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    Publicado 21 julio, 2016

    Parque Tayrona: Los Andes a las orillas del Caribe

    Texto y fotos por: Víctor Menco Haeckermann

    A los quince minutos de caminata ascendente, se abre paso un sonido en medio de ese silencio que es la selva: el rumor del mar y, luego, el golpe de las olas.

    Desde una vista satelital, la cordillera de los Andes —la cadena montañosa más larga de la Tierra—, tiene sus pies en el sur de Argentina y extiende uno de sus brazos, denominado ‘la serranía del Perijá’, en el norte de Colombia. Sin embargo, este complejo montañoso no desparece abruptamente, sino que fluctúa en altibajos hasta llegar  al mar, formando la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña costera más alta del mundo. Allí, en las estribaciones de la Sierra, lo que parece una mano de la cordillera se sumerge en el mar: el Parque Nacional Natural Tayrona.

    En consonancia con esta descripción, entre los dedos de esta mano se encuentran bahías y ensenadas de arena blanca, rodeadas por manglares, matorrales o bosques, con playas hermosas, como Chengue, Gayraca, Cinto, Neguanje, Concha, Guachaquita y Cristal. Asimismo, sus dedos son imponentes cabos, de los cuales el único apto para recibir a los bañistas es el Cabo San Juan del Guía, considerado por unanimidad el paraje más bello de todo el Parque, ubicado al extremo de la entrada. Como se podrá suponer, alcanzar el Cabo no es una tarea sencilla, pero allí radica precisamente su atractivo: se necesita determinación y espíritu aventurero.

    Visitantes

    Las estadísticas muestran que sólo el 10% de los visitantes son colombianos. El resto se divide entre muchas nacionalidades, principalmente argentinos, alemanes, ingleses e israelitas. A pesar de la fama muchas veces negativa que tiene Colombia a nivel mundial, una publicidad que ha funcionado entre los extranjeros ha sido la del boca a boca. Así lo confirma Abigail, una turista de Israel a quien le recomendaron venir. Ahora pasa extasiada con la vegetación y el clima, de temperaturas entre 25 y 38 °C durante todo el año. Su tour por el departamento del Magdalena, aparte del Tayrona, incluye Minca (un pueblo a 650 msnm con un río cristalino) y Ciudad Escondida (la cual data del siglo VII aproximadamente).

    Rebecca Wolfman, de nacionalidad inglesa, insiste en conversar, comer, dormir, en fin, hacer todo bajo la luz solar: “La gente puede pensar que estoy loca, pero es que mi país es muy gris. Allá cuando sale el sol, que es muy pocas veces, yo busco caminar por la acera donde peguen sus rayos. ¡Aquí lo tengo todo el tiempo, imagínate!”.

    Antonio Gil, un señor de pelo cano oriundo de la ciudad de Bucaramanga, comenta que para él no representa mayor exigencia física recorrer el Tayrona pues es una persona muy activa. Asiduo visitante, recomienda ir a Pueblito, una zona del Parque donde se pueden apreciar vestigios arqueológicos de asentamientos de la tribu homónima que habitó la zona desde épocas precolombinas hasta bien entrada la colonización (siglo XVI aproximadamente). Aunque en realidad es muy poco lo que se conserva, Antonio, como muchos otros, asume la caminata de una hora desde el Cabo San Juan como una manera de mantenerse en forma.

    Por su parte, Luis Cárdenas, pedagogo y trotamundos cartagenero, sostiene que se debe buscar “un punto de equilibrio entre la intervención humana y el disfrute”, al tiempo que despertar el interés de los habitantes de la región: “uno cree que como está en el Caribe, lleno de sitios singulares, no necesita conocer más que el pedazo donde vive. Pero el Tayrona es un lugar que deja en el espíritu la sensación de la visita”.

    Recorrido en lancha

    Una de las dos maneras de acceder al Tayrona es por agua. En Santa Marta (primera ciudad fundada por los españoles en la Suramérica continental, y tumba del Libertador Simón Bolívar) se toma el bus que sale a un pueblito cosmopolita llamado Taganga. El costo son mil seiscientos pesos, y se llega en quince minutos. Para estar seguro de dónde debe bajarse uno, es necesario pedirle al conductor que lo deje en la zona donde se ubican las lanchas.

    Una vez en la playa, varios lancheros promocionan diferentes destinos. El de Tayrona cuesta noventa mil pesos ida y vuelta si se quiere llegar al Cabo San Juan del Guía, y setenta mil ida y vuelta si el destino sólo es Playa Cristal. Si se desea pernoctar en las playas del parque, se puede acordar con los lancheros que la vuelta se haga al día siguiente o pagar solo la ida. Se debe atravesar un mar picado, por lo que llevar una pastilla para el dolor de cabeza no está de más. La lancha se demora cuarenta minutos para llegar a Playa Cristal, donde, como su nombre lo sugiere, se puede hacer careteo; y cinco minutos más hasta el Cabo San Juan.

    El borde del parque, entre penínsulas y bahías, es de sin igual belleza por su fauna y flora: los pájaros marinos planean en línea por sobre la superficie acuática, mientras que las aves terrestres viajan en V junto a montañas rocosas y tupidas. La lancha arriba a la península por una orilla desolada que se quiere tragar la selva. Al introducirse en ella, a través de un túnel de árboles los cangrejos azules brindan la bienvenida al Cabo.

