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    Publicado 25 febrero, 2016

    La especialidad de Gemelo Halcón II es el vuelo de ángel con tornillo. Con la mirada fija en el público y sostenido en la tercera cuerda del cuadrilátero, este luchador pareciera elevarse con la ayuda de las alas azules que sobresalen en su máscara plateada, al lanzarse de espaldas sobre su contrincante. Un salto mortal que lo ha hecho famoso y con el que deja completamente sin aire a su rival, tendido sobre el lienzo de nylon que recubre el ring, obligando al árbitro a iniciar el conteo de tres.

    Es una de las tantas piruetas con las que este bogotano, con más de veinte años dedicados a la lucha libre, ha logrado vencer a sus oponentes. Una descarga de energía y agresividad en la que, hábil y fríamente calculados, van surgiendo varios movimientos o llaves, como ‘un cuatro al brazo’, ‘una derribada de pierna’, codazos, palmetazos, vuelos y torniquetes, similares a los que realiza un halcón para dominar a su presa. 

    En la máscara se destacan, además de las alas, dos picos rojos unidos que le recuerdan a su hermano gemelo, con quien se inició en el mundo de la lucha libre bajo las enseñanzas del legendario luchador colombiano Rayo de Plata. La máscara protege su identidad cada vez que arriba al salón comunal del Barrio San Fernando, al noroccidente de Bogotá, sede de los encuentros. “La máscara es un mito que nació en México con exponentes como El Santo, Blue Demon y Huracán Ramírez. Gracias a ella, la gente se identifica con el personaje que representamos y nos permite tener total privacidad”, explica el luchador, que de lunes a viernes se desempeña como director comercial en una empresa de mensajería. 

    Esa noche está en juego el cinturón nacional y se conocerá el nuevo campeón de la escuela de lucha libre SAW WAG Colombia. Una contienda en la que los dos bandos que conforman esta disciplina se medirán en tres combates “a muerte”, para cerrar la gala con los clasificados en una lucha de escaleras y sillas, y donde la consigna pareciera ser: “sálvese quien pueda”.

    “Esperamos que el cinturón quede en nuestro bando y que el campeón sea yo”, afirma el gladiador, empeñado desde hace una década en formar nuevos luchadores y en contagiar a los jóvenes y niños de esta pasión. “Un deporte rudo para hombres nobles”, como lo denomina este campeón nacional de lucha en pesos welter y por parejas, junto con su hermano, hoy alejado del ring por algunas lesiones.

    Lucha a dos bandos

    Los enfrentamientos se viven cada 15 días en San Fernando, lugar donde hace tres años empezó el resurgir de la lucha libre en Bogotá. En las décadas de los 70 y 80 congregaba a miles de personas en escenarios como la Plaza de Toros La Santa María y el Coliseo El Campín. Hoy se pueden distinguir dos bandos. De un lado, los Técnicos y del otro los Rudos. “Los Técnicos somos como los Súper Amigos. Hacemos respetar las reglas y cumplimos a cabalidad todas las normas”, señala Gemelo Halcón, abanderado de un grupo de héroes de barrio que esa noche irán en desventaja frente a los Rudos, en combates de dos contra uno, y en los que con la “complicidad” del árbitro se podría llegar a pensar que todo vale. Los Rudos, como Koji Kamura, son los que acceden a toda clase de engaños y trampas para doblegar a sus contrincantes. Cadenas, manoplas, sillas, esposas, lazos y hasta corbatas para someter a sus rivales… todo puede ser utilizado a su favor.

    “Si tú realmente no das todo en el ring, te comen vivo. El ser humano por naturaleza siempre desarrolla sus instintos de supervivencia y eso ocurre en la lucha libre. No importa cómo, lo único que importa es ganar”, dice Koji Kamura, en cuya máscara se destacan varios apliques que simulan la figura de un japonés, con los bigotes de la era de los samuráis. Su personaje traduce el ‘vagabundo de la kimura’, llave muy utilizada en las artes marciales mixtas.

    Para este “rudo”, cuya filosofía se resume en “salir, patear y vencer”, y actualmente  docente universitario, no importa cuál sea el método. “Nuestro propósito es ganar, aunque a veces utilicemos algunas tácticas poco ortodoxas”.

    —¿Cómo cuáles? —le pregunto. 

    —Soy muy amigo de la silla metálica. Yo realmente no impacto al adversario con la silla, simplemente él se estrella contra ella —comenta en un tono bastante serio, mientras espera esa noche, al igual que Gemelo Halcón, coronarse campeón en una velada que ha congregado a niños, jóvenes y adultos que asisten con el ánimo de hacerle barra a sus ídolos.

    Toda una disciplina

    En lo que sí coinciden los dos bandos es que la lucha libre, como todo deporte, exige de una disciplina y una preparación especial. “Esta es una carrera, como cualquier otra”, afirma Gemelo, quien cuenta que para llegar a ser un buen luchador y salir con vida del ring se requieren de mínimo tres años para aprender los secretos y técnicas que implica un deporte de alto riesgo. 

