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  • CUENTO Y CRÓNICA

    Publicado 30 junio, 2016

    Vidigal, la «villa olímpica» de Río de Janeiro que no todos conocen

    Aleixandre tiene 17 años. Entrena en la «villa olímpica» y le habría gustado ser futbolista, pero ahora ni siquiera aspira a acercarse a alguna de las estrellas de los Juegos de 2016 porque su cancha está en la favela deVidigal, en el Río de Janeiro que no verán los «olímpicos».

    Como Aleixandre, más de 1.500 niños y adolescentes de Vidigal entrenan en la «villa olímpica» de la favela, una modesta instalación deportiva de la Alcaldía de Río de Janeiro con espacio para practicar una decena de deportes, desde fútbol a atletismo pasando por baloncesto y voleibol.

    La «villa olímpica» de Vidigal, en uno de los puntos más altos de la favela, es la única de las 22 construidas por la administración municipal en «comunidades» (favelas o zonas marginales) que está en un morro (montaña).

    Abierta en 2012, en los terrenos que ahora ocupa el recinto, los niños y jóvenes de Vidigal ya jugaban al fútbol años antes.

    Un narcotraficante local se ocupó de limpiar la maleza y abrir un espacio al deporte para los adolescentes, pero murió durante un tiroteo y la prefectura lo convirtió en un polideportivo.

    En esta «villa» empezaron a pegarle al balón jugadores locales que luego pasaron al Flamengo, al Botafogo y al Corintians y se formó también algún baloncestista y una atleta profesional.

    A la entrada, un cartel ubica al visitante: «Villa Olímpica de Vidigal». A un lado, una impresionante vista al mar. Al otro, un basurero, calles a medio asfaltar y, a pocos metros, un puesto de la policía, que se instaló de forma permanente desde que se pacificó la favela, en 2011.

    «Es una instalación modesta, pero los padres saben que aquí sus hijos pueden estar tranquilos, pueden hacer deporte y estar seguros, es importante para sus vidas y para que puedan ser buenas personas», explica a Efe Tiberio, que se ocupa de la coordinación del recinto.

    Aleixandre se siente seguro en la villa olímpica. Al menos más que en las calles, aunque Vidigal está considerada una de las favelas más ordenadas. Tanto que en los últimos años ha vivido un «boom» alimentado por la llegada de extranjeros atraídos por su extraordinaria ubicación -sobre el acomodado barrio de Leblon y con una vista espectacular de Río– y por los vecinos «ilustres», como David Beckham.

    «Beckham tiene una casa aquí, en la parte de abajo», presume Aleixandre, que sabe muy bien cómo actuar en caso de disturbios en la favela: «Hay que correr, esconderse y tirarse al suelo», dice como si relatara un hecho cotidiano.

    Su amigo Ariel, de 17 años, asiente con la cabeza. «Correr y tirarse al suelo» repite.

    La presencia policial no evita los tiroteos y los enfrentamientos con los «bandidos», como los vecinos se refieren a los narcotraficantes.

    Vidigal, como su vecina Rocinha -una de las favelas más populosas de Río de Janeiro-, está bajo el control de Amigos de los Amigos (AdA), una de las mayores organizaciones de crimen organizado de la ciudad, por detrás del poderoso Comando Vermelho.

    Pocos adolescentes quieren hablar del tema y de la presencia de la policía en el barrio.

    «La policía es peor que los bandidos. Todos son corruptos. A algunos ya los conocemos y ayudan, pero la mayoría es ruin», se atreve a comentar uno de los jóvenes que entrena en la «villa».

    Aun así, todos presumen de Vidigal. «Es legal demais (es demasiado)», dicen. Y aseguran que quieren vivir para siempre en la favela.

    Andreia, sin embargo, no ve el momento de salir. Se casó con 16 años y a sus 42 tiene tres hijos.

    «No les quito el ojo de encima. Los llevo y los traigo del colegio. Les acompaño cuando bajan a jugar y a hacer deporte. Me da miedo que alguien se los lleve o que les pase algo», reconoce.

    Andreia esquivó las balas perdidas de un tiroteo en su propia casa y no quiere que sus hijos vivan una experiencia similar.

    «La favela ha mejorado mucho, pero aquí no hay expectativas de futuro, no hay salida», se lamenta.

    Empieza a caer la tarde y Moisés, de 13 años, se acerca a la «villa olímpica» de la mano de su hermano de 4.

    Moisés tiene instrucciones claras sobre cómo cuidar de su hermano y reaccionar ante un incidente: «Si encuentro a una persona con un arma no tengo que correr porque me puede disparar, tengo que seguir andando».

    Cuando se le pregunta quién puede llevar un arma no lo duda ni un momento: «La policía va con armas. De ellos hay que tener miedo. El bandido es bueno».

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