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    Publicado 25 agosto, 2016

    Al mal tiempo, buena cama

    Por: Pandora

    Esta mañana recibí un mensaje de texto de Aquiles, el aliado de mi última batalla campal bajo las sábanas. En el mensaje me participaba de que había vuelto de su residencia artística en Canadá, y quedamos en vernos esta noche a las 7 p.m. Desde entonces siento que me voy a indigestar con mis propios nervios.

    La última vez que nos vimos fue hace varios meses, esa noche en la que exploramos dos gradientes de temperatura totalmente opuestos. Me atrevo a decir que mis dos mejores experiencias sexuales han sido en atmósferas extremas, lejos de la temperatura ambiente o de los grados modificables del mini split.

    Nos encontrábamos en su apartamento, en Canadá, la noche antes de que yo regresara a Colombia. Puertas adentro: una cama doble, cobijas de terciopelo, chimenea, un suelo climatizado y cálido al tacto. Afuera, un abrumador invierno, un cielo encapotado y una fuerte tormenta.

    Era la noche del todo: tenía que explotar hasta la última de mis ínfulas de Afrodita para dejarle a Aquiles un encoñé que le durara hasta su regreso a Colombia. Cuando ya estaba lista para poner en marcha mi faena intergaláctica, una falla de energía dejó el recinto a oscuras, y el fuego de la chimenea (que funcionaba con electricidad) quedó reducido a un tímido hilito de humo. El único resplandor que lograba penetrar la penumbra era el de los edificios vecinos, que no habían sido afectados por el apagón.

    Un poco de calor había alcanzado a quedar encajonado dentro de la habitación, pero el termómetro no tardó en irse a pique, amenazando con descender hasta el temible 0º. En el telón de mi imaginación, apareció el miembro de Aquiles con hipotermia, reducido a un par de centímetros, y arropado en su propio edredón.

    Pensé que a raíz del tempestuoso estado climático, sumado a la falla eléctrica,  nuestras labores quedarían ‘congeladas’ hasta nueva orden. No obstante, Aquiles me convenció con una frase fácil: “Al mal tiempo, buena cama”.

    Siempre había tenido el concepto de que el frío aletarga, desacelera los procesos biológicos, produce hibernación en varias especies, y no favorece la respuesta sexual. Veía el frío como algo útil para amenizar una entrepiernada con la tele encendida, para más nada. Sencilla y llanamente porque cuando la cuestión es de sexo, no nos “enfriamos”, sino que nos “calentamos”; “ardemos” en pasión, mas no nos “congelamos” en deseo.

    Aunque pensaba que sería un polvo frígido e inflexible, bastaron diez minutos para percatarme de lo equivocada que estaba.

    Entre otras cosas, mi concepto de que la ropa de invierno no inspira sensualidad quedó desmitificado. Aquiles me confesó que verme con tantas prendas encima mantenía su mente en incesante movimiento, como un topo que escarba por debajo de bufandas, blusones, buzos, abrigos, chaquetas y franelas.

    Por mi lado, estaba predispuesta a que tendría que lidiar con la tediosa tarea de eliminar la distancia entre las capas de tela y el cuerpo de Aquiles, pero la labor resultó siendo excitante y divertida. Me sentí desenvolviendo un caramelo poco a poco, y entre más tardaba, más se me hacía agua la boca.

    –No pienso quitarme la chaqueta. Si quieres tocarme los senos, mete las manos… –anuncié, temiendo la peor pesadilla para una caribeña: estar en pelota dentro de una nevera de 4×4 metros cuadrados. Aquiles no se dio por aludido, y el único pedazo de tela que consintió sobre mi cuerpo fue el que correspondía a las medias (Sí, me las dejé. No soy capaz de tolerar el frío en los pies, y además, ¿quién dijo que estos juegan un papel relevante dentro del sexo?).

    La desnudez se manifestó con vellos erizados, pezones erguidos y corazones vibrantes, y en lo único que pensaba era en refugiar mis dedos y labios en cualquier recoveco cálido de la anatomía de Aquiles. El contraste entre un ambiente frío y el calor de dos cuerpos desnudos, conlleva a que la sola respiración juegue el papel de una caricia tibia y reconfortante.

    Las leyes de la física demuestran que cuando dos cuerpos se juntan, comparten su temperatura hasta igualarse. La mutua transferencia de calenturas, los sorbos de vino tinto que parecían arder dentro de nuestras venas, y la fricción adrede cuerpo a cuerpo, me condujeron a la conclusión de que el frío puede ser un buen argumento para disfrutar de una exhaustiva sesión de sexo. Baja temperatura, ¡pero alto placer! Y en cuanto al miembro temeroso y arropado pues, solo fue una simple patraña de mi imaginación.

    El regreso de la electricidad dio el aval de que había llegado mi turno para dominar. Ya no estaba sumisa e indefensa, temblando de frío, sino segura y lista para que mi sombra en posición de vaquera se dibujara en la pared. Luego de haber estado en el pico de temperatura opuesto, la nueva orden fue postrarnos sobre las baldosas cálidas, justo frente a la chimenea, con el termostato de la calefacción al máximo. Los cuerpos febriles, las gotas de sudor emitiendo sutiles destellos, y los besos que parecían rodar sobre la piel húmeda, fueron el toque picante de este segundo polvo, consumado a fuego lento.

    No tuve mesura al darle rienda suelta a todas mis maniobras, y hasta me inventé unas nuevas para que se amañara. Al parecer logré mi cometido, porque ya son las 7 de la noche, y la llamada de Aquiles acaba de iluminar la pantalla de mi celular. Un nerviosismo me congela el estómago como un témpano, y con un dedo tembloroso, alcanzo a pulsar el botón de contestar. Solo espero, que al igual que aquella vez, hoy logre pasar del hielo al fuego.

    -¿Aló?

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