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CUENTO Y CRÓNICA

Publicado 19 abril, 2016

Cuando la noche se vuelve el hogar de los ecuatorianos afectados.

Temerosos de nuevas réplicas del terremoto del sábado que les sorprendan mientras duermen, los vecinos de la ciudad ecuatoriana de Manta han convertido la noche en un punto de encuentro para compartir entretenimiento y preocupaciones.

Los escenarios van desde una callejón estrecho y oscuro, rodeado de escombros, a una pista de baloncesto, así como parques o incluso las puertas abiertas de los vehículos.

El único punto en común es que se sienten más seguros allí, algo imprescindible tras los 413 muertos que el sismo de magnitud 7,8 del sábado deja en el país, 95 de ellos en Manta, aunque saben que al raso también las condiciones son precarias.

«Hombre, seguro, seguro, no es. Pero sí estamos aquí mejor que en casa», sostiene a Efe Piedad Delgado, una de las vecinas de la zona.

Delgado duerme esta noche, como todas las noches desde el sábado, en una pista de baloncesto contigua a una estación de Policía, a la que llegó junto a otros cuatro miembros de su familia y al menos medio centenar de vecinos.

La concentración que aquí se produce es una de las más numerosas de la ciudad ecuatoriana, donde nadie sabe a ciencia cierta si hay un albergue fijo al que acudir o si conviene buscar simplemente un espacio al aire libre.

Al final, muchos prefieren acercarse a la vivienda de algún familiar y dormir en la calle, frente a su puerta, siempre cerca de sus pertenencias, por lo que cada noche las calles se llenan de pequeños grupos que comparten un espacio familiar.

«Yo vivo aquí al ladito», confirma Delgado.

Con el terremoto, el techo de su casa cedió y hundió una de sus paredes, y ahora, sobre un colchón en medio de la pista, asegura sentirse «triste», pero más distraída en ese entorno que en lo que queda de su hogar, preguntándose que pasará después.

A pocos metros de ella, unos adolescentes juegan a las cartas, varios niños se persiguen a carcajadas y una mujer, acostada en su colchón, lee con parsimonia la Biblia.

La sensación es de relajación, de tregua.

«Aquí nos conocemos todos, siempre hay respeto. Hablas de tus cosas, te distraes. Claro que hablamos del terremoto, pero es otra cosa», explica a Efe Luis Arturo Erazo, que ocupa un lateral de la pista junto a su familia de cinco personas.

También están aquí desde el sábado porque, admite, su bebé de dos meses no se duerme en la oscuridad, algo que solucionan con una pequeña hamaca situada entre dos árboles para mecerle.

No duermen demasiado en la pista, pero Erazo coincide con Delgado en que la compañía ayuda, aunque a veces, entre charla y charla, los rumores merman el ánimo de los mantenses.

«A veces alguien dice que conoce a un experto en temas de terremotos, y que le ha dicho que hoy hay que ponerse a cubierto porque viene otro grande, o por los tsunamis, aunque esto ya lo han descartado los medios y el Gobierno», comenta.

Aunque todos quieren pasar página, los nervios ceden, y el número menguante de asistentes a la pista de baloncesto sufre un repunte tras la última réplica fuerte del día, que supera la magnitud 5; incluso, mientras Delgado cuenta su historia, otra sacudida leve interrumpe la conversación.

La luz regresó hace 24 horas, y eso tranquiliza a los vecinos ante la posibilidad de que algunos ladrones, que ya han entrado en varias tiendas entre la confusión, les perjudiquen mientras tratan de dormir al raso.

Otros esquivan ese peligro durmiendo en sus vehículos, una opción estrella para no sentir la fría brisa que llega con la madrugada.

Lo que ninguno parece estar dispuesto a hacer es marcharse de la pista, o de la entrada de su casa, o de su auto. Mejor juntos que separados, piensan los mantenses, decididos a reunirse mientras dure el miedo a que el suelo tiemble de nuevo.

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