Internacional
Leonardo Favio Crónica de un niño grande
Dardo Castro
16 de Diciembre del 2012
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Hay hombres que nacen sin ningún talento visible. Otros nacen con varios y desarrollan sólo uno. Otros, como Leonardo Favio, se hacen grandes con más de uno: la música y el cine.

“El sueño de todos es permanecer, pero uno muere cuando se escapa de la memoria de la gente. Mi obsesión es que me recuerden bien en esa momentánea memoria que haya de mí”. El autor de esta frase, Leonardo Favio, era ya un mito mucho antes de su reciente deceso en Buenos Aires a los 74 años, como lo demostró el torrente de mensajes de condolencia que revelaron, por un lado, la memoria entrañable que guardan de él los que se enamoraron escuchando sus baladas incorporadas al inconsciente colectivo de varias generaciones, y por la otra, los que recuerdan al cineasta de culto, autor de películas que representan lo mejor del cine argentino y latinoamericano.

 “Cuando canto no hago cine y cuando hago cine no canto. Pero las dos cosas me apasionan, me gustan...”, dejó dicho en una entrevista. Y frente a la versión de que se hizo cantante para ganar dinero y poder hacer cine, afirmó con su característica humildad y franqueza: “Eso no es cierto, yo canto porque me gusta tanto o más que el cine. Y si soy un compositor de vuelo rasante, bueno, cada uno vuela hasta donde le dan sus alas, pero estoy orgulloso de mis canciones. Como suelo decir, mis canciones están en el inventario familiar de todo el mundo de habla hispana. Como ‘O quizás simplemente te regale una rosa’, que es un himno en toda Latinoamérica... Mis canciones hablan idiomas que yo ignoro”. 

De hecho, Leonardo ganó mucho más dinero y fama con sus canciones que con el cine, pero abordó ambas ramas de la cultura popular con una autenticidad, coherencia e integridad incuestionables. A partir de 1976, cuando fue prohibido por la dictadura militar y vivió algún tiempo en México y Colombia, se dedicó a recorrer el continente con sus baladas. “En América Latina hace años que soy popular como cantante ?comentó años después?, pero de mi oficio de cineasta recién empezaron a tener noticias a partir de mi película ‘Gatica, el mono’. Cuando me muera, en América Latina la gente va a decir: ‘Se murió el que cantaba Simplemente una rosa’. En Cambio, ‘Murió el cineasta Leonardo Favio’ sólo se va a decir en la Argentina y en algunas páginas de publicaciones culturales del mundo”. 

Su primer éxito como cantante llegó con “Fuiste mía un verano”, que junto con “O quizás simplemente le regale una rosa” estuvieron en su álbum inaugural. Luego participó en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, en Chile, donde consolidó su fama internacional. Después siguieron “Ella ya me olvidó” y “Quiero aprender de memoria”, una canción que causó asombro por su erotismo. En una época en que reinaba la censura, Favio cantaba: “Quiero aprender de memoria, con mi boca tu cuerpo, muchacha de abril”. Y con “Ella ya me olvidó”, que según Leonardo “la hice en media hora en la guitarra, con un grabador Geloso que me había regalado mi abuelo”, nació lo que sería una marca de estilo “porque por mi limitación como guitarrista yo no sabía bajar los acordes, entonces tenía que forzar la voz para mantener el tono”.

Pero su éxito como cantante terminó por aterrorizarlo, como contó después: “El periodismo me abrumaba. Eran todos apretujones, codazos, griteríos, mangazos. Me acuerdo que el éxito de ‘Fuiste mía un verano’ me hizo tanto mal que tuve que pasar seis meses encerrado en mi departamento con tratamiento médico. No lo pude soportar. La confusión era tal que ya no sabía quién me quería y quién no. Mis amigos, que habían sido todos poetas, soñadores, locos de cineclubes, habían desaparecido porque el dinero provoca irritabilidad”.

