la tradición, Mahoma ascendió a los cielos acompañado por el ángel Gabriel, y la Mezquita de Al-Aqsa, la más grande de Jerusalén –puede albergar a 5.000 personas–. Ambos templos fueron construidos en el siglo VII.

    El único kilómetro cuadrado del mundo en el que las tres grandes religiones convergen de manera espiritual, es la prueba palpable de que la convivencia es posible más allá de las desemejanzas. 

    Barrio Armenio

    Entrando al Barrio Armenio, en el suroeste de la Ciudad Vieja, el visitante se entera de que este es el más pequeño de los cuatro barrios, de que los armenios se establecieron aquí en el siglo IV por razones religiosas y de que su templo más importante, la Catedral de San Santiago, fue edificada en el siglo XII sobre los restos de una antigua iglesia bizantina. En esta catedral yacen los restos del apóstol Santiago el Menor y la cabeza del apóstol Santiago el Mayor –el resto de su cuerpo reposa en la catedral de Santiago de Compostela–. No son pocos quienes afirman que este templo es uno de los más hermosos de toda Jerusalén y una de las pocas iglesias de la época de las Cruzadas que ha sobrevivido casi intacta. Al entrar en ella, el visitante se percata de que no hay bancas ni electricidad, y de que toda su fuente de luz se reduce a los altos ventanales, a unas cuantas lámparas de aceite y a un puñado de velas. De ahí que durante los días nublados la Catedral permanezca encapotada por una irremediable oscuridad.

    Barrio Judío

    El visitante finaliza su recorrido en el Barrio Judío; sabe que, para el judaísmo, Jerusalén es la Ciudad Sagrada, su núcleo espiritual desde que el Rey David la escogiera en el siglo X a.C. como emplazamiento del Templo Sagrado. Aquí es donde el visitante se entera que del mismo modo que los musulmanes rezan mirando hacia la Meca, los hebreos del mundo entero lo hacen en dirección hacia Jerusalén, ciudad que aparece en 669 pasajes del Tanaj (Biblia Hebrea) y es mencionada 154 veces en la Biblia cristiana. El Barrio Judío, asentado sobre los restos de la ciudad alta del período de Herodes, contiene sitios arqueológicos de gran interés, como la Casa Quemada, un edificio que sirve de testimonio del incendio y destrucción de la ciudad por parte de los romanos en el año 70 d.C., o el Cardo, los restos bien conservados de la que fuera durante varios siglos la principal avenida de la ciudad, una calle que en su época medía 22 m de ancho y que cruza Jerusalén de norte a sur. El Barrio Judío alberga numerosas yeshivots y sinagogas, entre ellas una de las más importantes del universo judaico, la sinagoga Hurva.

    El visitante se marcha de Jerusalén sobrecogido por una extraña certeza: las diferencias religiosas han llevado la guerra a casi todos los rincones del planeta. Escudándose en la ‘Verdad’ de sus dogmas, tanto cristianos, como musulmanes y judíos han sido incitadores, en mayor o menor medida, de infinidad de conflictos, cruzadas, refriegas y matanzas. Sin embargo, las calles laberínticas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, el único kilómetro cuadrado del mundo en el que estas tres religiones convergen de manera espiritual, es la prueba palpable de que la convivencia es posible más allá de las desemejanzas.

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