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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 25 noviembre, 2016

    La asombrosa vida de Lina Caro

    Texto y fotos: Rafael Caro Suárez

    Esta mujer de cuarenta y ocho años, nacida en María La Baja (Bolívar), conoce de cerca la violencia de género —fue desplazada por un grupo armado ilegal, y violada—. Tiene una enfermedad terminal que la mantiene al borde del abismo, pero aun así conserva intactas sus esperanzas por granjearse un futuro mejor.

    Lina Mercedes Caro Banquez es una mujer enorme: alta, con las manos grandes, una sonrisa amplia y un espíritu inquebrantable que le ha permitido sortear con dignidad su condición de víctima del conflicto armado. “Hago de mis debilidades una fortaleza”, afirma con su voz serena, mientras repara con sus ojos negros la máquina de coser Triumph, que es una de sus herramientas favoritas para confeccionar pijamas, negocio que quiere consolidar: “Me veo de aquí a unos años despachando mercancía a todo el país, y por qué no, exportando a Europa”, afirma.

    El año pasado, la fundación Trasvida, que trabaja con cuarenta mujeres cabeza de hogar que son víctimas de desplazamiento forzado y se ha establecido en Soacha (Cundinamarca), le otorgó a Lina una unidad productiva de confección de ropa dotada con máquina plana, fileteadora, máquina collarín y mesa de corte; las cuales fueron ubicadas temporalmente en una bodega contigua a su casa, donde se le facilitó asistir a recibir los talleres de confección que les impartieron junto a las otras beneficiarias.

    Con este emprendimiento, Lina espera poder ganarse la vida ahora que está muy lejos de su pueblo, María la Baja (Bolívar), del que huyó un día aciago de septiembre del 2008, cuando se enteró de su inclusión en una lista negra, que la sentenciaba a muerte, por parte de un grupo paramilitar que dominaba esa zona de los Montes de María.

    Según se consigna en “Una nación desplazada, informe nacional del desplazamiento forzado en Colombia”, elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, María La Baja acumula en los últimos años la exorbitante cifra de 29.394 desplazados; una barbaridad, si se tiene en cuenta que el municipio cuenta con una población de 48.079 habitantes.

    Las pequeñas sorpresas de la vida mantienen a Lina con ese optimismo que la caracteriza. La más reciente buena nueva la sorprendió una mañana cuando alguien de la Escuela Arturo Tejada la llamó al celular: “La Unidad de Víctimas me postuló a una convocatoria que buscaba seleccionar prendas de vestir diseñadas por mujeres víctimas de la guerra”, cuenta orgullosa. Dos pijamas de algodón le permitieron continuar en este proceso, donde recibirá capacitación para aprender nuevas técnicas y diseños. “De aquí a unos años, quisiera vender mucha ropa, y ser una reconocida diseñadora de modas. Estoy luchando por salir adelante a pesar de ser una mujer desplazada y con una enfermedad terminal (cáncer papilar). Eso, por el contrario, me motiva a demostrarles a los demás que soy una guerrera”, asegura.

    Las pijamas de Lina que promoverá Arturo Tejada fueron seleccionadas tras un riguroso proceso donde un equipo de diseñadores fotografió sus prendas, analizó los acabados y calidad de materias primas, y destacaron que, al ser confecciones en 100% algodón, pueden ser usadas en cualquier región sin importar el clima, desde la gélida Bogotá hasta la sofocante María La Baja. “Que mi ropa llegara a mi pueblo sería una forma muy bonita de recordarle a mi gente que hace años no me ve y pensará que estoy muerta: aquí sigo en pie”, sostiene, y revela que hace poco, mientras solicitaba ayudas en el Servicio Jesuitas Refugiados en Colombia, le anunciaron que un consorcio italiano está interesado en apoyarla si conforma una cooperativa junto a otras mujeres emprendedoras. Ya se encuentra haciendo las gestiones con sus conocidas, y espera ver los resultados más temprano que tarde: el tiempo para ella, en su condición, es apremiante.

