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    Publicado 21 abril, 2017

    El fantasma del río

    Ahora que han habilitado una avenida para llegar hasta el río, ¿podría decirse que ya lo conocemos? ¿Que ya dejó de ser ese espectro circulado por remolcadores y busques de carga? Y la ciudad, ¿es esto que contemplo desde aquí?, se pregunta el autor barranquillero.

     

    “Mira el río. No es el río. Es un fantasma. La ciudad lo mató”. Este verso introductorio lo escribió la poeta barranquillera, Fadir Delgado. El poema se titula “Tierras de ajonjolí” y pertenece a su libro “El último gesto del pez” (2012). En este texto nos habla de una ciudad oscura que se enlaza con un río al que nadie parece ver correr. La visión pesimista de la escritora es una percepción válida de lo que sucedía en una ciudad que estaba de espaldas al agua que la ciñe. Afortunadamente eso ha cambiado y el Magdalena y Barranquilla vuelven a ser un matrimonio digno de aparecer en las páginas sociales de los diarios locales. La ciudad cambia, la ciudad crece, el río ha vuelto, dicen todos al unísono, y miran orgullosos las imágenes del directorio telefónico de turno.
    El Magdalena, en su viaje irrepetible, se despide en Barranquilla, y esa despedida infinita era privilegio exclusivo de rivereños y pescadores que sobre la corriente van tejiendo sus días y noches. Desde el río, la ciudad es sólo algo en la distancia. Son edificios en concreto. Una imagen de postal que nada dice de lo que sucede al interior de ella. Así el río, su corriente que arrastra tarullas, palos, muertos o animales en épocas de creciente, es sólo una dermis chocolatosa en la que a veces un caimán deja entrever sus ojos. No hay momento en que este se detenga, así que nunca miramos el mismo río, y eso es motivo de nostalgia y felicidad.
    He navegado, si ese podría ser el término adecuado, las aguas del Magdalena en muy pocas ocasiones. A los diez años fue la primera, en una de esas raras veces en las que vi a mi padre. Recuerdo que nos llevó desde Suán hasta el cerro de San Antonio (Magdalena), tierra donde están asentados muchos de los Better de esta región.
    Si bien era una distancia corta, no dejó de ser un vértigo que aun hoy, 29 años después, no supero. Lo primero que me pasa al pisar el interior de una canoa, “Johnsson” o chalupa, es una rara sensación, como si diera un paso en falso, como si cayera directo a un vacío que sólo he sentido en el delirio de mis fiebres infantiles. El bamboleo de la embarcación me hace sentir sin oxígeno y traspiro más de lo acostumbrado. Soy un piscis sin aletas o branquias, pero de todas formas me subo en esta precaria canoa en las cercanías del Puente Pumarejo.

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