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    Publicado 27 junio, 2016

    Tulum: la cueva que guarda el secreto maya

    Texto y fotos por Víctor Menco Haeckermann – Twitter: @mencohaecker

    Compro el boleto de Houston a Cancún buscando, más que diversión, una experiencia de vida lejos del bullicio de las grandes urbes. Al subir al avión, noto la demanda extranjera de la Riviera: una tripulación repleta de gringos me mira extrañada. Cuando arribo a Cancún, me tomo unas horas para recorrer la zona turística. Llego a un pasaje de prestigiosas tiendas adoquinado que bordea a un mar cristalino. Me encuentro ante una vista placentera, pero, honestamente, no hay nada que deslumbre a una persona que, como yo, ha nacido a orillas del Caribe. Aunque también me han hablado de lo hermosa y entretenida que es Playa del Carmen (muy cerca de aquí), yo voy por más; así que no prolongo la espera y compro mi pasaje de bus a la mítica Tulum, una pequeña ciudad que se ha dejado ver paulatinamente a través de fotografías y comentarios de amigos en Internet.

    Dos horas bastan para llegar al punto de referencia en el que debo bajarme: la calle Coba. Es una zona con hostales de mediana categoría frente al Centro Comercial Chedraui (en el que uno puede abastecerse de comida para preparar), a la misma distancia entre la playa y el pueblo (es decir, donde viven los lugareños y quedan los bares, restaurantes y discotecas rudimentarias). Ambas zonas de hallan a una distancia de cinco minutos en automóvil o quince en bicicleta. Escojo hospedarme aquí motivado por esta centralidad.

    Como cada día surge un hostal u hotel nuevo, y como el ambiente es rural, no es recomendable hacer ninguna reserva con antelación, a menos que se trate de un hotel cinco estrellas, para evitar sorpresas. Quienes tienen un holgado presupuesto pueden escoger entre los hoteles de la playa, a unos 200 dólares la habitación (también hay camastros para pasar el día por solo 11). Los de bolsillo más ajustado pueden hospedarse en el pueblo a precio de lugareño. Si se van a las cabañas a la orilla del mar, que se promocionan por 38 dólares, deben estar dispuestos a compartir baño y vivir una auténtica aventura precolombina.

    Playa blanca y coral casi infinito

    A bordo de una bicicleta facilitada por el hotel, llego hasta el final de Coba y doblo a la izquierda por la Y donde se anuncia la entrada al litoral. Después de varias de playas privadas, veo las públicas. Dejo mi bicicleta asegurada a una cerca y me aproximo al mar. Las olas descansan en una explanada de playa blanca casi infinita que pertenece a la Riviera Maya, la cual se extiende por 140 km. Restaurantes tipo quiosco abundan por toda la orilla. Turistas de varios países alegran la estancia con los sonidos que emergen de sus labios, a veces entrecortados por las risas y los juegos.

    Allí tomo el tour al arrecife de coral, nada más y nada menos que el más grande del mundo después de la Gran Barrera de Coral australiana. Con más de 65 especies de corales pétreos, 350 especies de moluscos y más de 500 especies de peces, unas cuantas horas no bastan para recorrerlo y admirarlo. Sin embargo, los guías tienen la experticia para mostrarle al visitante lo más representativo de su biodiversidad, entre la que figura la tortuga marina.

    Aunque cualquier punto es ideal para relajarse, la playa obligada es El Paraíso, que cuenta con bar y restaurante. Alquilar una silla reclinable y disfrutar de la puesta de sol bajo las palmeras inclinadas de este lugar, es un placer que debería estar entre los derechos universales del ser humano. Se puede llegar a ella por la Y mencionada o después de haber hecho el tour por las ruinas mayas que quedan al otro extremo.

    Ciudad amurallada frente al mar cristalino

    Por 4 dólares, adquiero el boleto de entrada a la antigua ciudad de ‘Tulum’ (nombre que en la lengua maya significa ‘muralla’). La fila para atravesar la muralla que rodea la ciudadela es obligatoria, no tanto por mantener el orden como porque es tan angosta y de paredes con piedras tan afiladas que cualquier movimiento brusco representaría un accidente.

    Compuesto por varios templos, la principal obra de ingeniería del sitio arqueológico está en el centro mirando hacia el mar, sin el cual no se puede entender su construcción. Con una ruta comercial que comprende desde la Isla de Términos, en México, hasta la isla Roatán, en Honduras, para los mayas era de vital importancia el puerto de Tulum. Como la inmensa barrera coralina representaba un riesgo para los antiguos navegantes mayas que arribaban a la costa, las embarcaciones entraban por un pequeño canal frente al cual ubicaron El Castillo, monumento que, con una altura de 22 metros sobre el nivel del mar, funcionaba como faro. Con el fin de tener más precisión, dos ventanas permanecían iluminadas día y noche con antorchas que, al hacerse visibles por los comerciantes, les señalaban el momento exacto para ingresar.

    El tour, ofrecido en varios idiomas, nos conduce hacia la izquierda, al acantilado desde donde se divisa la célebre estampa de la montaña coronada por una ruina maya frente al mar de tonalidades coralinas. Una escalera nos lleva hacia el final feliz del tour: un merecido baño entre los corales y las murallas.

