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    Publicado 15 mayo, 2016

    Luego de leer, elige, ¿Maradona ó Pelé?

    Por: Alfredo Baldovino Barrios

    La pobreza común

    Si hay algo que una los destinos de Maradona y de Pelé, aparte del amor por el balón y de la admiración de centenares de hinchas que los han elevado a la categoría de ídolos, ha sido la humildad de sus orígenes. Edson Arantes do Nascimento, por ejemplo, nombre de pila del famoso futbolista brasileño, era tan pobre cuando niño que se vio en la necesidad de lustrar zapatos para completar el desmedrado patrimonio familiar. Su madre fue una lavandera de ropa ajena; y su padre, un futbolista del Fluminense y del Atlético Mineiro, que tuvo que colgar los guayos después de haberse roto los ligamentos de la rodilla.

    Edson, a quien se empezó a conocer como “Pelé” después de que otro niño del barrio le pusiera ese apodo por molestarlo, solía quedarse jugando en la calle en vez de entregar la ropa limpia a sus dueños, tal como se lo había pedido su madre, y, en más de una ocasión, tuvo que regresar a casa, cabizbajo, para que su madre volviera a lavar la ropa que se había ensuciado con las pisadas de los niños. Más tarde, cuando era jugador del Santos y ganaba suficiente dinero para sostenerse por sí mismo, le envió a su madre por correspondencia la estufa más moderna que encontró en el supermercado. “Muy bonito el regalo”, le dijo su madre por teléfono, aunque no había podido usarlo porque en el barrio donde ella vivía no contaban con gas natural.

    El caso de Diego Maradona difiere poco del de Pelé. Nacido en Lanús, Argentina, el 30 de octubre de 1960, 7 días después de que Pelé cumpliera los 20 años, Maradona hubo de vivir durante su infancia en uno de los asentamientos urbanos más pobres que había en Argentina, conocidos popularmente como “Villa Miseria”. Las condiciones del suburbio eran tan precarias, dicen sus biógrafos, que a falta de campos de fútbol, los niños improvisaban porterías en los potreros y terrenos abandonados. Un video de la época muestra a Maradona a la edad de doce años controlando el balón con destreza mientras al fondo se aprecia un promontorio de basura.

    No es que el fútbol sea forzosamente un deporte de pobretones (tanto en Brasil, como en Argentina, había excelentes futbolistas provenientes de la clase media): es que, muy probablemente, tanto en el caso de Pelé como en el de Maradona, al talento innato con que fueron dotados, se les sumaron las mañanas y tardes incontables sin más nada que hacer que correr detrás de una pelota para ejercitar sus dotes. Y también la conciencia de que, en un medio sin oportunidades, como aquel en el que transcurría la infancia de ambos, la única oportunidad de hacerle una finta a la pobreza era jugando cada partido como si se tratara de la final de un campeonato mundial.

    Precocidad, disciplina y entrega

    Fueron, precisamente, esa precocidad, disciplina y entrega, las que los llevaron a estrenarse en el fútbol profesional de sus países a una edad en la que la mayoría de jóvenes todavía estaba en el colegio. Pelé, por ejemplo, abandonó su trabajo en una fábrica de zapatos a los 15 años para jugar con el Santos, y, poco antes de cumplir los 16, ya estaba anotando su primer gol frente a Cubatão en su primer partido como profesional. A la misma edad, Maradona hizo su debut en el equipo Argentinos Junior, y, aunque su equipo perdió 1 a O frente a Talleres, Maradona brilló por su actuación.

    En consecuencia, la prensa les auguró a los dos, en sus respectivos momentos, una brillante carrera. Los dos estuvieron en la mira de grandes clubes internacionales, y los dos, aferrados a su terruño, a su identidad popular, a su gente, optaron por permanecer en sus clubes: Pelé en el Santos y Maradona en el Boca Juniors, equipo que prefirió por encima del River Plate, donde le ofrecían un contrato más jugoso.

    Pelé jugó a la edad de 17 años su primer partido mundialista frente a la Unión Soviética. En la siguiente confrontación, marcó frente a Gales el gol que llevó a Brasil a las semifinales y, más adelante, una tripleta al seleccionado francés que significó el paso a la final. Maradona, en cambio, a pesar de haber jugado varios partidos en la selección de su país con escasos 16 años, no fue convocado por Cesar Luis Menotti para el mundial de 1978 por su aparente inmadurez. No obstante, un año más tarde, la selección juvenil de Argentina se coronó campeona del mundo con una magistral actuación de Diego Armando Maradona que hizo correr ríos de tinta en los periódicos de todo el mundo.

