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    Publicado 22 abril, 2016

    El sexo como espectáculo.

    Había acudido en tiempo récord a un hotel en el que se hospedaba el cantante urbano Arcángel. Una amiga me había llamado diciendo que estaban con él en el restaurante, y que llegara lo antes posible para conocerlo. La llamé al celular desde el lobby, y con voz entrecortada me indicó el número de habitación en el que se encontraba. En el pasillo, percibí los quejidos agitados que alcanzaban a atravesar las paredes, arropados a medias por la música estridente. Al abrir la puerta, me encontré a mi amiga y a otra chica en plena faena con dos negros de proporciones monumentales.

    —¿Y Arcángel? —atiné a decir en medio del shock, y los cuatro estallaron en risas.

    —Nena, aquí no está Arcángel, ¡pero estamos en el cielo! — me respondió uno de los hombres.

    El engaño de aquella ocasión me resultó traumático, y fue tal mi rabia que comencé a dudar de que el placer entre por los ojos. Por eso aquí estoy a las puertas de un bar de sexo en vivo, dispuesta a cambiar mis malas impresiones. Las luces rojas y azules iluminan un letrero de neón con el nombre de mi destino de esta noche, un establecimiento famoso por sus shows eróticos que queda en un sector de estrato bajo de la ciudad.

    Escaneando el recinto con la mirada, diviso en la barra a un enanito intentando con desespero robarle un beso a una rubia despampanante, disfrazada de árbitro de fútbol; en la pista de baile, un extranjero entrado en años baila con una pelinegra vestida de bailarina árabe, que le susurra al oído al tiempo y roza su pelvis contra él, haciendo obvia su intención de convencerlo de ingresar a uno de los cuartos y cobrar su recompensa. En general, las tangas y las prótesis deambulan entre los tipos, que supuran lujuria mientras se deleitan la vista.

    La vista es la primera instancia de la exploración sensorial, el punto de partida, un mecanismo de supervivencia en la naturaleza desde la edad temprana de muchas especies. Todo entra por los ojos, desde un plato hasta una persona, y el procedimiento consiste en que primero vemos y luego tocamos.

    No todos los clientes que se encuentran aquí son desagradables o perdedores. Por el contrario, hay varios que cuentan con los atributos físicos necesarios para conseguir sexo con facilidad. Aun así, un burdel sigue siendo un negocio lucrativo. ¿Por qué tantos hombres frecuentan este lugar? ¿Cuál es su afán de ver mujeres desconocidas, que no los están seduciendo con su baile a ellos exclusivamente, sino a todo un público? ¿Por qué existe la pasión donde no se distingue la individualidad?

    Ninguno de los amigos que hice esa noche supo responderme con certeza. No obstante, llegué a comprender que mirar es un placer que todos disfrutamos, como lo es ser espectadores de un partido de fútbol, un concierto, una obra de teatro o, en este caso, un show de sexo en vivo. Aquí todos vinimos a mirar.

    No importa si en casa hay una dama atractiva y desinhibida, ni tiene relevancia que en su cama los aguarde una beldad dispuesta a medírsele a todo. La atmósfera sórdida de un bar de strippers seguirá siendo rentable por el morbo que representa el sexo por transacción, el erotismo exhibido en una vitrina en la cual se escoge el producto que primero cautive la mirada, sea por belleza o por sensualidad.

    La sensualidad es un embellecedor indescriptible, un afrodisiaco intangible y enigmático que es incluso capaz de eclipsar la belleza. Desde la sexología, este tema es reconocido como una poderosa alternativa al momento de salvar una relación duradera del aburrimiento o la monotonía. “Lo sensual es capaz de impactar todos los canales sensoriales, por esto es recomendable tener encuentros en los que se alterne la estimulación visual con la auditiva u olfativa, para explorar el poder de las experiencias en el enriquecimiento de la vida en pareja”, explica la doctora Gloria Cabrales Pinto.

    Ahora que veo a los hombres tan atentos a las cañas de strippers de la tarima, ansiosos de que inicie el show, pienso que a ellos siempre les ha gustado ver, les excita hasta una falda que se alza o un escote que se abre. Por eso les agrada tanto ver porno y masturbarse. Las mujeres, en cambio, preferimos, en la mayoría de los casos, tocarnos mientras elaboramos nuestras propias fantasías mentales; ellos prefieren una película pornográfica, y nosotras nos decantamos más por la literatura erótica. “A las mujeres les excitan más las escenas sensuales que las pornográficas, es decir, más sugerentes y menos explícitas. En ellas, la estimulación visual se fortalece con movimientos eróticos, acciones provocativas, y mucha confianza”, expone el psicólogo Ezequiel López Peralta.

