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    Publicado 21 abril, 2016

    Mahatma Gandhi: el apóstol de la no violencia.

    La tarde del 30 de enero de 1948, Mahatma Gandhi se preparaba para dirigir una oración colectiva ataviado con su indumentaria habitual: una túnica blanca, conocida con el nombre de dothi, típica de la gente humilde de la India. Estaba en Birla Havan, su casa en Nueva Delhi, y llevaba un retraso de 20 minutos. Entonces un hombre salió de la multitud que llenaba el jardín de la casa y se prosternó ante él como quien espera una bendición.

      —Hermano, Bapu ya está retrasado —dijo Manu, la sobrina-nieta de Gandhi con el fin de que el hombre despejara el camino.

       Pero el otro tenía otros planes en mente, y tras desenfundar el arma que llevaba oculta disparó tres veces contra el mahatma.

      —¡Hey, Rama! —exclamó Gandhi al tiempo que se desplomaba, con las manos unidas en señal de saludo.

    Sus palabras aludían a uno de los de los desdoblamientos de Visnú, importante deidad del hinduismo, y podían interpretarse como una manera de encomendar su espíritu a la divinidad. Así fue Gandhi en vida: espiritual, fiel a un tipo de vida en el que las posesiones materiales no tenían el mismo valor que el común de la gente suele atribuirles.

         Mahatma Gandhi nació en Porbandar, India, el 2 de octubre de 1869 en el seno de una familia de clase media. Su padre era el primer ministro de su estado natal, y su madre una mujer religiosa de quien heredó el gusto por la meditación y la alimentación vegetariana. A la edad de 13 años, Gandhi contrajo matrimonio con Kasturba Makhanji, y a los 18 viajó a Londres a estudiar leyes. Fue precisamente, trabajando como abogado para una firma hindú en Sudáfrica, donde tuvo lugar la famosa escena del tren. En esa época, Gandhi vestía como los abogados occidentales, con traje entero y corbata, y había comprado un tiquete para viajar en primera clase hasta Pretoria.

         Sin embargo, ese compartimento estaba reservado exclusivamente a los pasajeros de piel blanca y Gandhi fue expulsado por rehusarse a cambiarse de vagón. ¿Cómo podía permitir Sudáfrica, conformado por una mayoría negra, dejarse dominar por una minoría blanca? ¿Por qué no decían nada ante leyes tan absurdas como esas que afirmaban que el matrimonio entre cualquier pareja que no fuera blanca no era válido, o que debían cargar un permiso encima para poder caminar por las calles?

    Ayudado por algunos hindúes y musulmanes, Gandhi empezó el movimiento de resistencia pacífica que lo caracterizaría: el ‘a himsa’. Era válido salir a las calles y reclamar igualdad de derechos, era válido quemar los salvoconductos para poder moverse libremente por las calles, pero en ningún modo debía recurrirse a la violencia física. Si la Policía llegaba a reprimir las manifestaciones no se le pagaría con la misma moneda. Todos debían resistir los golpes de las macanas e ir a la cárcel de buen grado, sin abandonar los propósitos revolucionarios. Y eso fue lo que pasó: una y otra vez Gandhi fue a la cárcel, por promover actos de desobediencia civil, sin que jamás se desdijera de sus propósitos políticos.

         Gandhi adquirió notoriedad internacional gracias a la cobertura que la prensa dio a su movimiento y a los artículos que él mismo escribía en un periódico financiado por sus amigos. Su tenor de vida era bastante particular: vivía en un ashram (una comunidad) en la que todos los miembros se distribuían las labores de mantenimiento, y pedía para su esposa y sus hijos un trato igual al de cualquier otro habitante de la comunidad. La lucha emprendida por Gandhi en Sudáfrica tuvo sus altibajos: el gobierno abrogaba una ley por petición de los huelguistas, pero solamente para reemplazarla por otra. En todo caso, tuvo un importante impacto en la conciencia política de musulmanes e hindúes.

    Cuando Gandhi regresó a la India, ya era una especie de celebridad. India era una colonia británica desde el siglo XVII, y los miembros del congreso indio vieron en Gandhi un medio de atraer a las masas hacia la búsqueda de la independencia, debido a la aceptación que tenía entre las clases populares. Recorrió la India con su esposa, escuchando las quejas de los menos favorecidos, a quienes el imperio británico había reducido a la más absoluta miseria, y en 1930, invitó al pueblo a la desobediencia civil a través de la marcha de la sal.

