Oops!... Lo sentimos, este sitio se ha desarrollado para navegadores modernos con el fin de mejorar tu experiencia.

Para que lo puedas disfrutar es necesario actualizar tu navegador o simplemente descargar e instalar uno mejor.

SEXO

Publicado 16 enero, 2017

Sexo a la vista pública

Por: Danae

No es un secreto que tener sexo en un lugar público es, quizás, una de las fantasías más recurrentes tanto de hombres como mujeres. ¿Pero se puede tener un orgasmo en una vía de alto tráfico o en el baño de un avión? 

Lo dudo. Por eso confieso que lo más lejos que he llegado en eso de “hacerlo”, corriendo el riesgo de ser sorprendida en el acto, es en una playa solitaria a la luz de la luna.

Aunque la idea en un comienzo pueda resultar tentadora, pienso que se requiere tener vocación de actor o actriz porno para disfrutar de un encuentro sexual mientras otros te miran o existe una alta probabilidad de ser pillado infraganti.

Sin embargo, el voyerismo, o placer que desata el mirar, tanto como al exhibicionismo, cuando no se han constituido en patologías o perversiones, le añade su sal y su pimienta al erotismo.

Para qué negarlo, al ser humano le seduce la idea de transgredir las reglas, salirse de la norma, sentir que puede burlar al establecimiento, en especial si ello no acarrea dramáticas consecuencias. Ni qué decir de lo mucho que le atrae lo novedoso, lo exótico, lo diferente. Entonces, una noche propondrás como la gran vaina: “Vivamos la aventura, ¡hagámoslo en el ascensor!”, mientras te diriges a la fiesta en el ‘penthouse’ de tus amigos. Pero pasa que los ascensores te dan vértigo a determinada altura, que el vestido se te arruga, el maquillaje se te corre y tu torpe amante nada que llega a donde querían.

Ese tipo de actos intrépidos, sin duda, crean conexiones y fortalecen vínculos entre los amantes. Pero gracias a Dios, se inventó la cama.

Así las cosas, después de todos los fallidos intentos que en unos cuantos minutos haces cual ‘flash’ por lograr el éxtasis estelar que te habías imaginado como un espectáculo de fuegos pirotécnicos, culminan en un polvo accidentado, o en un intento de polvo que luego ubicarás en tu galería de extrañas experiencias sexuales. Esas que te impones tener al menos una vez en la vida… y nada más. El resultado es que arribas a la fiesta (si crees que todavía puedes) hecha un desastre y con la sensación de haber comenzado mal algo que no pudiste terminar bien, al tiempo que tu torpe amante intenta disimular, sin conseguirlo, una mancha delatora en la entrepierna de su pantalón.

Como preámbulo a una faena en la que la complicidad y la risa obrarán como detonantes, está bien lo de intentarlo o, con suerte, hacerlo en el ascensor, en las murallas de Cartagena o en un estadio… Ese tipo de actos intrépidos, sin duda, crean conexiones y fortalecen vínculos entre los amantes. Pero, gracias a Dios, para conjugar el verbo amar a través del vehículo de la piel y con los cinco sentidos puestos en ello, alguien con un claro sentido del pragmatismo, quizás más motivado en crear el escenario confortable que requiere un buen polvo, que por un sueño romántico, inventó la cama. En mi opinión, se trata del mejor lugar para pasarla bomba en el sexo; y también para fantasear, imaginar o soñar que lo estás haciendo a la vista de todos en la Torre Eiffel, o en la misma cima del mundo.

Comments

comments

Edición impresa 159

AQUÍ

  • Publicidad