    Pueblo cosmopolita

    En la zona residencial se puede tener contacto con locales, que tienen fama de parcos ante los residentes extranjeros, principalmente estadounidenses y europeos. De otro lado, la colonia argentina goza de una exquisita reputación de sus restaurantes, desde el más pequeño puesto de empanadas salteñas, pasando por las pizzerías que recogen toda la herencia italiana, hasta los restaurantes especializados en churrascos. Caída la noche voy a buscar algo de comer en uno de estos sitios. No me arrepiento, no solo por la comida sino por la solícita compañía.

    Rodrigo, nacido en Argentina pero residente desde hace varios años en este rincón del mundo, comparte conmigo la mesa. Me dice que a pesar de lo hermoso del lugar es increíble que muchas personas no sepan dónde está: “Yo había escuchado el nombre a través de un amigo, pero lo asociaba con Francia, tal vez porque suena como ‘Toulon’; así que no le daba trascendencia. Si hubiera sabido que era tan bello, habría venido antes”.

    —¿Por qué te quedaste aquí? —le pregunto.

    —Porque yo no encajaba en mi país. En Buenos Aires, desde que nacés, toda la sociedad te dice que tenés que ser exitoso. Y si no conseguís lo que los demás esperan de vos, no valés nada. En cambio, acá en Tulum no hay eso o, al menos, hay un concepto distinto del éxito. Y lo mejor de todo es que aquí te encontrás con gente que ha venido buscando lo mismo.

    No hay duda de que el aventurero ha alcanzado su éxito. Su ojos y sus manos se alargan cuando me explica cómo es bucear en los cenotes, esa especie de milagro geográfico que yo he soñado conocer desde hace tiempo.

    Cenotes o cavernas paradisíacas

    La palabra ‘cenote’ (del maya ‘dzonoot’, que significa “hoyo con agua”) designa a una maravilla única de la Península de Yucatán. Se calcula que hay diez mil cenotes, muchos de ellos interconectados entre sí por túneles de agua, distribuidos alrededor del anillo de Chicxulub, el cráter que se formó tras el impacto de un meteorito al que se le atribuye la extinción de los dinosaurios hace aproximadamente 70 millones de años.

    Rodrigo me recomienda visitar el Grand Cenote, a cinco minutos de la calle Coba. A media hora del pueblo queda otro igual de atractivo, el cenote Dos Ojos, cerca del parque ecológico Xel-Há, caracterizado por una gran caleta en la que el agua de un río transparente se une al Mar Caribe. El buzo me comenta emocionado que le gusta ir a Dos Ojos por el carácter expedicionario que tiene: a varios metros de profundidad, la composición salina del agua cambia, por lo cual se aprecia una barrera aceitosa, un cinturón negro de minerales propios de las rocas de esa zona. La escena no resultaría tan dantesca si no fuera porque extensas algas, al fondo del cenote, se asoman ondulantes por la barrera aceitosa como invitándolo a cruzar. Al traspasarla, todo es oscuridad, así que el buzo debe usar linterna para poder guiarse y encontrar otros túneles subacuáticos.

    Al día siguiente, decido ir a hacer careteo al Grand Cenote. La imagen es inédita en la vida de los foráneos: voy caminando cuando de repente aparece un hueco enorme en la tierra. En su interior, diviso una vegetación espesa adherida a la cavidad. Al llegar a la orilla del hueco, finalmente puedo observar el agua dulce y cristalina que reposa en la cueva. En el centro de esta, sobre un islote artificial, se halla un quiosco donde alquilan equipos náuticos, al cual se accede bajando por unas escaleras de madera. Sobre el islote, algunos bañistas se asolean.

    El encargado del quiosco, como todos los que laboran en el atractivo turístico, tiene rasgos indígenas. Luego de hablar con un visitante en inglés, el indígena me recibe en español. Sorprendido, le pregunto cuántos idiomas habla y me responde que tres: los dos mencionados y el maya, por lo que le pido que me enseñe algunas expresiones en su lengua nativa.

    Después de un ameno recorrido cultural por el presente de su etnia, me sumerjo en las aguas del cenote, y salgo a descansar de vez en cuando sobre la soga con boyas que ha dispuesto la administración para que los visitantes no nos extraviemos. Al no haber corriente, el cenote no representa gran peligro para los bañistas. Sin embargo, tiene zonas bastante profundas.

    En mi exploración, me encuentro con una cría de tortugas. Continúo mi trayecto atravesando un túnel de agua a la mitad. En el techo rocoso, vuelan murciélagos; en el fondo de arena blanca, se pasean cardúmenes de peces; a los lados, las estalactitas y estalagmitas dejan entrever pasadizos; y al frente, una luz se convierte de improviso en otro cenote. Se trata de imágenes que por primera vez se unen ante mí con onírico placer.

    Además de hermosos contrastes, he visto los avances arquitectónicos de una civilización antigua y la etnia que le sobrevive, un pueblo cosmopolita, una reserva de biodiversidad marina, un paraíso tangible de aguas cristalinas y una maravilla natural vestigio de la prehistoria del mundo. ¡Quién no quisiera seguir descubriéndote, Tulum, pero lastimosamente la mayoría de los mortales vivimos lejos de tu éxito! Nada más me resta decirte un hasta luego, o como me ha enseñado uno de tus hijos: “Nop lalal”.

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