    El comercio de la sal, en efecto, estaba monopolizado por los ingleses. Nadie podía fabricar el producto, por muy pequeña que fuera la cantidad, sin pagarle un impuesto al gobierno invasor. Y la sal era de importancia suprema para la conservación de las carnes. El 12 de marzo, Gandhi, que solamente vestía túnicas confeccionadas por él mismo desde 1921, abandonó su ashram y, después de una caminata de 300 kilómetros, llegó el 6 de abril a la costa del océano índico. Entró al mar y levantó en su mano un puñado de sal. Con este gesto simbólico invitaba al pueblo a desobedecer la prohibición de los ingleses. Pronto, a lo largo y ancho de la India, pudo verse a la gente evaporando agua del mar en cuencos para obtener su propia sal.

    Como consecuencia de esta acción, alrededor de 60.000 hindúes fueron a la cárcel, incluyendo al mismo Gandhi, que permaneció 9 meses encerrado, hasta que el virrey, presionado por las autoridades británicas, liberó a los prisioneros y quitó el impuesto sobre la sal. Poco tiempo después, Gandhi fue invitado a Inglaterra para hablar sobre la independencia de India y fue acogido con entusiasmo por los miembros liberales del parlamento, y por los grupos de obreros de Manchester.

    No obstante, el tema de la independencia quedó pospuesto por la llegada de la Segunda Guerra Mundial. En 1947, después de arduos debates, la India adquiría por fin su independencia. El problema que debía resolverse entonces era si la India debía mantenerse unificada o si era necesario cederles una parte del terreno a los musulmanes. La renuencia de los líderes hindúes a transigir con las peticiones de los seguidores de Mahoma dio lugar a un baño de sangre en el que perecieron, solamente en un lapso de dos meses, más de quinientas mil personas. Gandhi recurrió a una huelga de hambre, y tanto hindúes como musulmanes, que lo tenían en alto grado de estima, cesaron las hostilidades para no verlo morir de inanición. Y Gandhi, que no era partidario de ver una india escindida, dio su visto bueno para que los musulmanes tuvieran su propio gobierno.

    Pero no todo el mundo estaba contento con las acciones del mahatma, que nunca tuvo entre sus planes hacerse acompañar de una escolta para protegerse de eventuales ataques. Si tenía un séquito fiel de acompañantes, este era de mujeres. Habiendo asumido un voto de castidad desde los 36 años, cuando aún estaba casado, adquirió la costumbre de dormir con jóvenes desnudas, tras la muerte de su esposa, solamente para probar los quilates de su voluntad. La verdadera lucha, lo repitió y una y otra vez a lo largo de la vida, siempre se libra en el interior de uno mismo.

    En el último año de su vida, Gandhi abogaba por que la India le pagara a Pakistán un dinero que le había prometido. Nathuran Godse, miembro del partido ultraderechista Hahasabha, que no estaba de acuerdo con las peticiones del mahatma, fue el encargado de ejecutar la orden de su asesinato. Era un hombre corpulento, vestido con un uniforme caqui, que ni siquiera hizo el intento de huir después de disparar su Beretta. La muerte fue instantánea. Contrario a lo que habría querido el mismo Gandhi, estallaron revueltas por todos lados y el asesino fue condenado a morir en la horca.

    Había muerto el hombre, pero había nacido su legado. Con él se popularizaron las huelgas de hambre como método de protesta pacífica, y los actos de desobediencia civil en los que la violencia no tiene cabida. Martin Luther King se inspiró en su famosa marcha de la sal, y otros afrodescendientes tomaron el ejemplo del ‘a himsa’ en su lucha por la consecución de los derechos civiles. Sus detractores (provenientes, sobre todo, de Occidente) lo tildaron de nacionalista y de político ingenuo, e incluso fue acusado por algunos historiadores de haber financiado grupos terroristas conformados por parias. Cualquier palabra suya, que pudiera generar polémica y afectar su imagen, era sobredimensionada y la prensa defensora de las políticas coloniales jamás se mostró tan implacable frente a los errores de un político como lo hicieron con él. Lo cierto es que, hasta sus últimos días, Gandhi no dejó de ser quién era: un hombre que buscaba la perfección espiritual, pero que aún estaba sujeto a las contradicciones y luchas de todo ser humano. Su ejemplo es único en el mundo contemporáneo, aunque muchos porfíen en atribuir parte de la eficiencia del método de la no violencia a la supuesta permisividad de los “caballeros” ingleses. Razón tenía Albert Einstein cuando dijo: “Las próximas generaciones apenas si podrán creer que un hombre de carne y hueso como este haya caminado sobre la faz de la tierra”

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