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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 4 abril, 2020

    El tesoro escondido en Puerto Mocho

    Por Iván Bernal Marín

    La primera playa a la orilla de Bocas de Ceniza es, a todas luces, una oportunidad de oro para afianzar a Barranquilla como destino turístico de río y mar. Una oportunidad para unirse en un pujante abrazo.

    El río Magdalena y el mar Caribe tienen un viejo romance. El escondite de este amor se encuentra olvidado en la orilla del tajamar de Bocas de Ceniza, en la punta de Barranquilla. Es una especie de ensenada incompleta, una playa negra a la que algunos llaman Puerto Mocho.

    En la calma del amanecer, con las olas meciéndose reflejadas en sus ojos grises, Emiliano Suárez lo confiesa: no tiene ni idea de por qué le dicen así. Para él siempre se ha llamado La Primera Playa. “Quién sabe. Habría que preguntarles a los viejos de antes”. Pero ya se murieron. Él tiene 72 años, y con los dientes y un cuchillo negro destaja pedazos de nylon para remendar su atarraya.

    Normalmente no recibe a nadie aquí antes de las 6 a.m. Los carros suelen llegar de la ciudad a la mitad de la mañana, cuando él ya ha regresado de su faena en el mar y su bote está amarrado en la orilla, cargado de pescados frescos. Le pagan hasta 15 mil pesos por kilo.

    La brisa agita las palmas secas de los techos con ritmo de guacharaca. Hay unas 30 casetas de tablas pintadas de rosado y verde turquesa, y solo un perro que bosteza al pie de una. El sol se despierta anaranjado por el río, en el lado contrario al mar, entre edificios. Pelícanos lo acuchillan con sus sombras. Un rosado de algodón de azúcar impregna el azul del cielo desde abajo.

    Aquí venían desde siempre los que querían ver algo de naturaleza en Barranquilla, a la orilla del río en su recta final. Era la cara más próxima de la madre tierra, apenas a unas cuadras y minutos en carro de la mole de edificios y pavimento. Después de las bodegas y fábricas de la Vía 40; al fondo de las pescaderías, los restaurantes de tablones y las calles arenosas del barrio Las Flores.

    Aquí conocí los primeros pescadores con cometa, unos seres místicos que unen todos los elementos. Con los pies en la tierra hacen elevar por los aires diamantes de papel que jalan sus carnadas a lo profundo del agua. El fuego lo llevan en los labios, en tabacos que arden sin humo. A veces también se les escapa algo quemado de las miradas.

    Aquí vi el primer tren. Unos vagones turísticos de varillas y tablas pintadas de amarillo, verde y rojo, aprovechaban las vías de un ferrocarril sepultado en la leyenda. Las vías siguen oxidadas y resquebrajadas en un reguero de rocas porosas. Los vagones permanecen estacionados a un lado. El olor a sal y arena también es el mismo, así como el golpe del viento que obliga a cerrar los ojos.

    La playa va y viene a espaldas de la Ciénaga de Mallorquín y una barrera de mangles, más reverdecida de lo que recuerdo. Por años fue un bosque de esqueletos grises abrazados, luego un botadero de escombros y basura. La dañaron queriéndola rellenar para vender la tierra. En una ciudad que creció dándole su espalda al río, algunos podían pensar que esto era poco más que una verruga en el cuello. Podían preguntarse a veces cómo extirparla.

    Puerto Mocho es uno de los puntos más al norte de Colombia, junto a la península del Cabo de la Vela, en el desierto de La Guajira. Céfiro la golpea sin piedad cada mañana. El monstruo de viento que viene cabalgando los mares del planeta corre por aquí a toda marcha, sin obstáculos. Aquí vienen los fotógrafos a tomar imágenes de primera plana cuando los buques encallan en el canal de acceso a los puertos del Magdalena. Esta es la autopista diaria de decenas de remolcadores chatos y corpulentos, pitbulls acorazados de llantas que ladran contra las corrientes.

