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  • SEXO

    Publicado 30 diciembre, 2015

    —Y a ti, ¿qué te trama? —me preguntó él luego de confesarme que se volvía loco ante la presencia de un híbrido de Lolita con ‘femme fatale’, ese tipo de mujer con un fuego latente debajo de una capa de ternura e inocencia. “De esas que provoca apretarles las mejillas y los senos a la vez. Justo así como tú”.

    Mi respuesta fue bastante escueta y obvia: “Que me calienten”. A causa del ruido estridente del lugar y por la confusión que me generaba la última copa, que recién comenzaba a desordenar mi cabeza, no pude explicarle los motivos por los que me derrito en manos de un seductor a fuego lento; que no escatime besos ni minutos, que precaliente el horno antes de meter la presa, y que además disfrute sin afanes de los placeres que yo puedo proporcionarle con manos y boca. La única forma en la que acepto que me penetren con la ropa a medio quitar es que sea en un lugar público y solo haya tiempo para un rapidito.

    El sexo es para disfrutarlo completo, y todo plato fuerte se saborea mejor si previamente se han degustado los aperitivos. ¿Y si jugamos al coito sin coito? ¿Y si vienes a ver lo que tengo debajo de la blusa? ¿Si me pongo de cuclillas y tú te sientas al borde de la cama? ¿Si bajas a mi zona V y luego subes a mi boca? ¿Y si después me acuesto junto a ti y deslizas la mano por en medio de mis muslos? Te toco, me tocas, me besas, te beso, te acaricio, me acaricias, cambiamos de posición una y otra vez. El psicoanalista Sigmund Freud explicaba que la primera fase del deseo erótico se manifiesta con el placer de tener un objeto dentro de la boca, común en los niños pequeños.

    No sé si me quedé en la fase oral de la evolución libidinosa, pero para mí un blowjob es requisito indispensable para la penetración. La idea no es imitar los videos pornográficos en los que las mujeres se desesperan y hacen una suerte de malabar con el pene y su saliva, sino realizar la labor sin presiones ni afanes. Para mí es un plus realizarlo desde abajo: el hombre de pie, y yo de rodillas en un acto de sumisión en el que dispongo todo de mí con el único fin de complacerlo. Es muy erótico mirar hacia arriba y verlo disfrutar; yo lo llamo “saborear la virilidad”.

    No obstante, bajo la sombra del sexo oral se ha opacado el poder impresionante de la estimulación manual, y resulta que lo segundo es más fácil de realizar que lo primero; exige un poco menos de esfuerzo físico, y asegura niveles de placer igual de altos, si se ejecuta con maestría. Otra ventaja de recurrir a las manos es la posibilidad de aprovechar que la boca está libre para besar labios, orejas, pecho, cuello. A los rasgos del buen polvo masculino, les suma puntos con creces el buen tacto, que es un camino rápido y seguro hacia el orgasmo.

    Lo primero que se debe tener claro es que lo que tengo debajo de la falda no es un pudín de arequipe. Tocar acertadamente a una mujer no se limita solo a introducir, ni tampoco consiste en deslizar los dedos desbocados por toda la zona húmeda, sino acariciar, frotar, rozar y alternar según corresponda. Muy importante: respetar la capucha que recubre el clítoris, dado que el sobresalto ante la estimulación directa no suele ser de gusto sino de incomodidad. Un clímax del clítoris, seguido de la penetración, es algo sublime; y él, por su parte, se quita algo de presión de encima.

    Cuando llega mi turno, procuro apretar fuerte, con firmeza, que se sienta que yo domino el manubrio. Si pretendo llevarlo al orgasmo, la técnica es mantener el ritmo y acelerar en el punto de no retorno, pues disminuir la velocidad implica un retroceso en la meta. No obstante, en el preludio la idea no es que él alcance la eyaculación, sino llevarlo al grado máximo de placer y luego pasar a una estimulación más lenta y cariñosa, como un anticipo de la acción que se avecina.

    El foreplay es la cúspide de la sensualidad si se sabe variar entre dedos y labios con pericia, complementar técnicas manuales y orales, y entretenernos a nuestras anchas antes de la faena como tal. El hombre que me haga hervir hasta que prácticamente le ruegue que proceda con la penetración, hace méritos para merecer la medalla del buen amante.

    Y eso es lo que me trama.

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