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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 24 marzo, 2017

    De por qué las mujeres detestamos los piropos

    Por Catalina Rojano Ovallos

    Aunque muchos hombres justifican el ‘piropeo’ callejero como algo que hace parte de lo cotidiano y que está dentro de lo “normal” y lo “cultural”, son más las mujeres que se quejan y lo denuncian como otra forma de abuso a su género. Afectadas de diversas edades narran su experiencia en la calle lidiando con todo lo que les dicen. 

    Sólo bastó con que ese hombre —que al tiempo que le decía cosas caminaba por una calle desolada al paso de Diana, a sus dieciséis–, metiera abruptamente una de sus manos por debajo de la falda de jean que ella llevaba puesta, para que la hoy mujer de veintiocho años no quiera escuchar ni saber de nada referente a aquello que se conoce erradamente como piropo callejero. ¿Piropo, qué es eso? Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), se trata de un “dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer”. Para muchas de este género, un piropo no es más que otra forma de acoso. No es más que ese primer paso que conduce directo al abuso.

    Sentir cómo un completo desconocido tocaba por cuestión de segundos su vagina en plena calle fue algo que hizo que Diana se manifestara desde entonces en total desacuerdo con la forma como algunos hombres abordan a las mujeres. Así, expresiones como “Mi amor, ¡qué rico!, ¿para dónde vas?” se constituyen apenas en un preludio de esa odiosa sinfonía del terror que suponen los mal llamados “halagos”. Esos mismos de los que ellas son merecedoras —o más bien víctimas—, sólo por el hecho de ser del sexo femenino.     

    “Después de esa experiencia empecé a pensar que en eso que llaman piropo hay un contenido muy invasivo y agresivo”, dice Diana, una barranquillera que cada vez que ve a un grupo de hombres ubicados en algún lugar de la calle por la que esté pasando, se desvía hacia la acera contraria, para evitar escuchar de cerca los elogios no solicitados de los que es presa, al igual que lo son las demás mujeres de su ciudad y el mundo entero.

    “Lo que está en la base de esta mal llamada cultura del piropo —que en realidad es una cultura del acoso—, es la idea de que nuestros cuerpos son públicos”, Catalina Ruiz-Navarro, columnista y co-fundadora de (e) stereotipas.

    Catalina Ruiz-Navarro, filósofa de la Universidad Javeriana y co-fundadora de (e) stereotipas —feminismo pop latinoamericano—, reafirma que no se debe hablar más de piropos, sino de “acoso callejero”, el cual obedece a un asunto de puro y neto “control territorial”. “Lo que está en la base de esta mal llamada cultura del piropo —que en realidad es una cultura del acoso—, es la idea de que nuestros cuerpos son públicos, que por eso cualquiera puede llegar a comentar algo al respecto, y que nosotras debemos soportarlo”, afirma Catalina, y señala que hay una brecha bien marcada entre conquista y acoso.

    “Por lo general, nosotras tenemos eso muy claro, pero los hombres aprenden desde pequeños que a cualquier mujer que vean le deben decir algo relacionado con su cuerpo”, expone la feminista y añade que “eso no está nada bien, porque lo que ellos hacen después es ver a las mujeres como simples objetos sexuales”.

    Los ‘maestros’ del piropo (acoso)

    Un comerciante cuyo puesto de trabajo se ubica sobre la 72 con 43 en Barranquilla, y que dedica gran parte de sus días a “enaltecer la belleza” de las mujeres que transitan por la zona, define la calle como “esa pasarela por la que ellas desfilan”. De sus 68 años de edad, afirma que lleva el mismo tiempo “piropeando”. Como a él le “encantan las mujeres”, disfruta y considera necesario ensalzarlas siempre que haya ocasión.   

    “No es piropear por piropear. Hay que saber hacerlo. No se trata de decirle cualquier cosa a una mujer, es resaltar algo de ella en especial: el color de la piel, el largo del cabello, su figura, etcétera”, comenta este hombre al que los años no le quitan lo “galante”, y a quien le parece que por medio de sus piropos puede llegar a alegrarle el rato a cualquiera. Según este vendedor, él no acosa a las mujeres, porque conserva su distancia, así como “el banderillero la guarda entre el toro y él”.

    “Todos deben saber que los piropos no son un iniciador de relaciones y que tampoco son un buen indicador de cortejo. Son, más bien, una agresión verbal invasiva”, expresa Luz Marina Rincón, psicóloga de la Universidad Javeriana.

    Para Alfredo, un taxista barranquillero de treinta y cinco años, el momento de elogiar a una desconocida llega cuando le “llama la atención una joven o una señora en especial”. Dice que tras esa acción —que fluye en él de forma “espontánea y natural” y que lo lleva a decir cosas como: “buenos días, ¡qué hermosa!, ¿reina, a dónde te llevo?”— obtiene como respuesta un tímido “gracias” o, simplemente, es ignorado. Esto último porque, en efecto, muchas consideran que el piropo es la táctica menos efectiva y adecuada para acercarse de cierto modo a una mujer.

    Los piropos, desde la psique

    “En las mujeres existe más bien una respuesta de rechazo a todo esto. Todos deben saber que los piropos no son un iniciador de relaciones y que tampoco son un buen indicador de cortejo. Son, más bien, una agresión verbal invasiva”, expresa Luz Marina Rincón, psicóloga de la Universidad Javeriana. Según la experta, esa conducta se relaciona con una psicología social que está muy inmersa en nuestras creencias, en la cual se entiende a la mujer como un objeto, lo que la “deshumaniza” por completo.

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