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  • SEXO

    Publicado 12 diciembre, 2016

    Abrir las piernas y amordazar el corazón

    Mi moral exclamaba “detente”, pero el verano de seis meses que llevaba a cuestas me decía “adelante”.

    Por: Pandora

    He tenido un amorío de una noche solo una vez en mi vida. Lo que más recuerdo eran las frases en otro idioma que me susurraba mientras hacíamos el amor; no entendía lo que decía, pero su solo acento era más erótico que cualquier palabra ardiente.

    Mi aventurilla no se me apareció en la barra de un bar, no me invitó a un Martini, y no me llevó a pasar la noche con él en su apartamento luego de la velada de copas y baile.

    Yo rondaba los 20 años cuando me encontraba de intercambio en Buenos Aires. Mientras bebía a sorbos un mate durante una hora libre de clases, un joven profesor de italiano se me acercó para contarme que estaba urgido de entregar una carta dirigida a la universidad.

    Me comentó que volvería a Italia al día siguiente, y que necesitaba ayuda para redactar la letra, pues no contaba con un pleno manejo del español. Yo accedí a ayudarle y, como agradecimiento, él me ofreció una clase de italiano particular para esa misma noche.

    Aunque titubeé para vestirme e ir a su casa, terminé sentada ante él en una mesa de vidrio, revestida de hojas de papel con verbos, sustantivos y números en italiano. Mientras aprendía a pronunciar “buona notte” y “molto bacini”, contemplaba su barba recién nacida, rojiza, y sus ojos miel.

    En medio de la clase, apartó los papeles y se acercó para besarme. Dudé antes de acceder, pues me tomó desprevenida la situación y, además, me acordé enseguida de que no tenía deforestado el Monte de Venus.

    Mi moral exclamaba “detente”, pero el verano de seis meses que llevaba a cuestas me decía “adelante”. En Buenos Aires, yo era una persona anónima, así que, ¿qué más daba si nos besábamos?, ¿qué más daba si el beso se subía de tono, y pasaba a caricias?; si ya lo único que faltaba era la penetración, ¿qué caso tenía abstenerme, si el falo que ingresaría en mí estaría dentro de 24 horas en Roma?

    Hay ocasiones en la que los encuentros de una noche terminan en una relación estable y duradera. Es más, grandes parejas se han formado a raíz de un ‘one night stand’. Este no fue el caso, pero pude establecer algunos aspectos sumamente positivos de mi ‘affair’ con el italiano.

    La ventaja número uno del sexo casual es el anonimato, lo cual no aplica en una manzana diminuta como Barranquilla, en la que cualquier clandestino resulta siendo el amigo del primo del vecino. Si estás en una gran ciudad, puedes hacer el amor por horas, y explorar los antojos sexuales que quieras, sin pensar en que algo pueda mancillar tu reputación. Incluso, si nadie te conoce, podrías inventar tu nombre y hasta tu vida.

    La segunda ventaja es el “ahora o nunca”. Sabía que no iba a volver a ver a ese italiano irresistible que en aquellos momentos aprisionaba entre mis piernas, y eso me motivó a quemar todos mis cartuchos. Al involucrarte en un encuentro de una noche, tienes un motivo significativo para soltar todas tus movidas acrobáticas; demostrar por qué tienes talento para el sexo oral; efectuar esa técnica infalible con tus dedos; no dejar para después esa caricia que sabes cómo y dónde hacer para producir escalofríos casi orgásmicos; llevar al límite tus habilidades linguales y soltar todo tu repertorio de frases eróticas.

    Por último, quienes practican el sexo casual como deporte extremo afirman que la principal ventaja es la ausencia de compromiso. Y con razón: después de hacer el amor con un clandestino, puedes salir con tus amigos, no tienes que presentarte ante su familia, ni tendrás la obligación de rendirle cuentas. Nada de grilletes, e incluso puedes tener varios ‘affairs’ simultáneos si te place.

    No pude constatar esta ventaja a raíz de una velada desenfrenada con el semental italiano y me quedó el sinsabor. Al día siguiente, me quedé esperando una llamada, un mensaje de texto, o el más mínimo correo electrónico enviado desde la Ciudad Eterna. Pero no recibí ni un saludo, ni un “llegué bien”, ni un “me gustó estar contigo”, ni el más mísero “púdrete”.

    Fue entonces cuando identifiqué la única desventaja del sexo de una sola noche: que alguno de los dos involucre así sea el más mínimo asomo de sentimiento. Un leve desliz emocional puede llegar a estropear el recuerdo de una aventura magnífica, así que lo mejor es abrir las piernas y amordazar el corazón.

    De resto, todo perfecto.

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