    —En esta escuela tenemos tres ciclos. En el primero, el cuerpo se acostumbra a recibir golpes, manejo de la flexibilidad y caídas a la lona; en el segundo, se aprenden las llaves y técnicas de la lucha libre; y en el tercero, se elige el personaje, se selecciona la indumentaria, la máscara, y cada quien escoge el bando de su preferencia.

    Lesiones hay muchas, y cada luchador en San Fernando tiene alguna para contar. Como la ruptura de ligamento cruzado de la pierna izquierda, la luxación en la clavícula derecha y las “descalabradas” que ha sufrido Gemelo en varios desafíos. O la contusión en la cresta iliaca que mantuvo a Koji casi 8 meses fuera de acción. 

    —En la lucha debemos adaptar nuestro cuerpo a recibir golpes, aprender a hacer una caída y a salir del ring sin lastimarnos —agrega Gemelo, quien hoy imparte sus conocimientos a más de 15 jóvenes que como Brayan Juan Ríos, aspiran a ser las futuras estrellas de la lucha libre en Colombia.

    Con su contextura delgada, Brayan aún no ha decidido si formará parte del bando de los Rudos o de los Técnicos. “Todo depende del proceso de formación”. Su sueño es poder hacer parte de las giras que la escuela está programando por diferentes ciudades del país y del intercambio que hace poco firmaron con la Liga Triple A de México. “Acá tenemos un muy buen nivel, pero necesitamos de esa proyección internacional para lograr que la lucha libre vuelva a brillar como en sus mejores épocas”, indica Gemelo, mientras se acomoda sus rodilleras.

    Un “show” que según sus organizadores no promueve la violencia. “Acá uno viene cansado y descarga todas las cosas negativas del día en los golpes que sufren los contendores y, al terminar, todos salen felices. Vieron un espectáculo en el que no salieron lastimados, pero liberaron toda esa rabia con sus gritos y emociones”, señala Jorge Matallana, narrador de las competencias en San Fernando.

    Algo así como una terapia para controlar el estrés, que parecieran tomar muy en serio varios asistentes enmascarados encargados de promover las arengas que acompañan cada salida de los Rudos. “Fuerza ruda… fuerza ruda”, se oye en el auditorio y en medio de la estridente música que anuncia la salida de personajes como El Cuervo, El Castigador, Black Terror, Pig Saw,  Koji Kamura o Kuang Kung y todo el combo de gladiadores.

    Una batalla extrema 

    y de corte suicida

    Pasadas las 7 de la noche, inicia la lucha libre. Cerca de cien personas asisten a lo que será la última velada del año, con el deseo de ver a sus ídolos alzarse con el título de la SAW-WAG Colombia. El luchador que logre al final bajar el cinturón dorado que cuelga a siete metros del ring será el campeón.

    Apagadas las luces y con la música a todo volumen, el narrador da la bienvenida. Tres combates clasificatorios en desventaja para los Técnicos, preceden la gran final. Una despiadada y muy coordinada descarga de golpes, trompadas, saltos, caídas, manotazos, patadas, se toman el cuadrilátero, amenazando con llegar hasta los asistentes. Tony Guerrero y Gemelo Halcón II, por el bando de los Técnicos, y Koji Kamura y Kuang Kung, por los Rudos, pasan a la lucha final, luego de sendas victorias en sus choques.  

    —¿Se rinde o no se rinde? —exclama el anunciador ante una de las constantes caídas a la lona de alguno de los luchadores, mientras el público lo aviva con sus gritos, aplausos y rechiflas—. ¡Pa’ que respete! —agrega el animador, a la vez que un aficionado grita a voz en cuello, desde uno de los rincones del salón—: ¿Dónde está el árbitro?

    La gresca empieza a crecer y, lo que inicialmente estaba pactado como un duelo por parejas, en el que cada luchador está atento a cualquier descuido para obtener el cinturón de campeón, pasa a convertirse en una batalla de todos contra todos, ante la salida improvisada del ejército completo de rudos que se toman el cuadrilátero.

    Con sillas, escaleras, láminas de lata, que se estrellan contra las cabezas y espaldas de los contendores, el espectáculo llega a su clímax, mientras el árbitro, ante el reclamo exasperado de los asistentes, logra detener la batalla, que a esa hora de la noche ya se ha convertido en “una auténtica guacherna de Rudos y Técnicos”, como la describe el propio narrador.

    Frente a las protestas airadas de varios aficionados, el combate final es declarado desierto. El cinturón que identifica al nuevo campeón queda colgado ante la mirada de los dos bandos, que a regañadientes empiezan a retirarse a sus camerinos. 

    La revancha queda programada para comienzos del año. Una batalla que promete ser “extrema y de corte suicida”, como lo vaticina Kuang Kung, quien abandona el ring asegurando que en el siguiente duelo le “romperá la madre a los Técnicos”. 

    Las luces se encienden de nuevo. Los niños que han asistido al encuentro saltan al ring, simulando ser los próximos luchadores. En el auditorio suben los decibeles, mientras el coro de “Fuerza ruda” se confunde con la canción “Carnaval” de Maluma… El “show” ha terminado.

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