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    Publicado 28 junio, 2016

    Un Uber para casi todo

    Por:  Dardo Castro

    Los negocios y los especialistas en el tema han inventado un nuevo concepto: la uberización para designar la explosión de nuevos emprendimientos que permiten compartir, prestar o alquilar servicios gracias a la aplicación de las tecnologías digitales que han revolucionado los formatos de la economía tradicional. Los ejemplos más citados en este rubro son, por su extensión y envergadura, las plataformas Uber, de transporte de pasajeros, que no posee ningún taxi; AirBnB, la mayor proveedora de alojamiento a nivel mundial, que no tiene ni un solo hotel de pasajeros; y Netflix, la líder mundial en provisión de películas, que no es dueña de ninguna sala. Pero el fenómeno no se limita a estos sectores: en Australia hay una aplicación que permite la geolocalización de personal de trabajo doméstico cerca de la casa de quien lo solicite; en Francia se puede contratar un chef privado; en Londres alquilar un escritorio para trabajar en un domicilio privado, o alquilar una habitación por hora o un castillo por un fin de semana o un fuerte militar reciclado para celebrar un cumpleaños o lo que se desee. También hay aplicaciones para reservar vuelos en un jet privado o una travesía en un velero de lujo.

    La irrupción de este nuevo modelo de negocios ha generado controversias y resistencias en casi todos los países donde ha ingresado, y en el caso de la plataforma Uber ha sido prohibida en algunos de ellos, como en Alemania y Argentina, generando una fuerte resistencia entre los conductores sindicalizados, que consideran desleal una competencia que al no ser ejercida por trabajadores formales no paga las cargas sociales, esto es, los aportes previsionales, seguros y cobertura de salud, que encarecen el servicio. Igualmente, AirBnB, Hipmunk y sus similares han causado estragos en áreas turísticas de Canadá y los Estados Unidos, obligando a los hoteles a bajar sus precios al aumentar la oferta de camas, al tiempo que Uber desvalorizó las licencias de taxis, que dejaron de ser indispensables para prestar ese servicio. En 2013, tres años después del surgimiento de Uber, el precio del total de las licencias en Nueva York cayó de 1,3 millones de dólares en abril a 840.000 dólares en mayo del mismo año. Y Netflix tiró abajo el precio del servicio de cable, ya que sus costos son considerablemente más bajos por el uso de los servicios de la red de Internet.

    Estas empresas, al igual que otras miles surgidas gracias a los cambios que trajo la revolución de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), son el paradigma del capitalismo digital, ya que carecen de bases materiales y solo disponen de conocimiento y tecnología. El nuevo fenómeno ha sido llamado “economía compartida”, “economía colaborativa” o “economía geek”. También se ha extendido la denominación “uber-economía”, en alusión a una de las más exitosas compañías de este tipo. Pero no todos los emprendimientos que se citan como parte de la economía colaborativa, y mucho menos de la llamada “economía solidaria”, tienen las cualidades para merecer tales nombres. No es lo mismo Wikipedia, que se genera y se renueva constantemente con el aporte diario de miles de colaboradores espontáneos, y cuyo uso es absolutamente gratuito, que un gigante como Uber, una aplicación que no se limita a conectar proveedores y consumidores, como lo hacen los sitios digitales que facilitan el intercambio de alojamiento entre propietarios de todo el mundo que desean viajar. Uber es, sencillamente, una empresa que intermedia entre choferes y pasajeros, y por ese servicio cobra un porcentaje que varía entre el 20 y el 30 por ciento del valor del viaje. A diferencia del sistema peer-to-peer (que permite compartir archivos a través de Internet), o el couchsurfing u otras aplicaciones para compartir autos o viajes, Uber no funciona en red sino que centraliza las operaciones y remite sus ganancias a la ciudad de San Francisco, Estados Unidos, donde tiene su matriz.

