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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 22 octubre, 2016

    De habitar en la calle a ser dueño de un hotel

    Por Ramón Mosquera
    Fotos por Juan Solera

    Las vicisitudes de un niño que llegó solo y sin nada a Barranquilla, y hoy es un hombre próspero.

    No creo que Miguel Rueda conozca esta breve oración hebrea: “De la pobreza, de noche y de día, líbranos Señor”, pero es fácil suponer que fue el deseo de librarse de la miseria, del cuero de vaca en que dormía a la intemperie con su madre y sus cuatro hermanos, lo que lo indujo a huir de La Fuente, una pequeña población de Norte de Santander que lo maltrataba.

    Como todo el que supera y mira en la lejanía infortunios dejados atrás, Miguel, el mayor de cinco hermanos huérfanos, se ríe ahora a carcajadas al hablarme de la situación que más lo humillaba en La Fuente: “Para sobrevivir, andábamos en el pueblo y sus afueras con el cuero de vaca al hombro, y mi madre y mis hermanos con una olla tiznada, unas cucharas y unas totumas en las manos; ¡guarden los pollos que ahí va la jara con sus jaritos!, nos decían al vernos pasar”.

    A los trece años, en una lluviosa madrugada  de abril, con la ropa mojada y pegada al cuerpo, el  jarito se metió clandestinamente en el maletero de un bus, sin saber que con ello daba inicio a la configuración de su destino, ese camello ciego que, según Camilo José Cela, empuja  a unos por caminos de espinas y a otros por campos floridos.

    Respirando con más dificultad al oír el cierre del maletero, el adolescente se sintió perplejo, anonadado de pronto por la toma de conciencia del tamaño descomunal de su aventura. Ocho horas después, luego de sacar la última maleta, el ayudante del bus observó, primero con asombro, después con temor y finalmente con algo de compasión, al muchacho que dormía profundamente, ya con las ropas secadas por el calor de su cuerpo y por el ruidoso viento que se colaba en el maletero.

    El durmiente despertó sobresaltado al ser jalado bruscamente de un pie y, ya fuera del bus, ofuscado, se demoró mirando al ayudante con los ojos desorbitados, con la impresión de quien no sabe lo que ocurre; se alejó del lugar sin pronunciar palabra, apretando unas lágrimas que de pronto se le quisieron salir, y comenzó a andar sin saber a dónde lo conduciría esa larga, luminosa y calurosa calle, que no tenía lomas como las de La Fuente ni estaba encajonada entre altas montañas que le dieran sombra.

    Un hombre vestido de blanco de los pies al sombrero que lo vio lagrimeando, sentado en la raíz más gruesa de un almendro que sombreaba la llantería de una gasolinera, le preguntó compasivo: “¿Por qué lloras?”.

    —Es que no sé dónde estoy, vengo de La Fuente —respondió el muchacho, pensando sin duda que su pueblo debía ser muy conocido.

    Encuentra el texto completo en nuestra edición impresa de Octubre. 

    Mis primeros tres meses en Barranquilla los viví como un gamín; barriendo, haciendo mandados y durmiendo en la llantería, al cabo de los cuales le envié cincuenta mil pesos a mi madre para que la pobre y mis hermanos supieran que estaba vivo.

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