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  • MÚSICA

    Publicado 10 abril, 2020

    Un pase entre dos baldosas

    Por John William Archbold

    Con el impulso que le dio Shakira (y su profesora barranquillera) en el Super Bowl, la champeta llama la atención mundial. ¿Qué papel cumplen Cartagena y Barranquilla en su historia?

    Mientras veía a Shakira con su ejército de bailarinas “tirando pases” y blandiendo sus pies en el escenario con el mismo vigor que ha dirigido sus caderas durante tantos años, no pude evitar pensar: ¿Qué sentirán al ver esto los “picoteros” de antaño, esos que en los años setenta popularizaron este baile entre los resquicios de la ciudad? Pensé en mi época de colegio, cuando a principios del milenio la champeta vivió su primer momento de auge en la voz de “El Sayayín” y “El Afinaíto”; cuando “Mr. Black”, sin gozar de la popularidad que ostenta hoy día, creaba conexiones impensables entre la salsa y la música urbana. Recordé a mis compañeros con sus acrobacias callejeras que yo miraba con secreta envidia, al tiempo que los tildaba de “coletos”; también pensé en sus conversaciones sobre esas frenéticas rumbas a las que nunca fui, de todos modos nunca me darían permiso de meterme en esos tumultos. Era increíble ver que la champeta, ese ritmo marginado que era mirado con desprecio por nosotros mismos, se había convertido en el plato fuerte de uno de los espectáculos musicales más importantes del mundo.

    Y sí, sé que como dice el antropólogo argentino Néstor García Canclini, es un proceso natural del mercantilismo y la globalización rescatar tendencias y manifestaciones populares que han nacido y crecido entre las sombras, para luego convertirlas en un producto de consumo universal. Ya lo vivió el mundo con el blues y el jazz, fue para lo que Gardel le sirvió al tango, y lo que nosotros mismos vivimos cada año con nuestro carnaval. Sí, sé en el fondo de mi razón lo que hay detrás de esa realidad, pero ¿quién le puede decir al corazón que no se sobresalte ante toda una historia común? Aquello tenía todas las características de un milagro.

    Picó El Timbalero, Dibujo a lápiz de Color 50 X 70 CM por Dairo Barriosnuevo

    Pero nada, ni siquiera las sensaciones más cercanas a la mística son perfectas. Al día siguiente en las redes sociales no todo era alegría y alborozo. Una horda del interior del país criticaba la presentación, que si los vestidos, que si el espectáculo, que si Shakira deslució ante J.Lo. Nada de eso llamó mi atención, al sur de nuestras tierras no entienden lo que implica el sabor. Pero lo que verdaderamente me mantuvo concentrado durante mucho tiempo fueron mis contactos de origen cartagenero. Recuerdo especialmente un debate con la columnista de El Universal Claudia Ayola, quien insistía en calificar el estilo barranquillero para bailar champeta como “una brincadera” y que admiraba la habilidad de los barranquilleros para sacarle provecho a los patrimonios cartageneros.

    Después de esas acaloradas discusiones quedé pensando. Si bien Cartagena y Barranquilla son una de esas parejas de hermanos que pareciera destinada a detestarse, ¿en qué momento surgió esa distancia entre el que bien habría podido ser un rasgo común? ¿Por qué esa distinción en el baile de un mismo ritmo que da lugar a menosprecios?

    Encontré hallazgos verdaderamente sorprendentes en la investigación de María Alejandra Sanz, antropóloga de la Universidad del Rosario quien logró constatar que el surgimiento de la champeta como fenómeno periférico se da gracias a dos procesos sincrónicos que tuvieron lugar en Barranquilla en los años cincuenta. Por un lado, la construcción de los primeros picós, aún artesanales por supuesto, que para aquel entonces se usaban para amenizar fiestas en Barranquilla y en Cartagena. Pero es una vez más Barranquilla la puerta de ingreso para otro patrimonio, esta vez por vía aérea. Por aquel entonces la SCADTA se posicionaba como una de las aerolíneas más sólidas del mundo, y por ello fue contratada para prestar servicios en países africanos, de los que sus técnicos trajeron discos de la popular ‘Makossa’. Los acetatos de estos ritmos se popularizaron masivamente, y empezaron a competir con los de la música antillana que traían consigo los marineros. Ya en la década de los setenta, mientras la salsa triunfaba en las verbenas barranquilleras por la influencia ya enraizada de las emisoras que alcanzaban a sintonizarse en el continente, Cartagena no sólo abrazó esos ritmos con mayor ahínco; con la ayuda de los sintetizadores y percusión electrónica empezó a producir sus propias piezas de esta música a mediados de los ochenta, lo cual sin duda fortaleció el picó como una manifestación popular.

    En ese orden de ideas, ¿realmente los barranquilleros nos robamos algo? ¿Fuimos nosotros los que otorgamos una materia prima para que otro la capitalizara?

    Pero ahora quiero regresar al punto de inicio de la discusión: el baile. Teniendo en cuenta que ambas manifestaciones evolucionaron dentro de los entornos populares, con unos niveles dispares de apropiación popular en una y otra ciudad, ¿cómo nacen las distinciones en materia de baile?

    Según Sanz, las razones en la distinción del baile tienen un punto común de origen: las influencias externas. Mientras en la época de afianzamiento del picó en Cartagena existía un diálogo fluido con San Andrés que, en aquel entonces, gozaba de la dignidad de puerto libre y recibía con libertad todas las influencias del Caribe anglófono que paulatinamente desembocaron en Cartagena, incluyendo un baile tranquilo, sosegado, sensual, como lo es el reggae; en Barranquilla se popularizaba el hip-hop y el rap, que estaban en pleno auge comercial a principios de los noventa. Los piques de esos bailes en solitario que se enfrentan en medio de un círculo son una herencia inconfundible de la dinámica urbana de estos géneros, y que terminó convirtiéndose en propiedad del baile barranquillero que se ejecutaba con canciones creadas en Cartagena.

    La folclorista Barranquillera Mónica Lindo entiende que la performatividad de la champeta está estrechamente ligada a los imaginarios sociales: “Se mimetizan un conjunto de simbolizaciones implícitas en lo corporal, que van desde aspectos relacionados con la sexualidad hasta otros cercanos a la rivalidad, la complementariedad, el reto, la demostración de poder y sobre todo la competitividad y el deseo de mostrar quién tiene mayor creatividad en la inventiva de los pasos que comunican, que cuentan y que buscan ser superados por un contrincante que también disfruta y goza”. Por supuesto, en este baile también se expresa la violencia de los actores, como se ve reflejado en el popular movimiento de manos que simula un acuchillamiento, una puesta que, más allá de estupor, nos permite hacer una lectura interesante del modo en que los hitos cotidianos se incorporan a todos los mecanismos de expresión, incluso de manera inconsciente. 

    Me gustaría pensar que esta “presentación en sociedad” de la champeta es la cuota inicial de algo verdaderamente épico. Quiero creer que la gran industria musical se fijará en nosotros, en este baile, y que sus exponentes saltarán a la fama del mismo modo en que lo hicieron los reggaetoneros boricuas hace unos años. Me gustaría sentir que, cuando eso esté pasando, en lugar de preguntarnos quién aportó primero, cuál hizo qué, nos podremos sentir orgullosos de esa construcción colectiva que se superó a sí misma, y que de los picós en canchas arenosas pasó a las coronaciones de las reinas del carnaval, y de ahí al Madison Square Garden, y que el límite serán todos los escenarios del globo, eso si no hay vida en otros planetas.

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