    Algunos autores señalan que cuando se habla de plataformas como Uber y AirBnB es más pertinente la denominación inglesa “gig economy” que la más amigable economía colaborativa. Traducida imprecisamente como “economía del concierto”, la “gig economy” parece aludir a servicios que se pactan libremente entre partes concertadas. Por ejemplo, AirBnB y sus competidores del rubro alojamiento operan con una plataforma en línea que conecta a las personas que tienen espacio ocioso con los que buscan sitio para una estadía breve por un precio competitivo. En otras palabras, permite la irrupción en el mercado de proveedores independientes de bienes o servicios que no están sujetos a las inspecciones y la supervisión legal a las que están sometidas las industrias tradicionales de alojamiento. Igualmente, las innumerables plataformas dedicadas a intermediar en la contratación de servicios personales de todo tipo implica, según sus críticos, la extensión del trabajo precarizado, que carece de cualquiera de los beneficios del empleo formal y aumenta la desprotección laboral.

    Sin embargo, muchos de quienes laboran en esas empresas como choferes, mensajeros, jardineros, niñeros, cuidadores de mascotas y en otra infinidad de servicios, defienden la actividad como una solución para un mundo en que el trabajo estable es cada vez más escaso y, en cambio, lo que predomina es el empleo nómada. Para muchas personas es la única forma de obtener ingresos, o constituye un complemento de su salario formal, o que le sirve para obtener un ingreso extra durante un lapso determinado, como es habitual entre los estudiantes universitarios. Por otra parte, la digitalización ha transformado el mundo laboral al facilitar la deslocalización del trabajo en muchos rubros, ya que un operador puede estar en cualquier lugar del mundo con su laptop en tanto que su empleador se halla en el otro extremo del planeta.

    Los partidarios de la libertad de mercado, que consideran que los controles estatales son un impedimento para la iniciativa individual, saludan la aparición de este nuevo modelo de negocios, basado en la digitalización, como un fenómeno no solo inevitable sino también beneficioso. También señalan que estas empresas favorecen la competencia y son una respuesta a las tarifas abusivas y a la falta de regulación sobre servicios deficientes. El caso más clásico es el de los taxistas, a quienes el sentido común impuesto en todo el mundo les achaca toda clase de arbitrariedades, en un imaginario en el que pagan justos por pecadores.

    Yendo más a fondo, se ha señalado que estamos frente a algo más que algoritmos que conectan oferta con demanda y que, en verdad, se trata de una manera de ordenar la existencia de bienes y servicios en un mundo donde hay un enorme desperdicio de recursos. Un artículo del diario español El País revela que se despilfarra el 40% de los alimentos del planeta; que los automóviles particulares están parados el 95% del tiempo de su vida útil; que en Estados Unidos hay 80 millones de taladros cuyos dueños solo los usan un promedio de 13 minutos por mes, en tanto que un automovilista inglés malgasta 2.549 horas de su vida circulando por las calles en busca de aparcamiento. Y se pregunta si no es posible amortizar semejante desperdicio.

    Aunque muchos expertos desconfían del crecimiento exponencial de las start-ups, como se denomina a las compañías asociadas a la innovación tecnológica, lo cierto es que Uber, que nació en San Francisco en 2010, hoy vale 60 mil millones de dólares y ocupa el número 48 de las empresas más poderosas de los Estados Unidos, siendo la start-up de tecnología más cotizada de su país de origen. Con apenas mil empleados, la compañía presta servicios en 66 países y 400 ciudades, y, cuenta 200 mil conductores en todo el mundo. Sin embargo, algunos analistas financieros temen que se esté formando una nueva burbuja financiera, que podría estallar arrastrando a un conjunto de aplicaciones similares en todo el mundo. Aún está fresco el recuerdo de la compañía estadounidense Grupon, dedicada a la venta de vales de descuento a través de Internet, que, pese a que en 2010 fue valuada en 1.350 millones de dólares, solo dio pérdidas en los años subsiguientes, aunque logró sobrevivir hasta ahora.

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