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    Publicado 14 mayo, 2020

    Depresión posparto: más allá del ‘baby blues’

    Por Francesca Mancini

    Cuando una mujer descubre que está embarazada, muchísimas emociones se encuentran entre sí. Existen mujeres que estaban deseando tener un hijo hace mucho tiempo, otras que lo estaban esperando hace poco y, otras, que la noticia les toma por completa sorpresa. 

    Hace unas semanas les mencioné la crisis que vivencia una mujer con respecto al embarazo y a la maternidad, pues se despliega una nueva identidad antes desconocida para ella, la de ser madre. 

    Cuando una mujer descubre que está embarazada, muchísimas emociones se encuentran entre sí. Existen mujeres que estaban deseando tener un hijo hace mucho tiempo, otras que lo estaban esperando hace poco y, otras, que la noticia les toma por completa sorpresa. Sea cual sea la reacción, la mujer comienza a preparase tanto física como mentalmente para traer al mundo a su bebé.

    El futuro es incierto, pues cualquier cosa puede suceder y al no tener un manual de instrucciones, es válido poder sentir lo que comúnmente tildan de emociones negativas, como son la tristeza, la rabia, el miedo o la culpa. Digo ‘comúnmente’, ya que la tristeza es una de las emociones qué mas se tiende a evitar. Sin embargo, se trata de una emoción necesaria tanto para el desarrollo como para el crecimiento personal. El camino de la vida tiene varias etapas y cada una de ellas debe cerrarse, lo cual puede generar, en ocasiones, tristeza.

    Por lo anterior, es común que las mujeres experimenten tristeza, preocupación y fatiga luego de tener al bebé, lo que frecuentemente se conoce en inglés como baby blues, que traduce ‘tristeza o melancolía posparto’, la cual afecta alrededor del 80% de las mujeres. Usualmente se presenta los primeros dos o tres días después del parto y puede continuar por un máximo de dos semanas, pues el cansancio resulta inexplicable, puede existir dolor y todo resulta aún muy novedoso y, en ocasiones, difícil de digerir.

    Sin embargo, existe una condición que se puede llegar a confundir con el famoso baby blues y se trata de la Depresión Posparto (DPP), la cual difiere de éste en cuanto a su duración e intensidad, pues esta condición resulta incapacitante, generando un malestar clínicamente significativo para la madre e interfiriendo en los cuidados del bebé y en su vida cotidiana.

    Según la Asociación Americana de Psicología (APA), la DPP afecta a 1 de cada 7 mujeres. Esta condición genera, en ocasiones, vergüenza, pues la madre siente culpa ya que tiene la falsa idea de que no siente afecto por su bebé y sufre por ello. Sin embargo, la realidad está lejos de esto, pues el afecto se esconde tras el fantasma de la depresión, el cual no le permite a la madre expresar ni pensar con claridad.

    Los síntomas aparecen, por lo general, durante las primeras semanas del parto y pueden continuar durante varios meses:

    • Pérdida del interés o placer en las actividades que antes se disfrutaban.
    • Cambios en el apetito (comer en exceso o no tener apetito).
    • Ansiedad y/o ataques de pánico.
    • Sentimiento de inutilidad y culpabilidad.
    • Excesiva irritabilidad, rabia o agitación.
    • Tristeza y llanto incontrolable por largos períodos de tiempo.
    • Miedo de no ser una buena madre.
    • Dudas sobre la capacidad de cuidar al bebé.
    • Desinterés por el bebé, la familia y los amigos.
    • Problemas de sueño (insomnio o hipersomnia).
    • Dificultad para concentrarse y tomar de decisiones.
    • Pensamientos de hacerle daño al bebé o a sí misma.

    Existen varios factores de riesgo de la DPP tales como:  cambio en los niveles hormonales propios del parto, antecedentes de depresión o trastorno bipolar, historia familiar de depresión o de enfermedades mentales, estrés relacionado a los cambios que conlleva el nacimiento de un bebé, comportamiento del bebé (llantos incontrolables, problemas de sueño y/o de alimentación) que son difíciles de predecir para la madre, tener un bebé con necesidades especiales (prematuro, complicaciones o enfermedades), problemas financieros o de pareja, entre otros.

    Como podemos ver, la DPP es una realidad que no debe ser obviada o estigmatizada por la sociedad. Es importante recalcar que ésta no es una elección, pues la madre voluntariamente no decide sentirse de esta forma, sin embargo, tanto la tristeza como la culpa la acechan y le causan un malestar impresionante.

    Por este motivo, la detección temprana (incluso desde el embarazo) de la DPP puede contribuir a que la madre recupere el vínculo con su hijo y se desarrolle un apego seguro ya que, de lo contrario, se puede desarrollar un apego inseguro, así como dificultades en el niño para dormir, para alimentarse, problemas emocionales y de conducta, o retrasos en el desarrollo del lenguaje.

    Así mismo, si la DPP no se trata, puede convertirse en un trastorno de depresión mayor que puede llegar a ser crónico e interferir considerablemente en la vida de esta madre. La psicoterapia es uno de los tratamientos más eficaces para tratar la DPP y la medicación puede llegar a ser necesaria para los casos más severos, siempre bajo la supervisión de un profesional de la salud.

    Hoy las quiero invitar a dejar de lado el miedo del ‘qué dirán’ y la vergüenza que les puede nublar su juicio. Atrévanse a hablar de cómo se sienten. Validen y hagan conscientes sus emociones, aceptando que es algo que comparten con millones de mujeres en el mundo y que, por ende, no las hace estar solas. No son malas madres, son seres humanos luchando contra una depresión y esto jamás las debe avergonzar.

    En caso de experimentar estos síntomas, es indispensable pedir ayuda profesional. Recuerden que deben cuidar de su salud mental de la misma forma que lo hacen con su salud física y la de su bebé, pues el cuerpo grita lo que la boca calla y el silencio puede llegar a ser su peor enemigo.

    Francesca Mancini Posada 
    Master en Psicología Clínica y de la Salud
    Master en Psicología Profundización Clínica en Terapia Psicodinámica
    Instagram @ps.francescamancini

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