    Ojo por ojo, diente por diente

    Pelé y Maradona sabían cómo golpear a otro jugador en el campo de juego cuando el momento así lo exigía, si bien ninguno de los dos contaba con una contextura de portero de discoteca. En los tiempos de antes, los árbitros eran más permisivos con los jugadores violentos, y tanto el astro brasilero como el argentino fueron perseguidos como perros de caza por futbolistas carniceros que continuaban en la cancha como si nada, después de mandarlos al camerino con una falta criminal. Las cosas no se quedaban así. Cada quien preservaba intacto el deseo de desquite y a la menor oportunidad buscaban al agresor en otro partido y le pagaban con la misma moneda.

    Fue así como Pelé, de ser un hombre calmado y cordial en el campo de juego, pasó a cobrarse una deuda con un defensor alemán que le significó a este último su retiro definitivo del fútbol. Pero si Pelé sabía disimular su ojeriza y esperar el mejor momento para golpear, Maradona no. De manera que si en el mismo juego no se presentaba ocasión de sacarse la espina con el jugador que lo había agredido anteriormente, podía lanzarle una patada karateca cuando el árbitro sentenciara el final del partido, desatando grescas memorables en las que acababan enredados todos contra todos.

    Triunfos y fracasos: las dos caras de la misma moneda Tanto el uno como el otro ganaron todo lo que pudieron: Pelé, tres mundiales con la Selección Brasil, varios títulos nacionales e internacionales con el Santos, y un lugar en el la historia del fútbol por la exorbitante cifra, todavía no superada, de 1.282 goles marcados en 1.366 partidos. Maradona, por su parte, se coronó campeón con su selección en el campeonato mundial de fútbol celebrado en México en 1986, después de haber dejado por fuera de la semifinal a Inglaterra, con un polémico gol con la mano, y fue, literalmente, venerado como un dios en el Napolés de Italia, luego de su paso por el Barcelona de España. Más dura fue la batalla que tuvieron que lidiar en el terreno de la vida personal. Los escándalos de Pelé no pasaron de múltiples aventuras extramatrimoniales. Lo verdaderamente desalentador fue la pérdida de una cuantiosa cantidad de dinero por inversiones mal asesoradas en empresas que se declararon en bancarrota y que lo dejaron prácticamente a la calle. Maradona es un caso aparte. A los hijos extramatrimoniales que no tuvo reparo en desconocer, a pesar de las pruebas presentadas por sus amantes, se agregaron la afición por la cocaína, las agresiones a periodistas, los accidentes automovilísticos y las demandas de personas del común que se vieron afectadas por su temperamento impulsivo. Con todo, sus numerosos admiradores, compuestos por personas pertenecientes a la clase popular de Argentina, seguían idolatrándolo como siempre. Probablemente, no querían venerar a un hombre ejemplar, practicante de la moral cristiana, sino a esa especie de dios olímpico que era Maradona, iracundo, lúbrico, lengua larga y hedonista, en quien podían verse retratados de cuerpo entero. El momento del cara a cara A pesar de todos los rasgos que tiene en común y de las circunstancias favorables para formar una buena amistad, Pelé y Maradona nunca se la han llevado bien. La opinión general parece convenir en el hecho de que es Maradona, movido por la soberbia, quien se ha mostrado renuente a facilitar un acercamiento con el ‘crack’ brasileño. Así, en 2002, ambos se encontraron en la recepción de los premios entregados por la FIFA a los mejores jugadores de fútbol. Maradona fue premiado como el mejor jugador de fútbol del siglo según votación popular, y Pelé obtuvo el mismo título según el dictamen de los especialistas. Maradona subió primero al estrado y, un momento más tarde, cuando llegó el turno de Pelé, aquel ya había abandonado el lugar para no ser testigo del triunfo de su archirrival. ¿Cuál es el mejor de los dos? En récords y campeonatos ganados, no debe quedar duda alguna. En comportamiento por dentro y fuera de la cancha, tampoco. En hazañas puntuales que se creían imposibles, quizá Maradona. Más allá de eso, queda lo positivo que han dejado los dos al fútbol mundial: las lecciones de talento, la alegría regalada a sus seguidores, como antídoto contra las penurias de la vida, y el ejemplo de que sí se puede hacerle un gol a la pobreza a costa de sacrificios. Ah, y también una advertencia de cuánto pueden enloquecernos y hacernos perder el horizonte los destellos de la vida disipada.

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