    Recorrido a pie

    La otra opción para gozar de la playa del Cabo, la más demandada, es llegar caminando, pero hay que madrugar y estar bien preparado físicamente pues son dos horas de recorrido para los más atléticos, y hasta cuatro horas para los que desean una experiencia que los lleve al contacto con la naturaleza. Definitivamente no es una alternativa para niños o personas de edad avanzada o con problemas de salud. En temporadas altas, quien llegue tarde corre el riesgo de quedarse por fuera o de no conseguir carpas para alquilar. Se recomienda ir equipado de protector solar, repelente, ropa cómoda (zapatos deportivos para las caminatas, y una camisa manga larga por si se desea dormir en hamacas frente al mar), y documento de identidad (para colombianos, la entrada cuesta dieciseises mil pesos; y para extranjeros, cuarenta y dos).

    El primer paso es arribar al centro de la ciudad de Santa Marta. Allí se debe aprovechar para aprovisionarse de víveres y dinero en efectivo, ya que en el parque todo es costoso o sencillamente no se pueden comprar por problemas con el datáfono. En el cruce de la carrera 11 con la calle 11, se toma el bus que sale para el Tayrona, el cual dura una hora y media, y cuesta dos mil pesos. Hay que estar pendiente de que pare en El Zaíno, a la entrada del parque, porque en ocasiones el conductor no para si no ve a nadie que se quede allí. Para aquellos que tengan automóvil propio, en la entrada se puede dejar.

    El recorrido se hace sobre un sendero hecho de tablas al amparo del bosque de galería, que de vez en cuando interrumpe por riachuelos de agua clara. A los quince minutos de caminata ascendente, se abre paso un sonido en medio de ese silencio que es la selva: el rumor del mar y, luego, el golpe de las olas. Allí se pacta la intriga entre el visitante, a quien le nace el deseo de llegar a la fuente de aquel sonido, y la selva, que le impide hacerlo tranquilamente; mientras se disfruta de los cangrejos azules, las hormigas arrieras, las aves (trescientas noventa y seis especies, de las que sobresale el tucán); y los mamíferos (cincuenta y nueve especies, entre las que se destaca el mono aullador).

    A la hora y media a paso lento, el turista llega a la cúspide de un otero desde donde se aprecia el mar infinito a lo lejos adornado con un cinturón verde de palmeras. La sensación que produce ver los relieves de montañas abrazando el Caribe paga la entrada. Si antes eran inmensas las ganas de ver el maravilloso cuerpo hídrico, ahora, una vez oído y visto, el objetivo será palparlo. El camino a partir de allí es en bajada hasta alcanzar la orilla. Pero ese mar que se ve tan cercano en realidad parece alejarse con el descenso, una prueba que solo los perseverantes pueden superar.

    Cuando por fin se abre la vista de la playa entre la espesura de la selva, sobresalen promontorios de “piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”, como las inmortalizó el nobel Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”. Los aventureros no se resisten a ir al encuentro del azul intenso, así sea para mojarse lo pies, ya que en realidad son playas profundas con corrientes propias de mar abierto sobre faldas de montañas sumergidas.

    Cerca de allí, la naturaleza sorprende a los caminantes con un bosque de icacos, un exótico fruto prácticamente extinto en las urbes caribeñas de la región. Se puede comer sin ningún problema y llevar para lo que queda del camino, que vuelve a introducirse en la espesura de la selva, y a salir más adelante en Arrecifes. En la playa de este último sector está prohibido bañarse, ya que, según indican los avisos, más de cien personas han fallecido. Sin embargo, se puede comer una exquisitez caribeña en un restaurante o alquilar una carpa por precios que van desde los veinte mil pesos a los treinta mil, una hamaca con mosquitero por quince mil, o cabañas de diversos precios que se pueden reservar por Internet. También hay casilleros gratis; eso sí, toca llevar el candado o comprarlo allá. Según muchos turistas, este es el mejor sector para hospedarse, ya que de allí en adelante, aunque existen playas aptas para bañarse, no tienen la misma calidad e infraestructura.

    A unos veinte minutos de distancia está la playa La Piscina, del gusto de muchos por la paz que transmite; y a treinta, el Cabo, el sector más concurrido, donde igualmente se hallan opciones de carpas, hamacas, tiendas y restaurantes. Una playa nudista, que es más bien de carácter extraoficial, se puede encontrar en esa misma dirección. De la playa de Arrecifes, el camino se despide para volver a entrar en la selva.

    Cabo San Juan del Guía

    La llegada al Cabo San Juan es la más impactante de todas. Un bohío sobre un promontorio de piedras lisas gigantescas, que parece un santuario indígena, es el ícono distintivo de este lugar. Allí los turistas hacen la siesta frente a un mar abierto que se choca contra piedras rústicas. Abajo, los aventureros descansan de su periplo en las playas de arena blanca, mientras otros se bañan en sus aguas verdeazuladas, donde se puede practicar careteo para apreciar la diversidad marina, compuesta por moluscos, crustáceos, algas y corales.

    Junto con la Amazonía, el Parque Tayrona constituye el pulmón de Colombia, de modo que muchos turistas van cada año como un ritual en el que se oxigenan. Así como el visitante puede recorrer este milagro montañoso frente a las aguas cálidas del Caribe, sumergirse en las aguas profundas del Tayrona representa explorar una de las pocas cordilleras submarinas del mundo.

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