    Sin embargo, la dinámica entre las percepciones visuales y la respuesta sexual es propia de los momentos iniciales, porque una vez se da el acercamiento piel con piel, el tacto asume la principal responsabilidad de la excitación. “La respuesta sexual ante estímulos visuales es tan potente en los hombres como para producir erecciones en unos pocos segundos, a este respecto viene la prevalencia de imágenes femeninas en la publicidad. El género femenino es más sensible a los sonidos; una frase estimulante puede potenciar el reflejo orgásmico, mientras que un ruido puede bloquear la excitación”, anota la doctora Cabrales.

    Ya son las 12 de la media noche, hora de que inicie la función. En una esquina, sentado frente a un computador y una consola, se encuentra sentado un Dj que también hace las veces de animador. Anuncia a través del micrófono a una tal Pamela, y aparece en tarima una bailarina voluptuosa, con un poco de grasa abdominal, vestida con ropa interior roja. Noto que su piel está revestida de una untura oleosa y que su cabello amarillo se ve reseco de tanto recibir químicos alisadores.

    —¡Y ahora les presento a Shirley! —emerge esta vez una muchacha trigueña, con cara de Lolita y cabello oscuro. Lleva lentes de contacto color miel, y un maquillaje chillón cargado de escarcha, similar al de su compañera Pamela.

    Ambas comienzan a hacer piruetas en sus respectivas cañas, y, de vez en cuando, se acarician, rozan sus labios y se mueven con el típico bailecito lésbico de los videos pornográficos. De a poco, la una va desvistiendo a la otra, hasta que ambos pares de sostenes y pantys quedan en el piso.

    Según el doctor Ezequiel López, asistir a este tipo de espectáculos puede funcionar como un buen activador sexual, inclusive en pareja. “Mientras haya un acuerdo entre adultos y no estemos en el marco de la adicción, es absolutamente válido. Un show de strippers puede agregarle picante a la relación, si en el lugar se cumplen las fantasías de los dos, y no solo de uno de ellos”.

    El establecimiento está hecho una jungla de gritos descontrolados, gestos obscenos y piropos subidos de tono. De repente, el reggaetón se detiene, y comienza una música introductoria, como si estuviera a punto de comenzar una película en el cine. Más al fondo se escucha un coro de ángeles.

    —¡Acaba de llegar a la tarima el imbatible, el incomparable Macho Man! —exclama entusiasmado el animador, y un reflector resalta la silueta del anunciado personaje. Viene subiendo las escaleras por una esquina de la tarima, y las dos bailarinas se postran como si acabara de bajar de los cielos un dios todopoderoso.

    El venerado Macho Man tiene unos 35 años, su piel es morena, y en su cuerpo delgado están perfectamente definidos todos sus músculos. Supongo que trabaja como albañil durante el día, mientras no está en su papel de súper macho. Está vestido con un calzoncillo negro, una capa del mismo color y un sombrero igual al de El Zorro. Su rostro está cubierto por un antifaz, pero esto no impide que su mirada desafiante intimide a todos los espectadores.

    Mientras camina con paso arrogante sobre la tarima, el reggaetón vuelve a sonar y los tres actores bailan juntos. Sincronizadas, las strippers se ubican en una posición difícil: las palmas de sus manos tocan el suelo, sus rodillas permanecen flexionadas en el aire, y sus pies se mantienen apoyados sobre los kilométricos tacones de aguja.

    El Macho Man desenfunda su virilidad. Sin dar chance al locutor de solicitar la presencia de un retador, un tipo canoso que hace rato ha dejado la juventud atrás se pone de pie en su silla y se da golpes en el pecho. El público aplaude con emoción. El viejo sube raudo, pisando fuerte y con determinación. Con un índice amenazador, el Macho Man señala al voluntario y luego se apunta a sí mismo. Shirley se pone a disposición del contendiente local, y por su lado, Pamela se ofrece al retador. Ambos contrincantes se colocan el preservativo.

    El moderador marca el inicio del duelo. El señor de la tercera edad se muestra tan confiado que se toma selfies con su celular y saluda a quienes graban con sus smartphones el brutal ataque. En un momento, sube una pierna encima de Pamela y se pone una mano en la nuca, en una pose relajada. El Macho Man suda agitado mientras la emprende contra su chica, y parece que está en la recta final de su resistencia. En este justo instante, el hombre mayor eyacula y de forma automática queda descalificado.

    Shirley se retira de la tarima lanzando besos con coquetería, y el Macho Man camina tras ella, invicto y alardeando de su triunfo con los brazos en alto. Aún está erecto, ¿qué tipo de píldora consumirá para ser un perito en potencia y duración? Pamela queda sola en la tarima, bailando al ritmo de la música. A medida que avanza la noche, se van viendo menos chicas paseándose por la pista; todo indica que ya hay varias realizando las labores de cuarto.

    A la salida del bar, admito que pasé un rato divertido, y ya no estoy tan reacia ante la idea de ver a otras personas teniendo intimidad. Incluso me he reconciliado con el recuerdo del hotel. En todo caso, con el paseo de esta noche, he recibido suficiente carga visual para un buen tiempo, así que prefiero llegar a casa y recibir un masaje de cuerpo completo, con los ojos vendados.

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