    Como no cuenta con una fuente fija de ingresos, para ella es complicado adquirir los insumos para fabricar pijamas, y mucho menos la logística e infraestructura que requiere la apertura de un local comercial para vender la ropa. “Hago prendas por pedidos, o vendo puerta a puerta; aunque no es fácil”, explica. Otro gran problema que se le ha suscitado en el último mes es encontrar un espacio para sus máquinas, ya que el contrato de arrendamiento de la bodega que Trasvida le asignó para depositar los equipos expiró, y no cuenta con los recursos para costearse un espacio adecuado. “Los obstáculos para nosotras las mujeres desplazadas son innumerables, pero no hay de otra: toca continuar”, se lamenta.

    Exilio y barbarie

    Lina llegó a Bogotá en septiembre del 2008, en una flota que abordó en Cartagena procedente de María La Baja. Como venía huyendo de los paramilitares, apenas pudo llevarse la muda de ropa que traía puesta, y una pequeña maleta con algunas pertenencias de su pequeña nieta, la hija de Over José Polo, su primogénito, que por ese entonces contaba con dieciocho años y prestaba servicio militar.

    Ella atribuye sus amenazas de muerte a una retaliación de los paramilitares debido a las reclamaciones que consignó en la oficina del Ministerio del Trabajo, pues fue despedida sin justa causa por la empresa de chances y apuestas donde laboraba. “Por esos días tuve un doble duelo: murió mi mamá, y ocho días después mi padrastro, por lo que me ausenté para encargarme de los trámites funerarios”, argumenta. Hoy agradece a un exparamilitar, que fue asesinado tiempo después, por haberle ‘cantado la zona’: “Fue Peyito Vásquez quien me avisó. Gracias a él sigo con vida porque hui antes de que me mataran”, recuerda. Se rumora que la polémica empresaria Enilse ‘La Gata’ López, dueña de dicha casa de apuestas quien hoy se encuentra privada de la libertad sindicada de nexos con las autodefensas y lavado de activos, fue quien orquestó las amenazas.

    En Soacha, municipio donde se refugió, tocó las puertas de entidades estatales cuyo objetivo es restituir los derechos de las víctimas del conflicto armado: la Unidad de Atención y Orientación a los Desplazados, y la Unidad para las Víctimas. Algunas organizaciones no gubernamentales como Trasvida, y el Servicio Jesuitas Refugiados en Colombia, también le tendieron la mano.

    Cuando Lina habla con otras mujeres en su misma condición, las conmina a no quedarse esperando la ayuda estatal como única salida, pues se trata de auxilios económicos que apenas si alcanzan para lo básico. “Si uno quiere garantizarse una mejor calidad de vida, esto es: vivienda, salud, educación y empleo, hay que salir a buscar las oportunidades. La ayuda no llegará del cielo”, esgrime.

    Las cifras de desplazamiento forzado en Colombia son alarmantes. Según datos del Registro Único de Víctimas, existen 7.936.566 víctimas del conflicto armado, más de seis millones de ellas correspondientes a desplazados de los cuales 3.301.848 son mujeres, ochenta y siete por ciento de regiones rurales y despojadas de 8,3 millones de hectáreas.

    Para Lina, lo más difícil de ser desplazado no es el exilio y el aislamiento, sino la adaptación al nuevo entorno, donde se sufre el rechazo de la gente. Tal realidad se consigna en el mencionado informe ‘Una nación desplazada’: “A medida que el desplazado (…) se ve enfrentado a ir de un lugar a otro y a convertirse por fin en un anónimo (…) que llega a las ciudades, es visto por los otros como un peligro”.

    Un gris panorama que Luz Núñez treinta y tres años, madre cabeza de hogar y desplazada en 2007 de Puerto Asís, Putumayo, amiga de Lina Caro, ha vivido en carne propia: “Se nos cierran las puertas en muchos lados. Me pasó en repetidas oportunidades cuando llevé la hoja de vida a empresas donde estaban recibiendo personal, pero cuando se enteraban de mi situación todo cambiaba”.

    Por eso algunas intentan el éxodo a sus territorios. Lina lo hizo, pero no a María La Baja sino a Sincelejo, donde comenzó un pequeño negocio ambulante de tintos. Al principio arrancó con un solo termo, pero al poco tiempo ya tenía una ‘flota’ de cincuenta y seis termos cargados de buen café. Lastimosamente tuvo que regresarse nuevamente a Soacha, porque las bandas criminales, al parecer Los Rastrojos, le siguieron el rastro y su vida volvió a correr peligro.

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