El cineasta de culto

Favio fue actor, guionista, productor, director cinematográfico, y compositor y cantante. Nació el 28 de mayo de 1938 en Luján de Cuyo, en la provincia argentina de Mendoza, en un barrio humilde. Abandonado desde muy pequeño por su padre, creció rodeado por el amor de sus abuelos ?que tenían una pequeña compañía de teatro?, de su madre, Laura Favio, y de su tía, Elcira Olivera Garcés, actrices y escritoras de radioteatro que lo iniciaron en la magia de la actuación en ese género. Pero el abandono de su padre lo marcó profundamente y tuvo una infancia complicada que lo llevó a varias instituciones para menores, de las que escapó o fue expulsado. "Fui un raterito que huía de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de provincia en provincia. Conocí el hambre sin romanticismos literarios y cuando fue necesario robé para comer". De esa experiencia saldría su primer largometraje, “Crónica de un niño solo” (1964), que narra las vivencias de un chico internado en un reformatorio, del que Favio dirá: “Por Crónica... pasa la vida, no es ni triste ni alegre, es la vida contada con ternura. No tengo rencor contra los personajes”. El film fue un éxito de crítica y ganaría, entre otros, el Premio a la Mejor Película Latinoamericana en el Festival Internacional de Cartagena (Colombia, 1969). 

Los críticos elogiaron su poética desgarradora y los pequeños recursos de cámara y sonidos que Favio utilizó para reemplazar los largos parlamentos que eran usuales en otros directores de su época. Sin embargo, con su característica humildad, Leonardo sostenía que él filmaba "porque con la cámara no se notan los errores ortográficos”. Es que, al igual que en la música, era un autodidacta del cine, aunque había aprovechado muy bien su experiencia como actor y las lecciones prácticas del consagrado director argentino Lepoldo Torre Nilsson, su protector y mentor que lo alentó a filmar su primer largometraje. 

Las crónicas dicen que Favio hizo esta película para ganarse el corazón de la notable actriz María Vaner. Ella fue el primer gran amor de su vida y con quien finalmente se casó y tuvo dos hijos. “Crónica de un niño” inició la trilogía en blanco y negro que seguirá en 1967 con “Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más...” (tal es su nombre completo) y que culminará con “El dependiente”. Las dos primeras son consideradas unánimemente como las mejores películas argentinas de todos los tiempos, y las tres comparten la matriz de historias sencillas de personas desangeladas, atravesadas por la soledad y el desamparo, que Favio contó con austeridad y ternura. 

“El Romance...”, basado en el cuento, “El cenizo”, de su hermano Jorge Zuhair Jury, narra la historia de Francisca (Elsa Daniel), una muchacha humilde y bondadosa que se enamora de Aniceto (Federico Luppi), un módico galán de pueblo propietario de un gallo de riña que la abandona por la pasional Lucía (María Vaner), desencadenando así la tragedia. La película fue multipremiada por la Asociación de Cronistas de la Argentina y por el Instituto Nacional de Cinematografía, y aunque tuvo el reconocimiento de críticos del exterior, se difundió muy poco fuera de Argentina, al igual que el resto de su obra, porque Favio nunca se interesó en participar del circuito de festivales internacionales.

Sus películas posteriores, como “Gatica, el mono”, “Juan Moreira” y “Nazareno Cruz y el lobo”, ya marcan otra etapa de su cine, con escenas de gran despliegue dramático, fuertemente influidas por la ópera, a la que Favio amaba, al igual que el barroco con que musicalizó ya sus primeras obras. Gatica narra el ascenso y caída del legendario boxeador argentino que fue símbolo de una época, cuando gobernaba el país Juan Domingo Perón. Fue un personaje amado por las multitudes, como el propio Perón, que acabó dilapidando todo lo que ganó en su profesión y acabó sumergido en la miseria y el alcohol, hasta que murió en un accidente de tránsito, a los 38 años. Y Juan Moreira fue otro héroe popular, un gaucho valiente empujado a la marginación por la injusticia de los poderosos. Favio se basó en una obra sumamente conocida y representada por las compañías de teatro itinerantes de la época, lo que le aseguró el éxito de taquilla. Aprovechando el suceso, filmó “Nazareno Cruz y el lobo” (1975), un film que la crítica maltrató pero que, con tres millones y medio de espectadores, todavía hoy es el más popular de la Argentina.

Después vendría la monumental obra “Perón, sinfonía del sentimiento” (1994-1999), en la que Favio se propuso contar, a su manera, la historia del peronismo en un documental de seis horas de duración. Más que una película expresamente política, se trata de un buceo en la mitología del mayor fenómeno popular de la Argentina, en el que Favio rinde homenaje a sus propios orígenes y a todo aquello en lo que él creía firmemente, como la compasión, la justicia social y la solidaridad con los desposeídos. 

 

Fuentes: 

Adriana Schettini, Pasen y vean – La vida de Favio (1995).

Leonardo Favio, actor y cantante, http://www.fmrecuerdos.com.ar

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