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    Publicado 29 septiembre, 2016

    El sexo: letra por letra

    Por Danae. danaesexo@gmail.com

    La literatura siempre ha sido mi fiel compañera, mi inspiración y mi arma de seducción. También ha sido decisiva en el rumbo que, en definitiva, tomó mi vida. Más que mis curvas, más que mis labios, más que mis ojos melancólicos, más que sus bellos ojos verdes, más que su boca, más que sus piernas perfectas… fue el gusto por la literatura lo que prendió la chispa del amor entre mi amor y yo.

    Quien es hoy mi esposo quería casarse con una mujer que leyera mucho, y digamos que yo llené ese requisito. Nos conectamos en un nivel mágico y profundo cuando en nuestra conversación surgieron Vargas Llosa, Milan Kundera, Cortázar y tantos otros autores que habían poblado con sus palabras nuestras peculiares soledades. Por eso creo que, entre mi amor y yo, el instante en que empezamos a hablar de literatura se constituyó en nuestro preámbulo, la primera caricia antes de hacer el amor.

    Por mi parte, no era consciente entonces de lo mucho que me atraen los tipos intelectuales. Ahora lo sé, no hay duda al respecto: una mente brillante puede hacerme mojar los pantis… Claro, acompañada de otros atributos encantadores.

    Tampoco era consciente del poder conciliador que una carta escrita con el alma obraría en mi relación de pareja cada vez que el diálogo desembocaba en acaloradas discusiones y solo me quedaba escribir como último recurso. Con el tiempo entendí que, a partir de mis sentidas misivas, podía expresar con mayor fidelidad esos sentimientos y emociones que muchas veces se atascaron en mi garganta; o, peor que eso, dieron lugar a malos entendidos.

    El caso es que tengo sobradas razones (mi historia da fe de ello) para destacar el importante papel que la literatura, la palabra escrita de manera seductora, ha obrado en las pequeñas y grandes historias de amor. El verso y la comunicación epistolar han sido, desde que el hombre inventó la escritura, las más acertadas estrategias de conquista. Desde Cyrano de Bergerac, Lord Byron, hasta el más cursi poema de colegial, han logrado tocar las fibras de un corazón enamorado, o, en su defecto, elevar el ego de cualquier doncella; o picar con el aguijón de la curiosidad a un alma indiferente.

    Mi abuela Ofe, que en paz descanse, acostumbraba a contarme cómo mi abuelo la enamoró escribiéndole cartas de amor que a hurtadillas le pasaba por una ventana. Mi amiga Ana también fue seducida por su pretendiente a distancia gracias a su habilidad para redactarle las ardientes misivas que cada día le enviaba a su correo electrónico. Ni qué decir del efecto libidinoso que un cuento o novela erótica tiene en nuestra mente, capaz de incitarnos a fantasear con un Christian Grey de película. Por eso, considero que para todo aspirante a Don Juan es capital conocer, aunque sea fragmentariamente, aquellas obras de la literatura universal con tinte erótico/romántico que le permitan impresionar y cautivar a su objeto de deseo. En mi opinión, “Las mil noches y una noche”, “El Decamerón”, de Boccaccio, donde se describe de manera magistral el amor sensual, y hasta algún texto censurable del mismo Marqués de Sade, pueden erigirse en un buen aditamento para el sexo.

    Confieso que tengo mi propio kit personal. Está compuesto de algunos poemas maravillosos, como “Mucho más grave”, de Mario Benedetti, y renovado con mi más reciente adquisición en la Feria del Libro de Bogotá. El título no podía ser más atrayente: “Breve tratado de la pasión”, en realidad, una selección de cartas apasionadas, unas bastante cursis, otras de un lirismo sublime, que el editor Alberto Manguel reunió en un bonito libro de pasta dura que de cuando en cuando acompaña mis vigilias.

    ¿Y cómo no dejarme subyugar por esa curiosa colección de cartas escritas por hombres y mujeres célebres en el colmo de la traga? Al embrujo de las letras no pudieron escapar ni aun las antiguas civilizaciones. Como el propio Manguel cuenta en el prólogo, los primeros ejemplos de escritura cuneiforme son registros contables y poemas amorosos. He ahí el encanto de una confesión apasionada. Para muestra, lo que sigue:

    De Lord Byron a Aurora Leigh:

    “Mi pasión por ti es entonces la unión de todas las pasiones y de todos los afectos; se fortalece a sí misma, pero me destruirá a mí. No me refiero a la destrucción física… sino a la aniquilación de todos los pensamientos, sentimientos o esperanzas, que no guarden más o menos alguna relación contigo y con nuestros recuerdos”.

    De Napoleón Bonaparte a Josefina:

    “No he pasado ni un día sin amarte, no he pasado una noche sin oprimirte entre mis brazos, no he bebido una taza de té sin maldecir a la gloria y a la ambición que me mantienen alejado del alma de mi vida. En medio de mis trabajos, a la cabeza de mis tropas, recorriendo los campamentos, mi adorable Josefina está solo en mi corazón, ocupa mi espíritu y absorbe mi pensamiento”.

    Pero sin ir más lejos, no es necesario ser un poeta connotado ni un escritor consumado para dejarnos llevar por el sentimiento y atrevernos a manifestarle por escrito a nuestro objeto de deseo eso que nos carcome, que se nos atora en la garganta con el recuerdo de un inolvidable cuerpo a cuerpo. La poesía también está implícita en esas expresiones coloquiales que se quedan en el otro cuando te atreves a preguntar: “¿Te gustó el polvito?”.

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