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    Publicado 4 mayo, 2017

    Corazón de la Amazonía

    Por Dardo Castro

     

    El caucho es parte inseparable de la historia de Iquitos, una ciudad ubicada a orillas de los ríos Amazonas, Itaya y Nanay, al noreste del Perú, misteriosa y excitante como la selva misma.

    •  Las excursiones a Pucallpa y a Yurimaguas, en el Alto Amazonas, son alucinantes, navegando en barcos a prueba de pirañas y anacondas, animalitos que, al menos fuera del cine, no suelen trepar a las embarcaciones para importunar a los pasajeros.
    •  Considerada la mayor ciudad del mundo que no tiene conexión terrestre, y rodeada de agua sin ser una isla, tumultuosa, colorida y abigarrada, en Iquitos no hay automóviles, solo colectivos que se desplazan alegremente por el desparejo pavimento.

    Para los amantes del buen cine, el nombre Iquitos evoca la inolvidable imagen del actor alemán Klaus Kinski navegando por el río Ucayali con una gran victrola que emitía la poderosa voz del tenor Enrico Caruso y resonaba en la espesura de la ribera. La escena es un símbolo de ese homenaje a la desmesura que es la película “Fitzcarraldo”, en la que el director Werner Herzog relata la aventura de un melómano empresario del caucho que, partiendo desde Iquitos, navega hacia el corazón de la Amazonía peruana para unir, arrastrando su barco por tierra, dos ríos paralelos en medio de la selva. Precisamente, el caucho, que prodigó enormes fortunas a los barones que lo explotaban y, a la vez, causó sufrimientos indecibles a los nativos, es parte inseparable de la historia de Iquitos, una ciudad ubicada a orillas de los ríos Amazonas, Itaya y Nanay, al noreste del Perú, misteriosa y excitante como la selva misma.

     

    La capital de la provincia de Maynas y del departamento de Loreto es la ciudad más grande de la Amazonía peruana y la sexta del país, con casi medio millón de habitantes. Vinculada, desde su origen como ciudad, más a Europa que a la propia Lima, y a Brasil a través del río Amazonas, Iquitos fue, entre 1880 y 1914, durante la fiebre del caucho, un imán para los aventureros de todo el mundo, especialmente europeos, que buscaban un rápido enriquecimiento a costa de la explotación de los pueblos amazónicos. Pero, para viajar desde Lima debían atravesar ríos tumultuosos, pantanos, sierras y, por supuesto, la selva, la indomable selva amazónica, escenario de una notable literatura de la cuenca con novelas como “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos, “La vorágine”, de José Eustasio Rivera, y “La casa verde” y “Pantaleón y las visitadoras”, ambas de Mario Vargas Llosa.

     

    Hoy Iquitos es accesible sólo por río o por avión. Si se elige la vía fluvial, es necesario viajar tres o cuatro días en barco de pasajeros, o un día y medio si se trata de un crucero. Por avión, hay vuelos directos desde Lima (1,30 minutos), las ciudades peruanas de Pucallpa (1 hora) y Tarapoto (50 minutos), y vuelos internacionales directos desde Panamá (con conexión a Miami y Cancún) y Leticia, Colombia. Pero es la navegación fluvial la actividad turística más excitante, con innumerables excursiones de variada duración. Por ejemplo, se puede navegar desde Iquitos hasta el Océano Atlántico, en la costa de Brasil, pasando por Leticia y las ciudades brasileñas de Tabatinga y Manaos. En mucho menos tiempo (entre tres y seis días) y distancias más cortas, las excursiones a Pucallpa y a Yurimaguas, en el Alto Amazonas, son alucinantes, navegando en barcos a prueba de pirañas y anacondas, animalitos que, al menos fuera del cine, no suelen trepar a las embarcaciones para importunar a los pasajeros.

     

    Considerada la mayor ciudad del mundo que no tiene conexión terrestre, y rodeada de agua sin ser una isla, tumultuosa, colorida y abigarrada, en Iquitos no hay automóviles, solo colectivos que se desplazan alegremente por el desparejo pavimento. Y los motocarros, el transporte más popular de esta región del Perú. Todo es aquí singular, desde el arte pop local, erótico y exuberante, hasta la cocina basada en los exóticos ingredientes amazónicos: frutas, tubérculos, palmas y una inmensa variedad de peces, entre los que se destacan el paiche, el segundo pez más grande de agua dulce del mundo, que puede alcanzar hasta 300 kilos y medir más de 2,50 metros de largo, la tierna y deliciosa doncella y la gamitana, una especie de piraña que solo come frutas, llega a  pesar 10 kilos y tiene unas costillas que parecen de cordero. Y, claro, también se come la  piraña verdadera, que aquí se hace a las brasas. El aderezo básico popular es el ‘misto’ o ‘mishkina’, una pasta amarilla hecha a base de una raíz rizomática llamada palillo, que se condimenta con ajo, comino y pimienta. Una delicia si se aman los sabores intensos. También probamos el ‘ingiri’, que es como se conoce el plátano verde sancochado. Las carnes, especialmente la de pescado, se cocinan envueltas en hojas de bijao, una planta similar al plátano que emite un aroma muy especial.