    Yo conocía la zona como Bahía Chancleta, porque todas se acumulaban aquí. Cultivos de plástico multicolor se extendían en grandes porciones de arena desolada, entre palos y algas negras. Cuando me escapaba de clase venía con el Mono a ver qué marcas raras encontrábamos. La mayoría estaban sin par. Era bonito dejar volar la imaginación y creer que habían navegado desde costas al otro lado del mundo, trayendo huellas de otras formas de disfrutar el mar. Parecía que las chancletas perdidas de todo el planeta terminaban aquí. El mar se las traía al río, como obsequios.

    En la punta del tajamar, las olas marrones y azules se estrellan en una sopa en constante ebullición. Si consigues pararte al borde del espolón podrás ver aleteos de tiburones entre los estallidos. No son grandes ni esmerilados como en las películas, pero sí puntiagudos y veloces, como dagas ninjas. Aquí vi mis primeros tiburones reales, en una ciudad que los ha convertido en símbolo de identidad. Pero por aquí no parece haber mucha noción de identidad, reconocimiento o memoria.

    Emiliano dice que lleva 20 años viviendo aquí; pero, más que preguntarse por el origen del nombre Puerto Mocho, le apremian otras cosas del día a día. “Salimos a darle máquina pa fuera y traemos pesca todos los días. El turismo viene a comer pescao aquí, pescao recién sacao”. Arrollada en una cerca de su casa de tablones, arrullada por la brisa y las olas que se filtran por debajo, su atarraya remendada parece una bandera en permanente derrota. Mientras él navega, otros limpian la línea de la costa y apilan a un lado la basura que escupe el mar.

    El mito urbano es que a esta playa le dicen Puerto Mocho porque acá aparecían con frecuencia cadáveres, de personas que asesinaban y arrojaban al Magdalena en las orillas de distintas ciudades. El río arrastra la basura de todo el país. Por eso las playas del Atlántico viven inundas de palos. Una vez encontraron un pie, y la noticia del levantamiento del cadáver salió en el periódico. Se volvió un chiste común decir, en época de elecciones, que en Puerto Mocho se veían pasar a los políticos “ahogados”, aquellos que no alcanzaron suficientes votos y se hundieron en las urnas. Otros dicen que por aquí pescaban con dinamita, y a algunos les explotaba en las manos. Yo nunca conocí a ninguno.

    La Alcaldía de Barranquilla inició un concurso público para ponerle un nombre oficial y definitivo a la playa. El alcalde Jaime Pumarejo la quiere recuperar. “El objetivo es llevarla a ser bandera azul, es decir, el más alto galardón contemplado en el ranking dado anualmente y a nivel mundial por la Fundación Europea de Educación Ambiental. Esto permitirá tener una playa de estándar internacional que complemente la oferta turística de la ciudad y nos convierta en destino de sol y playa”, me dijo el alcalde, por teléfono. Planean intervenir un área aproximada de 980 hectáreas, que abarca toda la Ciénaga de Mallorquín y parte del barrio Las Flores y el corregimiento La Playa. Planean un paseo peatonal, consolidar el tren turístico, un ecoparque, labores hidráulicas y de saneamiento, y trabajos con los pescadores y caseteros de la zona. Además de rebautizarla.

    No creo que Bahía Chancleta, tierra de los pescadores con cometa, tenga posibilidad en el concurso. Y para ellos, como para Emiliano, siempre será La Primera Playa, la primera playa de Barranquilla. Es bonito dejar volar la imaginación, y verla referenciada en guías internacionales de turismo. Es bonito imaginar que el mar Caribe y el río Magdalena por fin tendrán el encuentro que se merecen, a la altura de su amor.

    “Ojalá no nos toque irnos pa fuera. Este es el diario de nosotros para ganarnos la vida. Si no, no sostenemos a las familias”, dice con los ojos teñidos de mar mientras lo mira, como espejos empañados de promesas. Se cubre la mirada con una mano de uñas de garfio. El sol ya está arriba.  En lugar de chancletas o palos, hoy solo se ven un par de lanchas encalladas en la playa.

    A veces somos miopes. No vemos el tesoro, ni teniéndolo cerca. Podemos dormir sobre un cofre de oro y pensar que es solo un tiradero de chancletas. Hasta que alguien nos muestra el brillo.

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