    Esplendor, caída y recuperación

    El descubrimiento del látex a fines del siglo XIX causó una explosión de riqueza que transformó la arquitectura de la ciudad. Los barones del caucho introdujeron el rococó y el barroco, trayendo artistas y artesanos de Francia, Italia y Alemania para construir sus viviendas, muchas de las cuales tienen azulejos y mayólicas portuguesas e italianas que aún se conservan. Estas joyas arquitectónicas tienen poco que ver estilísticamente con el resto de la arquitectura de Iquitos: hacia el puerto, lo típico son las simpáticas casitas flotantes de los pescadores, construidas con una técnica típicamente amazónica y ancestral, y el resto son viviendas modernas de variado gusto. Uno de los barrios más atractivos es Belén, que se divide en dos, Alto y Bajo Belén, con abundancia de sitios turísticos en ambos. Pero el verdadero espectáculo de Belén es su indescriptible mercado, uno de los más atractivos del mundo, que con su enorme variedad de productos es la despensa de Iquitos y una acabada muestra de la enorme biodiversidad amazónica.

     

    De la época de esplendor sobreviven unos 90 edificios que han sido declarados patrimonio cultural. Una obra notable es la Casa de Fierro (que algunas guías turísticas llaman la Casa de Metal), situada en el Centro de Iquitos, entre las avenidas Próspero y Putumayo. Se la considera la primera casa prefabricada de América y fue uno de los íconos culturales de la ciudad. Se trata de un verdadero ‘meccano’ de hierro, con las paredes, el techo, y el balcón enyesados en planchas rectangulares de hierro plateado. Un pórtico de columnas también plateadas sostiene la segunda planta, y sobre ella, se alza un techo piramidal pintado de color guinda. La Casa de Fierro fue diseñada y mandada a construir por Gustave Eiffel (el mismo de la torre de igual nombre), y luego fue comprada por un magnate del caucho que intentó llevarla en barco a la Amazonía. Pese a que, por su tamaño y peso, dividieron el embarque en dos partes, la altura del río en esa época no dio el calado. Al final se vendió una parte como chatarra, y lo que se rearmó al frente de la Plaza de Armas es la mitad de lo que fue la construcción original.

     

    Iquitos, como el otro centro de producción de caucho (la brasileña Manaus), tuvo un relativamente breve período de esplendor. En 1876, el explorador británico Sir Henry Alexander Wickham, que poseía tierras en la Amazonía brasileña, robó 70.000 semillas del árbol del caucho, cuya salida de Brasil estaba penada por la ley, que fueron llevadas de contrabando hasta el Jardín Botánico Real de Kew, en Londres. Desde ahí partieron ejemplares a Malasia, África, Indonesia holandesa y otras colonias tropicales, rompiendo el monopolio brasileño del cultivo. El capitalismo inglés, más avanzado y organizado, instaló en Asia una industria eficiente con la que no pudo competir Brasil, que no logró cultivar con éxito la planta en la Amazonía, en tanto que las plantaciones naturales decaían a causa de la biodiversidad de la selva.

    De manera que, a principios del siglo XX, la prosperidad de Iquitos se derrumbó, junto con la de Manaos, y sus bellos edificios vegetaron entre el abandono y la pobreza. Recién en 1938, cuando se comienza a explotar el petróleo, la ciudad recupera parte de la actividad económica, a la que más tarde se sumaron la industria forestal, la exportación de frutas, la explotación del barbasco (una planta de increíbles propiedades medicinales) y de otros recursos de la Amazonía. Y, claro, la industria del turismo, que atraviesa un ‘boom’ en los últimos años, con casi 300.000 visitantes en 2013. La ciudad cuenta con una importante infraestructura hotelera, una amplia oferta de paseos y excursiones y una cadena de restaurantes que satisfacen el turismo más exigente.

    Entre los lugares a visitar, hay uno que tiene una significación muy especial en tanto que simboliza la protección de la biodiversidad amazónica, siempre amenazada por la actividad depredadora de los humanos: se trata de la Asociación para la Conservación de la Biodiversidad Americana (Acobia), situada en el predio del Instituto de Investigación de la Amazonia Peruana (IIAP), donde se rescatan, recuperan y devuelven manatíes –en franca extinción en el planeta– a su hábitat natural.

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